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sábado, 22 de diciembre de 2012

José Portela, un fraile como pocos


Por: Leonardo Reyes Silva

En la conquista espiritual de las Californias, participaron tres órdenes religiosas a partir del siglo XVII. Los primeros en llegar fueron los jesuitas quienes fundaron 17 misiones, entre ellas Loreto, San Francisco Javier, Santa Rosalía de Mulegé, Comondú, Nuestra Señora del Pilar de La Paz y Todos Santos, entre otras.
Fueron 78 padres de la orden de San Ignacio de Loyola los que llegaron a la península, pero los que más se distinguieron fueron Juan María de Salvatierra, Francisco María Píccolo, Juan de Ugarte, Jaime Bravo, Juan Jacobo Baegert y Miguel del Barco.

En 1768, luego de la expulsión de los jesuitas del dominio español, llegaron los franciscanos encabezados por fray Junípero Serra, quienes en el corto tiempo que estuvieron en California fundaron la misión de San Fernando de Velicatá y la visita de la Presentación que estuvo atendida por el padre de la misión de San Francisco Javier.

Cuando los franciscanos abandonaron la península en 1774 para fundar misiones en la Alta California, arribaron los dominicos mismos que fundaron nueve misiones en la parte norte de la península, la mayoría de ellas actualmente en ruinas. Algunas fueron Nuestra Señora del Rosario, San Vicente Ferrer, Santo Tomás de Aquino y San Telmo.

De esa orden se recuerdan a los frailes Vicente Mora, Juan Crespí, Miguel Hidalgo, Félix Caballero, Luis Sales y José Portela. Precisamente de este último vamos a reseñar un pasaje de su estancia en la misión de Santa Rosalía de Mulegé.

En los años de 1825, 1826, 1827 y 1828, Robert W. Hale Hardy, de origen inglés, hizo un viaje por el interior de México, comisionado por la “General Pearl and Coral Fishery Association” para “obtener del gobierno de México el permiso exclusivo para pescar perlas y coral y obtener informaciones sobre minas en la península de la Baja California…”.

Hardy llegó a la península en 1826 y recorrió las costas del golfo de California, desde Loreto hasta la desembocadura del río Colorado. Tal como lo hiciera Fernando Jordán 125 años después, hace una descripción de los lugares que visitó, de sus habitantes y sus costumbres. Y al llegar a Mulegé tuvo un encuentro con el párroco del lugar, que pudo ser fray José Portela, quien desde 1812 se había hecho cargo de la misión.

Cuando desembarcó, uno de los nativos lo llevó ante una persona que describe como cargado de espaldas —con joroba, dice— y con una nariz larga y puntiaguda. Vestía un mandil que le cubría desde el cuello hasta las rodillas dejando al descubierto sus brazos. De pronto lo confundió con el zapatero del lugar, pero grande fue su sorpresa cuando le dijeron que era el sacerdote encargado de la iglesia de la misión.

Afecto a la conversación y al soliloquio, el padre arremetió contra las creencias religiosas contrarias al catolicismo como el protestantismo al que llamó “paganismo judío”. Y mientras despotricaba sobre el tema, se persignaba y murmuraba “Jesús, María y José”. Afortunadamente avisaron que la comida estaba servida y eso motivó que la discusión quedara pendiente. También contribuyó a calmar los ánimos del buen cura los vasos de vino que se tomó, aunque lo puso más locuaz que antes.

Invitado por Hardy a visitar el barco, al día siguiente llegó acompañado por tres jovencitas y después de los saludos de rigor, brindaron con un coñac español que fue del gusto del padre tanto, que no se hizo del rogar cuando su anfitrión le regaló una botella. Pero con las libaciones, a la hora de partir, el cura ya andaba como decimos nosotros “achispado”.

Ya en la playa, lo esperaban dos cabalgaduras en una de las cuales se subieron él y una de las muchachas, y en la otra las dos restantes. “A ver si llega bien” pensó Hardy, al ver como se bamboleaba el sacerdote. En efecto, no llegó bien a su destino, pues a medio camino él y la jovencita se cayeron del caballo. Por fortuna no tuvieron heridas de consideración, salvo la pérdida de la botella de coñac que se hizo añicos en las piedras y que mucho lamentó fray José.

Al día siguiente de este suceso, cuando Hardy fue a despedirse, encontró al padre Portela en su casa consolando a la jovencita que iba con él en el caballo y curándole los raspones de su cuerpo. Al fraile no le pasó nada, ya que su aspecto físico parecido a una pelota, lo hizo rodar sin consecuencias.

Aprovechó Hardy su estancia en Mulegé para enterarse del control que sobre las propiedades y las familias nativas tenía el sacerdote. La misión era dueña de muchos terrenos y los indios prestaban sus servicios sin remuneración alguna. Cuando oficiaba una ceremonia de matrimonio el padre les cobraba mil quinientos pesos que debían pagarlos con trabajo.

En ese entonces el pueblo de Mulegé tenía unas 40 casas y los cultivos de cítricos, dátiles, uvas y aceitunas pertenecían en gran parte a la iglesia. Dice Miguel Mathes que la misión de Santa Rosalía de Mulegé fue abandonada en el año de 1828 y con ello, de seguro, dejó el lugar el buen fraile José Portela.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Hernán Cortés en California


Por Leonardo Reyes Silva

Después de muchos años de espera, Hernán Cortés pudo iniciar las exploraciones hacia la mar del Sur. Pero los primeros intentos habían resultado un fracaso, ya que la primera en 1532 y la segunda en 1533 no tuvieron resultados satisfactorios. Aunque la segunda al mando de Fortún Jiménez llegó a una tierra desconocida. Al regresar los sobrevivientes —los indios mataron a la mayoría de la tripulación, entre ellos al propio Jiménez— a la contracosta, relataron que en esa tierra habían encontrado hermosas perlas, lo que despertó el interés de Cortés por conocerla.

En tres naves, la Santo Tomás, San Lázaro y Santa Agueda partió del puerto de Chiametla rumbo al lugar descubierto por Jiménez. Cruzó sin contratiempos el golfo y llegó a la península el 1º. de mayo. Recorrió parte de sus costas, descubriendo varias islas pequeñas a las que llamó Santiago (hoy Cerralvo), San Miguel (hoy Espíritu Santo) y San Cristóbal (hoy isla Partida). El 3 de mayo desembarcó en la actual bahía de La Paz. Ahí, con el ceremonial requerido tomó posesión de las tierras que había descubierto en el mar del Sur, a nombre del rey de España, Carlos V, y le dio el nombre de Puerto y Bahía de Santa Cruz.

