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sábado, 31 de marzo de 2012

Un matrimonio fallido


Un matrimonio fallido

Por Leonardo Reyes Silva

lrsilva@prodigy.net.mx

Aunque de hecho este relato no corresponde a la historia sudcaliforniana, está relacionado con la conquista del noroeste del continente americano y de los navegantes que la hicieron posible. Y como cosa insólita, dentro de esa serie de exploraciones que llevaban el fin de asegurar para España el dominio de esta vasta región hoy ocupada por los Estados Unidos y Canadá, sobresale el idilio de un aristócrata ruso con la hija de un comandante español del Presidio de San Francisco.

La expansión española en el siglo XVIII había llegado hasta Nutka una isla pequeña a la altura de lo que hoy es la ciudad de Vancouver, Canadá. Ese lugar fue visitado por Juan Pérez en 1774 y en 1778 el capitán inglés James Cook arribó a la bahía de Nutka a la que llamó Friendy Cove por la actitud amistosa de los indios. Pasados los años, otros exploradores llegaron después, entre ellos Esteban Martínez y Juan Francisco de la Bodega y Cuadra.

Aún cuando se tomó posesión de esa región a nombre de la corona española, no fue posible hacer respetar esa decisión y poco a poco los aventureros angloamericanos, ingleses y hasta franceses incursionaron en la bahía en busca de pieles de nutria y también con intenciones de dominio Y así, la expansión española solamente llegó hasta los límites de la bahía de San Francisco.

Los navegantes rusos, en cambio, únicamente llegaron hasta un lugar al que llamaron Sitka localizado en las costas de Alaska. Se dedicaron a la recolección de pieles de todas clases, mientras establecían un pequeño campamento. Sin embargo, por las difíciles condiciones del clima, así como la falta de alimentos, llegó el momento en que sus vidas peligraban. Y así las cosas…

Un día de tantos del mes de abril de 1806, el vigía del castillo de San Joaquín de San Francisco dormitaba y por eso no se enteró de la entrada de un bergantín a la bahía. Al darse cuenta dio la voz de alarma y a los pocos minutos los soldados de cuera del Real Presidio con el alférez Luis Argüello se preparaban para la defensa. No fue necesario pues el barco era el “Juno” con bandera rusa que había entrado a San Francisco en busca de provisiones necesitadas con urgencia en el campamento de Sitka.

La embarcación venía al mando del conde Nicolai Petrovich Rezanof quien explicó que era el nuevo jefe, nombrado por el zar, de todas las avanzadas rusas en Alaska, y que tenía la encomienda de entrevistarse con el gobernador español del territorio. Al día siguiente, un soldado fue enviado al presidio de Monterrey con la solicitud del conde. Mientras tanto, en los días siguientes, Rezanof intercambió con los padres de la misión pieles por frutas secas, harina y charquí y otras provisiones que tanta falta hacían en Sitka.

A los pocos días llegó el gobernador Arrillaga intercambiando saludos con la tripulación del barco. Pero ante la solicitud del conde de adquirir mediante compra los comestibles que les hacían falta, aquél se negó aduciendo que tenía órdenes de no aceptar ningún negocio comercial. Así, entre ruegos y negativas, pasaron las semanas, mismas que el conde aprovechó para hacer amistades, sobre todo con la familia del comandante Argüello.

José Darío Argüello tenía una hija de quince años de edad quien se enamoró de Rezanof y éste, quizá por amor o por conveniencia, le correspondió y fue así como se comprometieron en matrimonio. María de la Concepción Marcela, llamada cariñosamente Conchita, aceptó la propuesta del conde de regresar primero a Sitka y después a San Petesburgo para informar al zar de su viaje. A su regreso llevarían a cabo su enlace.

Pero Conchita lo esperó por años y Rezanof nunca regresó. Años después se supo que en su travesía por Siberia al cruzar un río el hielo se quebró y el murió ahogado. Otra versión dice que en el transcurso de su viaje contrajo una fiebre intensa que lo obligó a refugiarse en una choza. Repuesto un tanto, cabalgó durante días, pero no pudo resistir y en el camino murió.

