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domingo, 8 de enero de 2012

Los dos Migueles


Los dos Migueles

Por: Leonardo Reyes Silva
lrsilva@prodigy.net.mx

Uno nació en la villa de Adamus, diócesis de Córdoba, España, en 1743. El otro, en la hacienda de Corralejo, Guanajuato, en 1753. Los dos se ordenaron sacerdotes y ambos realizaron un extraordinario trabajo en esa época que les tocó vivir. Pero mientras el primero desarrolló su labor evangélica en la península de la Baja California, el segundo lo hizo en comunidades del centro del país. Los dos, unidos en el tiempo y en el espacio, con las proporciones guardadas, dejaron su huella en la historia de México.
    
Miguel Hidalgo, el principal caudillo de la Revolución de Independencia, era un cura libre y brillante, excéntrico y emprendedor, que realizó una intensa labor en beneficio de sus feligreses. Fue un hombre carismático y con grandes iniciativas. En las parroquias que atendió criaba abejas, tenía talleres de loza y curtiduría de pieles, cultivaba viñedos y, en la de Dolores experimentó el plantío de moreras para la cría de gusanos de seda.

Al mismo tiempo, Hidalgo sostenía ideas muy claras sobre la situación social, económica y política del país. En su círculo de amistades opinaba que el pueblo mexicano anhelaba ser independiente de España para que pudiera gobernarse a sí mismo. Y que era vergonzosa y  humillante su situación que ya duraba más de 300 años.

El otro Hidalgo, fray Miguel, de la orden de los padres dominicos, formó parte del primer grupo de misioneros que llegó a la península en 1772, para hacerse cargo de los establecimientos religiosos en lugar de los padres franciscanos, quienes se trasladaron al norte para fundar misiones en la Alta California.
Por cierto, el arribo de los dominicos a su nuevo destino estuvo marcado por la tragedia. En la travesía del puerto de San Blas a Loreto naufragaron, lo que causó posteriormente la muerte de cuatro de ellos, incluido fray Juan Pedro de Iriarte, que había sido designado presidente y vicario provincial de la Baja California. En su lugar quedó Vicente de Mora quien distribuyó los 26 religiosos que llegaron, en las 13 misiones existentes en ese año de 1772.

Por desgracia, después de nueve años d estar al frente de las misiones, fray Vicente de Mora murió de una hemorragia cerebral, por lo que  Miguel Hidalgo lo sustituyó como vicario general.. En atención a su nuevo cargo, Hidalgo visitó todas las misiones, incluyendo las de Santo Domingo, San Vicente y El Rosario que fueron fundadas durante la presidencia del padre Mora. Además, y esto es demostrativo del celo religioso de Hidalgo y su preocupación por el bienestar de los indios, redactó una serie de 100 reglas para el buen gobierno de los misioneros y las misiones. Algunas de ella fueron:
“Que los niños debían ir al manantial por las mañanas y lavarse manos y cara: no debía haber favoritos al servir la comida y todos deberían recibir una ración igual; la carne de daría a aquellos que tenían un trabajo duro, a los enfermos, a las nodrizas y a las madres que estaban amamantando, a los convalecientes de epidemias y aquellos debilitados por el hambre; los niños no debían trabajar hasta que tuvieran uso de razón , entre los doce y catorce años de edad; al amanecer, los indios debían ir al templo a recitar en su propia lengua la doctrina cristiana, excepto los miércoles, viernes y domingo, cuando debía ser en español”.

Como vicario y como administrador de los negocios del gobierno español, Hidalgo desarrolló una intensa actividad a favor de los hermanos dominicos. Cuidó de su bienestar tanto en lo espiritual como en lo material; atendió sus problemas personales y gestionó las mejoras económicas tanto de ellos mismos como de las misiones.

En un informe que rindió al rey de España en 1786 dio cuenta del estado de las misiones. Y cosa por demás curiosa: nombró las que se estaban atendiendo, entre ellas la de Nuestra Señora del Pilar de La Paz. Quizá fue una equivocación dado que esta misión fue abandonada en 1749 por los jesuitas y nunca más volvió a funcionar.

Es posible que los dos Migueles, cada uno en su campo de acción religiosa, supieron de la existencia de su homónimo. Y aunque al padre Hidalgo y Costilla le costó la vida haber iniciado la independencia de nuestro país, fray Miguel Hidalgo, el dominico, la ofrendó siempre en la salvación de las almas de los grupos aborígenes de la Baja California.

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