En el acta que se levantó dice que como señal de posesión, Cortés se paseó por la playa arrojando puñados de arena, señaló con su espada varios árboles y mandó a su gente que lo tuvieran como Gobernador de su SM de aquellas tierras, sin contradicción de persona alguna que ende anduviese ni paresciere…

Pero sí hubo oposición. Uno de los soldados que lo acompañaban luego de saltar a tierra, oyó decir “que habían venido hasta cincuenta o sesenta indios a defender la entrada, haciéndoles rayas que no pasasen”. Y es que los nativos que habitaban la bahía eran los guaycura, los mismos que un año y meses antes habían asesinado a Fortún Jiménez y 20 tripulantes de la nave La Concepción.

Siempre se ha especulado que los mataron por que pretendieron abusar de las mujeres, aunque esto no ha sido confirmado. Más bien —piensa Carlos Lazcano— que fue porque los españoles se apropiaron de las fuentes de agua, líquido vital para ellos.
El misionero jesuita Jaime Bravo, fundador de la Misión de La Paz en 1720, da fe de ello: “escondidos entre mezquitales y otros árboles que estaban inmediatos al aguaje, desde donde disparaban flechazos los guaycuras a los buzos siempre que venían a hacer aguada, y para poderla hacer había de estar disparando tiros a dicho monte…”.

Entre los años de 1535 y 1536 existió un pueblo español en la bahía de Santa Cruz. Pero, ¿cómo vivieron Cortés y sus hombres en ese tiempo? ¿Se llevaron bien con los indios? Al respecto nadie dejó testimonio escrito de los sucesos. Lo poco que se conoce son las declaraciones verbales de algunos soldados que se dieron de baja y regresaron a la contracosta.

Por ellos se supo las calamidades que pasaron los colonos por falta de comida. Varios murieron de hambre y otros ante la desesperación comieron yerbas dañinas que les causó la muerte. Muchos caballos murieron y otros los sacrificaron para aprovechar su carne. Total, declararon los entrevistados fueron unos quince españoles y no menos de 120 entre indios amigos y negros esclavos los que murieron en ese intento de conquista.
Ante este panorama desolador, Cortés tuvo que regresar a la Nueva España, aunque dejó parte del contingente bajo el mando de Francisco de Ulloa, con la promesa de sostenerlos con provisiones. Al cabo de unos meses, también ese grupo abandonó el puerto.

Lo positivo de este intento colonizador es que Cortés puso a la tierra descubierta en la cartografía del mundo y por primera vez la bahía de La Paz apareció en los mapas con el nombre de Santa Cruz. Así lo comprueban los mapas de Cortés de 1536 y el de Domingo del Castillo de 1541.

La presencia del conquistador español en California es la raíz de lo bajacaliforniano. Y ese es un mérito que debemos reconocerle. En mi libro “La Paz y sus historias” escribí “En México se recuerda poco al fundador de nuestra ciudad. Dos o tres monumentos sin trascendencia y la reconstrucción de la exhacienda de Cortés de San Antonio Atlacomulco. Aquí en La Paz existe un fraccionamiento llamado “El pedregal de Cortés”. Y teníamos el mar de Cortés o mar Bermejo que se cambió después por el de golfo de California”. 

sábado, 24 de noviembre de 2012

¿Qué pasó con la misión de San José de Comondú?


Por Leonardo Reyes Silva

Desde el año de 1708 en que el padre Julián Mayorga fundara la misión de San José de Comondú y que en 1750 el padre Franz Inama construyera la iglesia de piedra, no deja de sentir lástima el triste fin que tuvo la misión y la destrucción de ese centro religioso.

Cuando atendieron la misión los padres jesuitas convirtieron a ese lugar en un centro de productividad a la vez que llevaban a cabo su labor de evangelización. Narran las crónicas que allí se cultivaban trigo, maíz, frijol, caña de azúcar, vides, higueras y datileros, aprovechando canales de riego construidos con grandes esfuerzos.

Además la cría de ganado era importante. Tenía borregos, cabras, vacas, caballos y mulas en un aproximado de tres mil cabezas. Eso sin contar el que se encontraba remontado. Y todo esto lo cuidaba el misionero auxiliado por los indios neófitos de la misión.

En 1773 cuando los padres franciscanos entregaron las misiones a los frailes dominicos, informaron que la iglesia había sido construida con tres naves techadas, cada una con su bóveda de cañón y un piso de piedra labrada, Las paredes del edificio se adornaron con nueve oleos con paisajes de la vida de San José.

Todavía a finales del siglo XVIII se daban informes de la iglesia que medía 25 metros de largo por 10 de ancho. Ese recinto religioso fue uno de los más hermosos de toda California. Todavía en 1795 existían las paredes decoradas con 25 óleos y esculturas. En el patio exterior sobre una armazón de madera pendían seis campanas, tres de las cuales se conservan en el interior de lo que queda de la misión.

Las naves tenían cada un prebisterio con su altar separado del área de los fieles. El altar de la nave central destacaba por su bello retablo dorado y una escultura de San José con el Niño. Lo que sí debe hacerse mención es la existencia de una biblioteca con 126 libros enviados desde la ciudad de México por el virrey De Croix.

Pero ya para los primeros años del siglo XX la iglesia había sufrido daños irreparables. León Diguet, en su recorrido que hizo por la península en 1912 visitó San José de Comondú y de ella escribió que: “La misión que originó el establecimiento de la misión está actualmente en ruinas. Por su parte, Aurelio de Vivanco autor del libro titulado Baja California al Día, dice lo siguiente: “En la actualidad la misión está casi en ruinas… por personas que llegaron hasta nosotros al visitar esa región, supimos que en una ocasión un gobernador del Distrito Sur había ordenado la venta de la iglesia para que se pudieran aprovechar los ladrillos… de la misión queda por ahora un solo cuarto en buen uso…” Y eso lo escribió en 1924.

Fue al gobernador Juan Domínguez Cota a quien se le achaca ese sacrilegio. Incluso corre el mito que la casa que construyó en La Purísima fue hecha con las piedras de la misión, lo cual no deja de ser exagerado ya que Domínguez gobernó en los años de 1932 a 1937 y para esas fechas la misión ya estaba en ruinas y los escombros desperdigados por doquier.

Lo que sí es verdad históricamente es que en el periodo del general mandó construir una escuela de material, pero de ladrillo no de piedra. Y después continuó con otra hecha con el mismo material. En el informe que rindió al presidente de la república aparecen las construcciones mencionadas.

Como quiera que haya sido, uno de los monumentos religiosos de los jesuitas ha desaparecido. De su recuerdo quedan dos habitaciones que se han acondicionado como capilla. Y no hay a quien echarle la culpa. ¿Al cambio de los dominicos por los franciscanos? ¿Al abandono de la misión en 1827 por falta de población? ¿A la desidia de los frailes dominicos que no se preocuparon por conservar el templo y la misión? ¿O fue, en último caso la impotencia de los frailes al no contar con la mano de obra suficiente para restaurarlos?