El historiador sudcaliforniano Pablo L. Martínez en su libro “Historia de la Alta California” dice de este romance lo siguiente:
María Concepción nada supo durante muchos años sobre la suerte de su amado. Creyendo que la había engañado vivió en medio de la mayor amargura, sin querer oír a muchos hombres que la pretendían. Se dedicó a servir a los pobres y atender a los enfermos desvalidos. Vino a saber el fin de su pretendiente hasta el año de 1842; y al tener conocimiento de ello entró en el convento de Santa Catarina en la propia California, y en esa casa de reclusión murió en 1857, a la edad de 67 años. Este es el romance más conocido y más popular que ha existido en la Alta California en toda su historia.”

sábado, 17 de marzo de 2012

Cuando los jesuitas se fueron


CUANDO LOS JESUITAS SE FUERON

Por Leonardo Reyes Silva
lrsilva@prodigy.net.mxx

Después de 70 años de atender las misiones religiosas que fundaron en la Baja California, entre ellas Loreto, Mulegé, Comondú, La Purísima y San Francisco Javier, los padres jesuitas tuvieron que abandonar la península por orden del rey Carlos III. Fue una disposición tajante contenida en el Decreto del 27 de febrero de 1767, mediante el cual el rey desterraba de sus dominios, incluida la América, a todos los religiosos de la orden de San Ignacio de Loyola, quienes deberían refugiarse en los estados vaticanos, en Europa.

No se sabe bien a bien a que se debió esta decisión del monarca, aunque se cree  fue por intrigas palaciegas, levantando el falso rumor que los jesuitas maquinaban la ruina de la iglesia. Fue así como en el Decreto se asentó que esa determinación se debió “a causas gravísimas, relativas a mantener en subordinación, tranquilidad y justicia a sus vasallos, y en otras urgentes, justas y necesarias que reserva en su Real ánimo…”

Cosa parecida pasó en los primeros años del siglo XIV cuando el papa Clemente V, temeroso del gran poder adquirido por la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, más conocidos como los Caballeros Templarios, envió instrucciones selladas a todas sus guarniciones militares, con la orden terminante de no abrirse hasta el 13 de octubre de 1307. En ellas el papa acusaba a los templarios de ser herejes, de rendir culto al demonio, de burlarse de la cruz y otras acusaciones, las más injustificadas. Ese día tomaron prisioneros a muchos templarios, se les torturó y fueron condenados a ser quemados vivos acusados de herejía. La verdadera intención de Clemente V era quedarse con los tesoros acumulados  por la orden.

Cuando el rey Carlos III de España expidió el Decreto de expulsión, se creía que los jesuitas de California eran dueños de cuatro millones de pesos producto de la explotación de las minas y el buceo de perlas. Además que tenían en su poder diez mil fusiles y pólvora suficiente para repeler cualquier ataque. Fue por eso que al llegar el nuevo gobernador, Gaspar de Portolá a Loreto a mediados del mes de diciembre, para aplicar el Decreto en cuestión, lo primero que hizo fue requisar todos los bienes de las misiones y levantar el inventario de los mismos.

Grande fue su sorpresa cuando se dio cuenta que sólo tenían en depósito siete mil pesos en Loreto, pero nada de fusiles ni la pregonada pólvora. Aún así incautó todo, pues la orden era reunir a todos los misioneros para llevarlos a la ciudad de México y de ahí a España. Pero dadas las distancias entre las que se encontraban los centros religiosos, hubieron de pasar dos meses más para disponer el viaje de los jesuitas.

Los 16 religiosos salieron el día 3 de febrero y desembarcaron en el puerto de Matanchel. De ahí pasaron por Tepic y Guadalajara hasta llegar a Veracruz.  El 8 de julio llegaron al puerto de Cádiz y en el mes de marzo de 1769 se embarcaron en un buque holandés que los llevó al puerto de Ostende. En ese lugar cada uno se dirigió a su lugar de origen.