A lo mejor esto último se justifica ya que en 1800 los habitantes de ese bello lugar no pasaban de ochenta cuando en 1772 sumaban 322 indígenas. Y con ese reducido número de personas nada se podía hacer. También es posible que los frailes que nunca tuvieron los medios económicos suficientes no pudieran hacer las reparaciones, ni mucho menos atender las necesidades alimenticias de sus feligreses. Así es que cuando el último padre dominico abandonó el lugar de seguro se fue con un dejo de tristeza y frustración por no haber podido conservar lo que con tantos empeños edificaron los misioneros jesuitas.

sábado, 10 de noviembre de 2012

El visitador José de Gálvez en California


Por Leonardo Reyes Silva

Corría el año de 1768 —un año después de la expulsión de los jesuitas de California— cuando llegó a la península el visitador José de Gálvez, que traía la encomienda de conocer de cerca las condiciones económicas, materiales y sociales en que quedaron las 14 misiones que atendían desde 1697 los religiosos de la orden de San Ignacio de Loyola.

En 1764, el rey Carlos III lo nombró visitador general de todos los Tribunales y Cajas Reales e intendente de todos los ejércitos de la Nueva España. Al año siguiente reorganizó el ejército y llevó a juicio al virrey Joaquín de Monserrat que fue reemplazado por Carlos Francisco de Croix. Dos años después, en 1767, Gálvez intervino para sofocar los motines y disturbios que ocasionó la salida de los jesuitas, y ordenó juicios sumarios, ejecuciones y encarcelamientos de por vida.

Llegó a Loreto y de inmediato comenzó a dar instrucciones relacionadas con el reparto de las tierras, el repoblamiento de las misiones y la reorganización de la administración en Loreto, a fin de hacerla más eficiente. Y es que su primera impresión de las condiciones en que vivían los indios conversos fue muy desfavorable.

En un informe que dirigió al virrey De Croix el 8 de diciembre de 1768, le decía que “los indios vivían en la misma forma de vida irracional y bárbara que tuvieron antes de ser convertidos… las misiones son simplemente grandes haciendas en las que los misioneros, algunos sirvientes y soldados tenían su alojamiento… los indios vagan en los alrededores, generalmente desnudos buscando su comida, como siempre lo habían hecho”.

Aprovechando la sustitución de los padres jesuitas por los franciscanos, puso como gobernador a Matías de Armona, nomás que éste poco pudo hacer para cumplir con las disposiciones de Gálvez, más aún porque en 1772 los misioneros franciscanos abandonaron la península para ir a fundar nuevos centros religiosos en la Alta California. Y en su lugar llegaron los frailes dominicos.

Enterados los nuevos misioneros de las instrucciones De Gálvez, pronto se dieron cuenta de la imposibilidad de cumplirlas. Y ello dio motivo a una agria disputa entre el gobernador Felipe de Neve y el presidente de las misiones, fray Vicente de Mora. Y es que el visitador dispuso que los indios tuvieran derecho a la propiedad privada otorgándoles tres parcelas, dos de temporal y una de riego por familia; que se pudieran dedicar a actividades económicas además de las agrícolas También ordenó el traslado de grupos de indios de unos lugares a otros con mejores perspectivas de vida.

Dice el historiador Salvador Bernabeu que las instrucciones De Gálvez se calificaron de utópicas e irrealizables, ya que los intentos de cumplirlas chocaron con la realidad bajacaliforniana. Aunque a la larga tales disposiciones permitieron la colonización civil y la secularización de las misiones. Colonización que ya no contó con la población indígena que fue desapareciendo poco a poco.

En dos cartas que fray Vicente Mora envió al virrey Bucareli en 1775 y 1777, expone las razones por las cuales no fue posible cumplir con las instrucciones de Gálvez, sobre todo en lo referente a formar pueblos de indios, así como el cambio de residencia de muchos de ellos.

Sobre esto último explicó que los indios se negaron a abandonar su misión —como fue caso de Santa Gertrudis y San Borja— y amenazaron con volverse gentiles, es decir, irse a los montes para vivir como antes. Y a la fuerza hacer los traslados —decía el padre— es contrario a nuestras convicciones cristianas.

Y en el caso de Loreto a donde se dispuso que fueran a vivir otras familias, se preguntaba: “¿De qué sirve el aumento de familias en Loreto?, si su terreno es tan estéril que apenas alcanza el pasto para las bestias y para no poder trabajar las tierras por la escasez de las aguas y notoria sequedad”.

Total que casi nada se hizo de los propósitos del visitador De Gálvez. Lo que sí quedó claro al leer las cartas es el deterioro del sistema misional y del difícil inicio de la colonización civil con el reparto de las tierras. Además, las cartas revelan el eterno conflicto entre el poder civil y el poder eclesiástico.

Lo único positivo que dejó José de Gálvez con su presencia en California fue respaldar la orden del rey para poblar la Alta California, contando con ello con la buena disposición de los misioneros franciscanos los que en 1769 fundaron la misión de San Diego de Alcalá, la primera de ellas en la región.

Gálvez jamás volvió a California. De regreso a la ciudad de México recibió la orden de trasladarse a España donde murió en el año de 1787, luego de que el rey le diera el título de marqués de Sonora.

sábado, 27 de octubre de 2012

Bahía Magdalena, la ambicionada


Bahía Magdalena, la ambicionada

Por Leonardo Reyes Silva

Fue el navegante español Francisco de Ulloa quien en 1539 hizo mención de la bahía Magdalena en su recorrido por las costas de la península. “Encontramos —escribió en la Relación de su viaje— una grande laguna sobre la que estábamos, de la entrada de ella, la cual era tan grande que tiene más de veinte o veinticinco leguas de ojo, y la boca ancha y tan hondable que pueden entrar en ella naos de cualquier grandeza que sea, la cual está poblada de gente”.

Pero fue otro explorador, Juan Rodríguez Cabrillo, el que mencionó por primera vez el nombre de Magdalena para ponérselo a un puerto al norte de la isla. Años después, en 1602, Sebastián Vizcaíno al recorrer la bahía le puso por nombre el que actualmente lleva: Magdalena.

Cuando llegaron los misioneros jesuitas a la península en 1697, ya era muy conocida por navegantes y exploradores. Incluso se tuvo la pretensión de establecer un puerto donde arribaran los galeones de Filipinas. Los propios misioneros en sus recorridos por los litorales frente a la isla dieron informes de lo inhóspito de la región. Pero no fue así con la bahía dado que en toda la segunda mitad del siglo XVIII y parte del XIX, esa zona fue visitada por traficantes de diferentes nacionalidades que llegaban para intercambiar telas y baratijas por cueros de res, perlas, frutas y miel que les llevaban los nativos de las rancherías cercanas.

A la bahía llegaron también barcos en busca de ballenas, explotación en la que también se beneficiaron los lugareños utilizados para extraer el aceite de los animales sacrificados. Tanto el contrabando como la cacería en la región de la Magdalena hubiera continuado si no es que lo evita el conflicto armado con los Estados Unidos en los años de 1846 a 1847.

Después, con los movimientos políticos que originaron la Guerra de Reforma y la Intervención Francesa, la bahía quedó en el olvido. Pero al triunfo de la República, la muerte de Benito Juárez y el gobierno del general Porfirio Díaz, el interés por esa región de la Baja California volvió a ser motivo de los Estados Unidos.

En efecto, en 1883 se iniciaron los intentos de los norteamericanos de establecerse en la bahía. En ese año el gobierno de los Estados Unidos inició las gestiones a fin de que nuestro país le concediera permiso para establecer una estación carbonífera para uso de sus buques de guerra. En ese entonces México no autorizó la petición aunque de todas maneras la flota extranjera hacía prácticas navales en la bahía.

En 1907, durante el mandato de Porfirio Díaz, el gobierno americano volvió a reiterar la petición para el permiso de la estación carbonífera. En ese año, Díaz ya sentía “pasos en la azotea” por las inconformidades contra su forma dictatorial de gobernar nuestro país y por eso concedió el permiso por un lapso de tres años, que concluiría en el año de 1910. Nunca se imaginó las consecuencias de su decisión.

En efecto y a raíz de ello, muchos mexicanos creyeron que la bahía Magdalena se había vendido a los Estados Unidos. Al término de la concesión y después de varias reuniones diplomáticas, el gobierno americano accedió a retirar sus barcos carboneros y cancelar las prácticas de tiro en la bahía. Por coincidencia, quince días después de terminado las concesiones, llegaron a puertos mexicanos dos acorazados de guerra japoneses para sumarse a los festejos del centenario de la independencia de nuestro país.

No lo hubieran hecho pues el gobierno gringo puso el grito en el cielo diciendo que México había concertado un pacto con ese país para que ocupara bahía Magdalena. Es más, se habló en la prensa norteamericana de las intenciones niponas de colonizar la Baja California. Fue tal la alarma que nuestro país se vio obligado a rechazar categóricamente tales acusaciones declarando que “México no permitiría jamás la ocupación de la Magdalena, ni por japoneses ni por ninguna potencia extranjera, incluyendo a los Estados Unidos”.

Esta posición estratégica de nuestra bahía, ambicionada por los Estados Unidos, dio lugar a la construcción de una base naval en Puerto Cortés de la isla Margarita, misma que a la fecha alberga a 128 personas, entre marinos, pescadores y familiares. Cuenta además con una pista de aterrizaje y una estación meteorológica.

Una de las mejores maneras de protegerla es el poblamiento de sus costas, tal como se está haciendo con los poblados pesqueros como Cancún y Puerto Chale. Pero, además, con las poblaciones de San Carlos y Adolfo Mateos, cuyas embarcaciones recorren diariamente las aguas de la bahía. Lejos han quedado ya los intentos de apoderarse de ella. Aunque por su posición estratégica siempre existirá la posibilidad de ser ambicionada por otros países.

sábado, 13 de octubre de 2012

La ola cívica de 1929


La ola cívica de 1929

Por: Leonardo Reyes Silva

Corría el año de 1929 cuando nuestro país se aprestaba a llevar a cabo las elecciones presidenciales después del asesinato del presidente electo Álvaro Obregón. En ese periodo fungía como presidente provisional el lic. Emilio Portes Gil y su gobierno fue el que preparó los comicios a realizarse en el mes de noviembre de ese año.
Como candidato oficial, el reciente creado Partido Nacional Revolucionario postuló como candidato al ingeniero Pascual Rubio, de quien siempre se dijo que era el recomendado del expresidente Plutarco Elías Calles, Por el lado de la oposición figuraba el licenciado José Vasconcelos quien había sido ministro de Educación Pública durante el mandato de Álvaro Obregón en el período de 1920 a 1924.

En el mes de noviembre de 1928, Vasconcelos inició su campaña en el pueblo de Nogales, Sonora, definiendo su postura como un político que se enfrentaba a los grupos de poder adueñados del país. En el primer discurso pronunciado en ese lugar, fijo su ideario político acusando al gobierno de Calles de antidemocrático, amordazando las libertades del pueblo para mantener un régimen dictatorial.

En Cananea dijo, entre otras cosas, que: “El principio glorioso de la “No reelección”—se refería a Obregón— consagrado con la sangre de tantos mártires, debe ser inscrito de nuevo en nuestra Carta Fundamental… Además, junto con la reelección, es urgente fijar las responsabilidades de ese amo absoluto que es entre nosotros el Presidente… Urge pues, reformar la Constitución en el sentido de que el presidente sea enjuiciable en casos como la violación electoral manifiesta, o cuando se consuman fusilamientos, prisiones arbitrarias o expulsión de ciudadanos…”

Ante tales cuestionamientos fue natural que se considerara a Vasconcelos como un peligro potencial para la clase gobernante, más aún considerando que era un candidato con arrastre popular. Y este, con un valor a toda prueba, quiso iniciar su campaña en el estado de Sonora, el feudo de Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles.

En un ambiente de amenaza pero protegido por sus partidarios, realizo reuniones en Cananea, Magdalena, Hermosillo, Guaymas y Cajeme —hoy ciudad Obregón— y en todas hubo un respaldo popular extraordinario. Obreros, amas de casa, campesinos, estudiantes, incluso de la burocracia asistieron a sus mítines, desafiando con ello a las autoridades del Estado.

En ese camino por la democracia recorrió los estados de Sinaloa, Nayarit y Jalisco, hasta llegar a la propia capital de republica, siempre con un respaldo del pueblo sin precedentes. En la ciudad de México recibió el respaldo del Partido Nacional Antireeleccionista y de otros grupos independientes. Vasconcelos tenía la seguridad de lograr el triunfo en los comicios del mes de noviembre, muy a pesar de los actos represivos del gobierno.

Pero las cosas no sucedieron así. Cuando dieron a conocer los resultados de las elecciones, el candidato oficial, ingeniero Pascual Ortiz Rubio obtuvo el 93.58 % de los votos y 5.42% de Vasconcelos. Desde luego, los comicios fueron una farsa. El ejercito controló las mesas en todo el país, amedentro a los ciudadanos y hubo robo de urnas.

Aquí en La Paz y en toda la entidad la votación fue unánime para Ortiz Rubio. Contribuyo a ello la propaganda que hizo el Partido “Gral. Manuel Márquez de León” que apoyo al candidato oficial con la participación de distinguidos ciudadanos, entre ellos Rafael Montes, Alejandro Moreno, Gilberto Arriola, Sebastian Díaz Encinas, Juan Bertin y Carlos Salgado.