Es interesante hace notar la presencia de misioneros alemanes en California. En el momento de la expulsión había ocho, entre ellos Lamberto Hostel, Benno Ducrue, Juan Jacobo Baegert, Ignacio Tirsch y Wenceslao Linck. Bien que mal  estos religiosos regresaron a su tierra, no así  los dos mexicanos, Juan José Diez y José Maríano Rothea, quienes permanecieron muchos años lejos de su patria.

48 años después, en 1815, el rey Fernando VII ordenó se abriera una investigación para conocer las verdaderas causas de la expulsión de los jesuitas del imperio español. Se buscó en los archivos del reino pero no se encontraron pruebas de su culpabilidad. Fue así que en el año de 1816, la orden de los jesuitas fue reconocida de nueva cuenta.
Pero ya no pudieron volver a California. Después de su destierro las misiones estuvieron a cargo de los padres franciscanos y a partir de 1773 las atendieron los frailes dominicos. De cualquier manera, el recuerdo de los jesuitas permanece en tanto existan los centros religiosos que ellos construyeron,  que dan fe de toda una hazaña evangelizadora extraordinaria.

Ahí están como testimonios los templos de Loreto, Mulegé, San Ignacio, Santa Gertrudis y San Javier. Otros como el de La Purísima, Los Dolores, La Paz y Todos Santos han desaparecido, pero no así los nombres de los misioneros jesuitas que los fundaron. Ellos ya pertenecen a la historia de Baja California Sur.

domingo, 4 de marzo de 2012

La asonada de Gastón D´Artois


LA ASONADA DE GASTÓN D´ARTOIS

Por Leonardo Reyes Silva
            
El 19 de junio de 1867 es una fecha trascendente en la historia de México. Con el triunfo de las armas republicanas, ese día fueron fusilados en el cerro de Las Campanas, en la ciudad de Querétaro, el emperador Maximiliano de Habsburgo y los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía.

En ese mismo año, pero el 4 de abril, un aventurero norteamericano de nombre Gastón D´Artois, quien se hacía pasar como un oficial de artillería del ejército de occidente, invadió la península de la Baja California por el lado de la población de San José del Cabo y al frente de un reducido grupo de inconformes se declaró en rebeldía contra el gobierno de Antonio Pedrín, en ese entonces jefe político del Territorio.

Pero ¿qué razones tuvo D´Artois para hacerlo? Hablemos un poco de los antecedentes. En 1862, cuando nuestro país se enfrentaba a la invasión francesa, el señor Pedro Magaña Navarrete fue designado jefe político del Territorio por la Asamblea Legislativa local. En 1864 entregó el poder y de nueva cuenta en 1866 se hizo cargo de la jefatura. Sin embargo, el presidente Juárez lo desconoció y nombró en su lugar a don Antonio Pedrín.

Desde luego, esa determinación no fue del agrado de Navarrete, por lo que desde el puerto de Mazatlán fraguó un movimiento sedicioso con el fin de volver a tomar las riendas del gobierno del Territorio. Y para ello echó mano del norteamericano Gastón D´Artois, quien ni tardo ni perezoso aceptó la encomienda.

La asonada se inició en el pueblo de Santiago sometiendo a las autoridades y de ahí se trasladaron a San Antonio y El Triunfo donde sorprendieron a los pobladores y tomaron como rehenes a varias personas importantes de esos lugares. Al día siguiente llegaron a La Paz y atacaron la Casa de Gobierno y el cuartel, pero fueron rechazados y obligados a huir por los rumbos de San Antonio y el rancho de Texcalama.

Dicen las crónicas que perseguido por las fuerzas de gobierno, D´Artois logró escapar por los vericuetos de la sierra, pero unos rancheros le siguieron el rastro y lo encontraron dormido debajo de un palo verde, lo tomaron prisionero y lo condujeron a La Paz. Entre los documentos que se le recogieron encontraron un manifiesto dirigido a los habitantes del Territorio en el que, dentro de otras cosas, declaraba destituido como jefe político a don Antonio Pedrín.

Desde luego este atentado causó indignación entre los habitantes de La Paz quienes pedían un castigo ejemplar para los amotinados, incluso para D´Artois pedían la pena de muerte. Pero el jefe político los consignó a las autoridades centrales y éstos a un tribunal militar para que los juzgara.