Hubo un intento de respaldo para Vasconcelos cuando en esta ciudad se formo el partido de Consolidación Socialista Nacional, aunque se ignoran los nombres de la directiva. De todas maneras, por solicitud del Partido Nacional Antirreeleccionista quedó registrado en los ayuntamientos el nombre de José Vasconcelos como candidato a la presidencia de la Republica. Pero aun así, esa ola cívica no llego a Baja California Sur.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Amado Aguirre y la rebelión de 1929


Amado Aguirre y la rebelión de 1929

Por: Leonardo Reyes Silva

El 1º. de noviembre de 1927 llegó como gobernador del Territorio Sur de la Baja California, el general e ingeniero Amado Aguirre. Venía precedido de una amplia carrera militar en la revolución mexicana y fue, en 1917, uno de los diputados constituyentes creadores de nuestra Carta Magna. Figuró en puestos importantes en los gobiernos de Carranza, Obregón y Plutarco Elías Calles.

Dedicado a atender los problemas más urgentes de la entidad, pronto demostró excelentes dotes de administrador poniendo en orden las finanzas y aplicando programas en beneficio de los campesinos y de la población en general. Y así hubiera transcurrido su gobierno, si no es que un movimiento armado en 1929 alteró la tranquilidad de nuestra ciudad.

Desde el mes de diciembre de 1928 gobernaba el país el licenciado Emilio Portes Gil, presidente provisional a raíz del asesinato del presidente electo Álvaro Obregón. Y fue en el mes de marzo de 1929 cuando un grupo de generales encabezado por José Gonzalo Escobar se rebelaron en contra del gobierno establecido, llamando a las armas a toda la república.

Fue un levantamiento muy grave para la paz de nuestro país, sobre todo por que regiones militares como Sonora y Veracruz lo apoyaron así como algunos diputados y senadores. Fue por ello que el presidente Portes Gil ordenó sofocar esa rebelión y en menos de mes y medio dos de los principales sublevados fueron sentenciados a la pena de muerte, con excepción del general Escobar quien se refugió en los Estados Unidos.

En esa sublevación un grupo de militares pertenecientes a la guarnición de la ciudad de La Paz se pusieron de su parte, se apoderaron del cuartel, de la comandancia de policía y querían que el gobernador Aguirre secundara sus intenciones… Lo invitaron para que se sumara a las fuerzas rebeldes de los generales Francisco R. Manzo y Fausto Topete, en el estado de Sonora.

La entrevista de los amotinados y el general Aguirre tuvo lugar en la casa habitación de este último. En vano pretendió hacerlos desistir de la idea de traicionar su deber de soldados leales al gobierno constituido, por que además, estaba seguro, que esa rebelión no tenía pies ni cabeza, ya que no se sabía el propósito que los guiaba.

A pesar de sus argumentos, los militares no desistieron de sus intenciones y fue tal el cinismo de uno de ellos, el mayor Daniel Canto, que le pidió le entregara su pistola ametralladora Thompson, a lo que Aguirre les contestó con tono airado: “Ah, se trata de desarmarme, pues cuando me hayan fusilado o matado en cualquier forma se llevarán las armas que el Supremo Gobierno ha puesto en mis manos para su defensa”.

Ante la digna actitud del gobernante, optaron por retirarse a fin de preparar su salida del puerto aprovechando el barco “Washington” surto en la bahía. Mientras tanto, el general Aguirre se dirigió a la casa de gobierno a fin de proteger el dinero destinado a los sueldos de los empleados. Puso en resguardo a través de la empresa Ruffo Hermanos 45 mil dólares que fueron depositados en un banco de San Francisco, California.

Aunque los militares sublevados ya habían salido de La Paz, Aguirre se preparó para una probable invasión de parte de los escobaristas. Pidió refuerzos, armas y municiones para enfrentar cualquier contingencia. En La Paz reclutó a cien hombres dispuestos a la defensa de la ciudad. Y fue en esos días cuando tuvo lugar un suceso que pudo alterar la paz pública.

Resulta que el general Aguirre fue informado de un intento de rebelión en contra de su gobierno por parte de los coroneles Félix y José Ortega, hijos del general revolucionario Félix Ortega Aguilar. Por si las dudas, cuando estos dos militares en estado de embriaguez gritaron vivas a los generales Manzo y Topete, los mandó detener, y sólo los dejó en libertad cuando su padre intercedió por ellos.

En cuanto a la negativa del general Aguirre de sumarse a la sublevación escobarista, sus palabras resultaron proféticas. Derrotado el movimiento, los generales José María Aguirre y Jesús Palomera López fueron pasados por las armas, mientras que otros tuvieron que huir al extranjero, entre ellos José Gonzalo Escobar y Francisco R. Manzo.

Dicen las crónicas que con los millones saqueados a los bancos de Monterrey y Torreón, el general Escobar compró una hacienda en un lugar de Canadá donde vivió muchos años. En 1943 volvió a nuestro país y en 1969 murió en la ciudad de México.

Por su parte, el general Amado Aguirre entregó el gobierno del Territorio al también general Agustín Olachea Avilés, en el mes de agosto de 1929. De Aguirre dice el historiador Miguel León Portilla: “La fecunda vida del ingeniero minero, general revolucionario, estudioso de la historia, hombre de proverbial honradez, gobernante por cerca de dos años en Baja California Sur, concluyó a los 86 años de edad en la ciudad de México, el 22 de agosto de 1949”.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Fernando Consag, el misionero


Fernando Consag, el misionero

Para Carlos Lazcano

Por: Leonardo Reyes Silva

Llegó a la mitad de la cruzada jesuítica en la Baja California. Llegó en 1732 y a pesar de ello, su vida y su obra ha sido muy difundida tanto como las de Juan María de Salvatierra y Juan de Ugarte. Y los responsables de ese reconocimiento ha sido el pueblo del Estado de Baja California, en especial de los habitantes de la ciudad de Ensenada.

Para ellos, Consag fue el iniciador del poblamiento de esa región, el que trazó los primeros caminos y dio a conocer las características de esa amplia zona de la parte sur del hoy Estado de Baja California. Y, desde luego, por que fue el fundador de la misión de Santa Gertrudis la Magna en 1737. Por sus exploraciones realizadas en esos años, demostró que la California era península y no isla, además de elaborar los primeros planos de esa desértica región.

En el año de 1746 organizó una expedición por mar con el propósito de llegar a la desembocadura del río Colorado, pero aprovecho ese recorrido para ponerle nombres a los lugares que iba descubriendo, nombres que actualmente están en uso, como bahía de los Ángeles, bahía de San Luis Gonzaga, San Felipe y la isla de San Ignacio (Montague) en el entronque con el río.

En 1732 llegó a la misión de San Ignacio Kadakaamán, que en ese tiempo era la más alejada de Loreto. Llevaba la encomienda de fundar otra misión más al norte, pero en tanto ayudaría al padre Sebastián Sistiaga encargado de San Ignacio, quien le enseñaría las labores propias de un misionero, así como la práctica de la lengua de los indígenas cochimí, habitantes de esa amplia región de la parte central de la península.

En 1737, el padre visitador Andrés García nombró a Consag como titular de la misión de Nuestra Señora de los Dolores del Norte alejada unos 140 kilómetros al norte de San Ignacio. Pero dadas las carencias económicas esa misión tuvo que ser atendida desde la misión donde estaba asignado. Aún así logró catequizar y bautizar a un número considerable de indígenas.

Fueron muchos años que Consag dedicó a la misión de Los Dolores, aunque con una interrupción de tres años cuando fue nombrado Visitador de las misiones establecidas en la península desde San José del Cabo hasta la de San Ignacio. Cumplido ese encargo, de nueva cuenta volvió a atender su misión de Nuestra Señora de los Dolores del Norte. En 1751, por su propia iniciativa, se cambió la sede de la misión hasta un paraje conocido como La Piedad, lugar donde Consag instaló la misión de Santa Gertrudis la Magna, en sustitución de la anterior de Los Dolores.

En ese mismo año de 1751, la misión de Santa Gertrudis quedó a cargo del padre Jorge Retz quien de inmediato continuó con la catequización de los indígenas e inició trabajos agrícolas que los proveyeron de trigo, maíz, así como de frutas como los higos, dátiles, cítricos y uvas. Con estas últimas se elaboró el primer vino conocido en esa región. Hasta eso, el padre Consag desde San Ignacio siempre le brindó toda la ayuda posible.
En la ciudad de Ensenada existe la que se llama “Sociedad de la Antigua California”. Ésta, junto con otras instituciones culturales, llevó a cabo en el año 2009 un homenaje a Fernando Consag por su contribución al conocimiento y desarrollo del Estado de Baja California. En el ciclo de conferencias se contó con distinguidos historiadores como Miguel León Portilla, Jorge Martínez Zepeda, Mijo Korade y Simona Binková, estos dos últimos invitados que llegaron de Croacia —de donde era originario Consag— y de Praga.

Mención aparte merece Carlos Lazcano Sahagún quien fue de los principales organizadores del homenaje. Pero, además, porque él y Denis Pericic publicaron en el 2001 un interesante libro al que titularon “Fernando Consag, textos y testimonios” Las palabras de Carlos no tienen desperdicio:
“Algunos años atrás visité la misión de Santa Gertrudis… Fue una experiencia impactante. Muchos kilómetros de una terracería muy mala, recorriendo planicies y mesetas desérticas y de pronto, como en medio de la nada, surgió un templo de cantera, excelentemente conservado… La misión se encuentra en el fondo de una cañada, rodeada por un palmar de dátiles… La huerta aún existe y los viñedos iniciados por los misioneros aún producen uvas. La pila misional funciona y sus acequias siguen conduciendo agua. El manantial sigue produciendo agua…”

El día 10 de septiembre de 1759, entre las ocho y las nueve de la noche, murió el padre Consag en su misión de San Ignacio. Tenía 55 años de edad y 27 de misionero en California. A su memoria, en el mes de junio de 2009 se inauguró el bulevar Fernando Consag a la entrada de la ciudad de Ensenada. Y también un mirador con su nombre. 

sábado, 1 de septiembre de 2012

La huella de un “cuchibiriachi”


La huella de un “cuchibiriachi”

Por: Leonardo Reyes Silva
Llegó a La Paz guiado por la providencia. Llegó como otros del interior de la república en busca de aventuras, de fortuna o en el cumplimiento de una comisión del gobierno central. Y en el caso particular de Ulises Urbano Lassépas, agrimensor de profesión, visitó nuestra ciudad a mediados del siglo XIX y en 1856 el señor José María Esteva, quien fungía como Visitador de Rentas en el Territorio, lo propuso como agente del Ministerio de Fomento, Colonización, Industria y Comercio de la República, en vista de los conocimientos especiales que poseía.

Fue una acertada decisión aunque el gusto le duró poco, ya que a los pocos meses de ejercer el cargo lo dejaron cesante y tuvo que buscar otra fuente de ingresos. Y la encontró cuando algunos poseedores de tierras lo contrataron para que los representara ante el gobierno federal por el peligro de perder sus propiedades. Y es que en 1857, siendo presidente de la república don Ignacio Comonfort expidió un decreto que en su artículo 1º decía:
 “Las ventas o enajenaciones de las islas o terrenos baldíos de la Baja California que se hubieren hecho desde el año de 1821 hasta el presente, por los jefes políticos o gobernadores y cualquier otras autoridad civil o militar del Territorio o Departamento de ambas Californias, son nulas y de ningún valor mientras no obtengan la ratificación del supremo gobierno.”

Y lo peor fue que el mismo decreto fijaba un lapso de seis meses para la revisión de los documentos comprobatorios, pues de lo contrario pasarían al dominio nacional. Para colmo de sus males, el gobierno fijó un pago de 300 pesos por cada registro de las propiedades.

Ante tan grave situación, Urbano Lassépas inició la defensa de sus representados arguyendo que la tierra es un derecho natural que tienen los habitantes de un país y que por lo tanto sus derechos de propiedad estaban por encima y a salvo de las autoridades que pretendían conculcarlos.

En sus gestiones ante el gobierno central presentó copias de un poco más de 200 títulos de propiedad a efecto de legitimarlos, de acuerdo con el decreto del 10 de marzo de 1857. Como resultado, los títulos fueron autorizados en 1859 y el mismo Lassépas se encargó de entregarlos a los dueños. Y lo mejor, no se les cobró los 300 pesos, sino solamente cincuenta por cada sitio de ganado mayor.

Desde luego y gracias a la intervención de Lassépas el decreto quedó sin efecto en la Baja California o al menos no se aplicó en su totalidad. Con ello quedaron a salvo no solamente los 220 títulos registrados sino muchos más que posteriormente fueron reconocidos legalmente por las autoridades del ramo.

En ello fue un elemento de apoyo importante el libro que publicó Lassépas en 1859 refiriéndose al decreto de 1857. La obra a la que le puso el nombre de “Historia de la colonización de la Baja California y el Decreto del 10 de marzo de 1857”, contiene los argumentos contra el decreto, sus inconsistencias, la injusticia contra los poseedores de tierras y las mejores formas de solucionar ese problema. Pero, además, es un compendio de la historia, la geografía, el aspecto demográfico y la economía de esta región de México.

En 1860 el jefe político le extendió el nombramiento de Juez de Deslindes y con esa responsabilidad recorrió toda la península mensurando los terrenos baldíos y fijando sus límites, a la vez que entregaba los títulos debidamente registrados a sus propietarios. Con la decidida intervención de Lassépas se resolvió en parte la inseguridad en la tenencia de la tierra en la Baja California.

Esa fue la huella que dejó un cuchibiriachi que llegó a la ciudad de La Paz en busca de fortuna, No la encontró, pero a cambio logró que su nombre fuera recordado a través de los años y aún en el presente, por todo el bien que representó para los habitantes de las comunidades rurales de nuestra entidad.