En el interín y preocupado por su suerte, D´Artois dirigió varios alegatos al gobierno mexicano tratando de justificar sus acciones, considerándose ciudadano de los Estados Unidos y por lo tanto protegido por las leyes de esa nación. Y como siempre ocurre, dos autoridades de ese país protestaron por la detención de esta persona. W. W. Halleck, mayor general del ejército norteamericano y F. B. Elmer, cónsul en la ciudad de Tijuana, enviaron sendos oficios pidiendo un juicio justo para el prisionero.

No sabemos que tanta influencia tuvieron las intervenciones de estos personajes, pero total, después de muchos dimes y diretes, D´Artois fue puesto en libertad y un año después obtuvo del jefe político Carlos F. Galán, una concesión para establecer un centro de población en las márgenes del río Colorado. Permiso que por cierto le costó un proceso judicial al gobernante por extralimitarse en sus funciones.

Después de ese intento de colonización, de D´Artois no se volvió a saber nada, aunque para la historia de la Baja California fue otro más de los aventureros que como William Walker en 1853 y Juan Napoleón Zerman en 1855, pretendieron buscar su fortuna en tierras californianas, sin darse cuenta que aquí encontrarían una resistencia feroz a sus audaces pretensiones.

Por lo demás, así terminó la tentativa de Pedro Magaña Navarrete de apoderarse del gobierno del Territorio. Refugiado en San Francisco, California, allá quedó para siempre. El último recuerdo de su gobierno en la Baja California es que dejó las arcas de la tesorería vacías.

Lo que sí es oportuno comentar es que mientras en el centro del país se luchaba contra el ejército francés y contra el gobierno imperial de Maximiliano, aquí en el Territorio de la Baja California los grupos políticos andaban a la greña con el dicho de “quítate tú para ponerme yo” sin importarles mucho el destino de nuestro país.

Afortunadamente con el triunfo de las fuerzas liberales encabezadas por el presidente Juárez, las cosas se normalizaron y de nueva cuenta el Territorio volvió por los cauces de la paz y la armonía entre gobernados y gobernantes, haciéndose eco de lo dicho por el vencedor de los franceses: “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

sábado, 18 de febrero de 2012

Guerrero Negro


GUERRERO NEGRO

Por Leonardo Reyes Silva

El nombre de esta población del norte del Estado da mucho de que hablar. Porque ¿de quién fue la idea de ponerle Guerrero Negro a este lugar que tiene apenas 56 años de haberse fundado y que tiene como característica su dependencia de una de las empresas salineras más grandes del mundo?

Dicen las crónicas que en 1954, el norteamericano a cargo de la Compañía Exportadora de Sal recién establecida en ese lugar, reunió a los pocos trabajadores para preguntarles que nombre le pondrían al poblado. Las propuestas fueron tres: Salinitas, Vizcaíno y Guerrero Negro, decidiéndose por esta última aunque, a decir verdad, puede que haya habido cierta influencia del empresario en cuestión.

Y es que todavía muchas personas residentes en el lugar, y no se diga de las extrañas, no se explican bien a bien por que el nombre de Guerrero Negro, tan diferente a la toponimia que distingue a la Baja California. Es por eso que algunos historiadores, entre ellos Miguel Mathes, han investigado el origen de los vocablos, basándose en documentos de muchos años atrás, sobre todo los que se refieren a la cacería de ballenas en las costas de América, por el lado del océano Pacífico.

Allá por 1850, unos barcos balleneros que recorrían los litorales de la península bajacaliforniana, descubrieron los lugares de cría de las ballenas grises y a partir de entonces comenzó una explotación indiscriminada de ese cetáceo. La bahía Sebastián Vizcaíno fue una de las zonas donde cada temporada —de noviembre a marzo— se cazaban miles de ballenas a tal grado que en el período de 1856 a 1869 se sacrificaron cerca de 30 mil de estos animales.