Pero hombres como Ulises Urbano Lassépas no son de un solo lugar. Requerido por el gobierno participó en diversas dependencias oficiales y fue reconocida su eficiencia por el presidente Benito Juárez. Y todavía se dio tiempo para ser un gestor permanente de los problemas de esta región del país.

El pueblo de Baja California Sur le debe un reconocimiento a Lassépas. El Ayuntamiento de La Paz, a través de la Comisión de Nomenclatura, aprobó en años pasados que una calle del fraccionamiento Santa Fe llevara su nombre. Pero por causas ignoradas el acuerdo de Cabildo no se ha cumplido.

sábado, 18 de agosto de 2012

Una loretana enamorada


Una loretana enamorada

Por: Leonardo Reyes Silva

Otra cualquiera hubiera pasado desapercibida. Pero ella era nieta de José Manuel Ruiz que fue gobernador de la Baja California en los años de 1822 a 1825. Y aunque el idilio sucedió durante la permanencia de los norteamericanos en la península —1847-1848--, el desenlace que originó fue motivo de controversias durante largo tiempo.

En La Paz radicaba la familia del señor Jesús Maytorena casado con doña Isabel Ruiz Trasviña, hija de don José Manuel Ruiz. De ese matrimonio nacieron Manuela y María Amparo, esta última, según las crónicas, dueña de aguda inteligencia y singular belleza.

Cuando tuvo lugar la intervención gringa, María Amparo tenía 15 años de edad, pues había nacido en el pueblo de Loreto el 3 de julio de 1832. No se sabe en que año la familia cambió su residencia a La Paz, aunque fueron de las fundadoras del puerto. De acuerdo a su linaje, de seguro formaban parte de la clase acomodada de la sociedad paceña.

Lo cierto es que las incipientes relaciones con los invasores originaron amistades a las cuales no fue ajena la familia Ruiz Maytorena. Y fue quizá en una de esas reuniones cuando el jefe de las fuerzas de ocupación, teniente coronel Henry S. Burton, le fue presentada la agraciada joven, por la que de inmediato sintió una gran atracción.

La historia no dice si los padres de ella aprobaron el noviazgo, aunque debemos aclarar que muchas familias paceñas vieron con buenos ojos la presencia de los norteamericanos en la península. Y es que la novedad de conocer a personas de otra raza siempre crea atracciones de diversa índole. Como aquélla del padre que llegó entusiasmado cuando los franceses invadieron nuestro país:

Con acento de alfeñique
y con andaluz jaleo,
cuando el triunfo del manteo
anunció el traidor repique,
entró en casa don Fadrique
aumentando la boruca
y le dijo a su hija Cuca
moviendo alegremente los pies:
“Ya vino el guerito,
me alegro infinito,
¡ay, hija, te pido
por yerno un francés!

Como haya sido, lo cierto es que cuando las fuerzas invasoras abandonaron la ciudad en 1848, muchas familias paceñas se fueron con ellos a fin de radicarse en los Estados Unidos. En ese numeroso grupo iban los Ruiz Maytorena. Su lugar de refugio fue la ciudad de Monterey, en California.

Por supuesto Burton no dejó ir a su presa. Allá fue más fácil continuar el romance que culminó en matrimonio en 1849, no sin antes resolver el obstáculo de las religiones que profesaban: el uno, protestante y la otra, católica. De su matrimonio nacieron dos hijos, Henry y Nellie Burton.

Cuando murió su esposo, en 1869, después de largos años de feliz matrimonio, María Amparo dedicó gran parte de su tiempo a escribir sus recuerdos, tanto de México como de los Estados Unidos. Así, vio publicadas dos novelas a las que tituló “Who would have tougth it” (Quién lo habría pensado), en 1872. Después, en 1875, “The squatter and the Don” (El invasor de tierras y el señor).

En el 2001, se publicó un libro titulado “Conflicts of interest” con la correspondencia que María Amparo tuvo con familiares y amistades, entre ellos José Matías Moreno y Guadalupe Vallejo. Gran parte de su cartas se refieren a la defensa de unos terrenos en la ciudad de Ensenada, los que según ella había heredado de su abuelo José Manuel Ruiz.

Las cartas están escritas unas en inglés y otras en español y ellas dan cuenta de la calidad escritural de esta mujer loretana. Bien lo dijo una de las editoras del libro: “By all Rights María Amparo Ruiz de Burton was an extraordinarily talented woman”.

A 117 años de su muerte —1895— bien merece un reconocimiento, y que mejor que la reedición en español de su novela más conocida “The Squatter and the Don”, en la que describe todos los problemas sobre la tenencia de la tierra propiedad de mexicanos y el acoso de terratenientes gringos.

sábado, 4 de agosto de 2012

Bouchard en la Alta California


Bouchard en la Alta California

Por: Leonardo Reyes Silva

Por la tarde del 20 de noviembre de 1818 y entre la bruma de esas horas, un centinela dio aviso que se acercaban dos embarcaciones desconocidas en la entrada de la bahía de Monterey. De inmediato, don José Vicente Solá, encargado del presidio, dio las instrucciones necesarias para contrarrestar un inminente ataque de las naves enemigas.

En efecto, se trataba de las fragatas Argentina y Chacabuco, naves corsarias al mando de Hipólito Bouchard, un marino argentino autorizado por el gobierno para perseguir y atacar a los buques españoles donde quiera que los encontrase. Pero también, llevado de su codicia, se apoderaba de poblaciones costeras en busca de objetos de valor y de víveres. Y ese fue el motivo de su arribo a Monterey.

Alertados desde semanas antes de la posible llegada de Bouchard, los soldados habían preparado la defensa colocando cañones en sitios estratégicos de la bahía, y cuando una de las fragatas se acercó con la intención de enviar a tierra a sus hombres, fue recibida con certeros disparos que la hicieron rendirse. Refiere la historia de ese suceso, que la batería que causó la rendición del enemigo estaba a cargo de un hermano de Mariano Vallejo quien años después sería gobernador de la Alta California.

Al día siguiente, se estableció la comunicación con las autoridades del presidio para pedirles le regresaran el barco con la promesa de retirarse del lugar. Nomás que el comandante del presidio les exigía una fuerte recompensa para liberarlo. Y así, en dimes y diretes, pasó todo el día.

Por la noche, Bouchard mandó recoger a los marineros que se encontraban en el Chacabuco alejándolos del peligro. Por la mañana, en nueve botes, cuatro de ellos armados con cañones, iniciaron el ataque contra el fuerte, cuyos defensores no pudieron detener la sorpresiva embestida. Solá ordenó abandonar el puerto que cayó en manos de los corsarios.

Poco fue lo que encontraron en Monterey, pues con anticipación todas las cosas de valor, los comestibles y el ganado fueron llevados a otros lugares. Encontraron el presidio abandonado pues todos sus habitantes habían huido oportunamente. En venganza, Bouchard mandó incendiar el fuerte, las casas, el cuartel y la residencia del gobernador.

El saqueo e incendio de Monterey alarmó a otras poblaciones del sur de la región. Algunas misiones se cerraron con la consiguiente alarma de los frailes e indios conversos. Algunos vivales aprovecharon la confusión para desvalijar esos centros religiosos. Dicen las crónicas que hasta el vino de consagrar se robaron.

El 6 de diciembre las dos naves llegaron al presidio de Santa Bárbara pero no pudieron desembarcar por el bajo calado de la bahía. Semanas más tarde arribaron a San Juan Capistrano en busca de víveres. Con un mensajero, Bouchard exigió provisiones a cambio de no atacar la misión, pero el padre encargado le contestó que no, y que si desembarcaban los iba a recibir con una provisión pero de metralla y pólvora.

Para las pulgas del corsario, la contestación desató su furia y por eso ordenó que destruyeran los edificios; y cuando buscaron dinero o algo de valor no encontraron nada. Lo único fue una cava de vino que tuvo como resultado una borrachera de todos los asaltantes. Como pudieron partieron del lugar, no sin antes haber castigado con azotes a los que se tomaron el vino de la misión.

Al proseguir su viaje costeando la península llegaron a la isla de Cedros donde descansaron. Aprovecharon el tiempo para carenar las naves, ir de cacería y matar lobos de mar de los que se comieron las lenguas y los corazones.

Fue una estancia tranquila, con excepción de la pérdida de un bote con seis hombres que desertaron una noche.
A mediados de enero de 1819 zarparon de la isla de Cedros, pasaron por las islas Tres Marías y continuaron su viaje al sur. Algunas crónicas dicen que llegaron a los puertos de San Blas y Acapulco, pero no hay registro oficial de ello. En su recorrido hacia Argentina tuvo varios encuentros con buques españoles. A su paso por Valparaíso Lord Cochrane, quien era el almirante de la Armada de Chile lo arrestó y le formó un consejo de guerra acusándolo de pirata y de atacar y capturar a buques aliados.

De la acusación se salvó pero no de la muerte, porque falleció asesinado por sus propios hombres en 1837. Dice uno de sus biógrafos que Hipólito Bouchard era “un hombre difícil, controvertido, poco amistoso, díscolo y pendenciero; poseía sin embargo, un gran valor personal y era un jefe de enérgica y decidida acción”. En Argentina se le considera un patriota.

sábado, 21 de julio de 2012

Corsarios en Baja California II


Corsarios en Baja California
Segunda parte

Por Leonardo Reyes Silva

Cuando Lord Cochrane decidió enviar a las corbetas “Independencia” y “Araucano” al golfo de California en busca de naves españolas, no se imaginó los sucesos que dieron lugar cuando arribaron a las costas de la península, a principios del año 1822.

Mientras el “Araucano” se dirigía al pueblo de Loreto en busca de provisiones, sobre todo de carne de res para hacer “charquí”, el “Independencia” atracó en San José del Cabo gobernado por autoridades españolas y donde se encontraba la misión jesuita fundada en 1730.

Wilkinson se apoderó del pueblo y tomó prisioneros a don Antonio Quartara y su ayudante, aunque después, dadas las aclaraciones los dejó en libertad. Hizo bien, porque Quartara se convirtió en un colaborador de los chilenos. Les proporcionó ganado y víveres y logró que varios objetos de valor que habían sido hurtados por los marinos fueran devueltos a sus dueños.

Y todo hubiera permanecido en paz, si no es que Wilkinson recibió noticias de un barco español que se encontraba en Todos Santos y con el fin de apoderarse de él envió a un grupo de marineros en su busca. Lo encontraron, lo inutilizaron para que se hundiera y en vez de regresar optaron por buscar alimentos en el pueblo. Pero los habitantes del lugar, enterados de lo que habían hecho, los enfrentaron y mataron a varios de ellos.

Mientras tanto había llegado a San José el padre superior de las misiones de California, Miguel Gallego, quien de inmediato se dio cuenta de la situación. Y para evitar represalias por lo sucedido en Todos Santos, decidió cortar por lo sano y declarar la independencia de California del gobierno español. Al menos es lo que dice el historiador Carlos López Urrutia en su libro “Los insurgentes del sur”.

Aunque otros investigadores afirman que fue el comandante de armas de la jurisdicción del sur, el alférez Fernando de la Toba quien, a principios de marzo, realizó el juramento de la independencia alarmado por la presencia de las corbetas de Lord Cochrane.

Siguiendo el relato de López Urrutia, cuando terminó la ceremonia del acto de independencia, el pueblo josefino invitó al comandante Wikilson y sus oficiales a un banquete donde se les agasajó “con tal variedad de platos como jamás se había visto en fiesta alguna. La cocina indígena nunca se alzó a un grado superior y los guisos, especialmente los de tortuga, jamón y venado, resultaron excelentes”.

Cuando terminó el agasajo —relata López Urrutia— el comandante ordenó a uno de los oficiales cuidara de llevar los barriles de agua al barco, ayudado por varios marineros. Pero el movimiento causó el sobresalto del padre superior, quien al no entender las órdenes dadas en inglés, creyó era una emboscada; como pudo subió a su mula y emprendió veloz carrera rumbo a su misión.

Vowel, un oficial de la corbeta, refiere que algunos marineros lo siguieron también a galope tendido y esto “sirvió para aumentar hasta lo último el terror del pobre fraile con sus hábitos que volaban al viento, perseguido por los herejes ingleses…”. Poco después, aclarada la confusión, por intermedio de Quartara, el padre se convenció de su equivocación. Y así volvió la armonía entre ellos.

Por su lado, “El Araucano” había llegado a Loreto donde encontró poca resistencia, pues el gobernador José Darío Argüello advertido del peligro había huido al pueblo de Comondú, llevándose los objetos de valor de la iglesia. Al frente de la defensa quedó el alférez José María Mata.

A la tripulación de la corbeta le fue mal. Mientras parte de ellos se ocupaban en preparar la carne de res y convertirla en “charquí”, los que se habían quedado a bordo se amotinaron y convertidos en piratas se dirigieron al sur en busca de presas. La corbeta “Independencia” llegó días después a Loreto y después de tener conocimiento de lo sucedido, subió a bordo a los marineros para enfilar rumbo al puerto de Guaymas donde compró cereales y varias clases de comestibles.

Bien aprovisionado, Wilkinson enfiló también al sur buscando en su recorrido a los barcos españoles que se habían hecho “ojo de hormiga”. Por más que los buscó no pudo dar con ellos. En esas condiciones, después de pasar por Guayaquil, la corbeta llegó a Valparaíso en el mes de junio de 1822.

Así terminó, dice López Urrutia, la primera y única expedición chilena a las costas de la península californiana. Las relaciones con los habitantes no fueron cordiales, pero esto se debió a que los consideraron piratas, cuando en realidad formaban parte de la Escuadra Chilena al mando de Thomas Cochrane, que luchó en forma sobresaliente por la independencia de los países de América.