El norteamericano Charles Melville Scammon, en su barco Ocean Bird fue de los capitanes que más tiempo dedicó a esta industria. En 1858 llegó a la bahía de Sebastián Vizcaíno y entró a la Laguna Ojo de Liebre a la que bautizó como Laguna Scammon. Gracias a él y al diario de ese viaje, se conoció el naufragio de la goleta “Black Warrior” que tuvo lugar en ese mismo año.

La goleta había llegado en el mes de noviembre y ancló en uno de los esteros de la laguna en espera de las ballenas, pero en diciembre el capitán Brown decidió cambiarse de sitio, y fue entonces cuando el fuerte oleaje arrastró la nave hacia la orilla de la costa rompiéndole la quilla. Los otros barcos surtos en la laguna acudieron en su auxilio y lograron salvar parte de los barriles de aceite que guardaba en sus bodegas.

Dicen los pescadores de esa zona, que todavía a finales del siglo se podían ver los restos de la malograda goleta Black Warrior. Y hubiera quedado en el olvido si no es que Charles Melville llevado de su espíritu científico, al dar a conocer las rutas migratorias y los hábitos de las ballenas grises, hizo alusión de la Laguna Ojo de Liebre y del fin que había tenido la embarcación.

Desde luego, en 1954, cuando se comenzó a formar el pueblo de Guerrero Negro, sólo los dueños de la empresa salinera conocían de este hecho dado que toda esa información estaba en inglés. De haberlo sabido quien sabe si le hubieran puesto ese nombre, ya que esa goleta y muchos más barcos procedentes de las islas de Hawai y San Francisco casi acabaron con las ballenas grises, en su afán de enriquecerse a costa de su carne, de su aceite y de sus huesos.

Al que sí se recuerda es a Charles Melville por haber bautizado a la laguna como Scammon y también porque es autor de un libro sobre los mamíferos marinos de la costa norte-occidental de América del Norte. Y algo de remordimiento o de falso orgullo debió haber tenido, porque en la historia ballenera de los Estados Unidos es conocido como “Charles Melville, Ojo de Liebre”.

Según fuentes oficiales, el lugar tiene la denominación de Puerto Venustiano Carranza, pero ha imperado el nombre de Guerrero Negro. Y como la costumbre hace ley, así se le conoce en la actualidad aunque, a decir verdad, hubiera sido preferible el primero por aquello de nuestra identidad como mexicanos. 

domingo, 5 de febrero de 2012

Los apuros del general Múgica


Los apuros del general Múgica

por Leonardo Reyes Silva

Cuando al general Francisco J. Múgica lo comisionaron para que se hiciera cargo del gobierno del Distrito Sur de la Baja California, nunca se imaginó la tarea tan ardua que tenía por delante, no sólo por el atraso en el desarrollo económico de la entidad sino también por el olvido ancestral en que se había tenido a esta región de nuestro país.

Y a lo anterior hubo que sumarle el peligro latente que significaba la declaración de guerra contra los países del Eje —Alemania, Italia y Japón— y la probable invasión de las costas californianas por las fuerzas niponas, sin contar la manifiesta oportunidad de los Estados Unidos para, con el pretexto de la defensa de sus costas, penetrar al territorio mexicano para protegerlo de ese supuesto arribo de las fuerzas enemigas.

Pero Múgica sabía como “mascaba la iguana” tratándose de las ambiciones territoriales de los norteamericanos y peor sabiendo que desde siempre habían querido adueñarse de la Baja California. Por eso, en mensajes enviados al presidente Ávila Camacho, le reiteraba la necesidad de construir caminos hacía la costa por los rumbos de Bahía Magdalena, la adecuación de campos de aterrizaje y contingentes militares para hacerle frente a cualquier emergencia.

Pero el peligro no llegó del Japón sino de los Estados Unidos. Sin decir agua va, a finales de 1941, tropas norteamericanas pasaron la línea fronteriza por la ciudad de Tijuana y se posesionaron de puntos estratégicos del norte de la península y llegaron incluso hasta la población de Santa Rosalía. Fue en ese mes de diciembre cuando el general Cárdenas, nombrado comandante de la Región Militar del Pacífico, acompañado del general Múgica, se dio cuenta que a la altura de Bahía Magdalena se encontraba una flota norteamericana.

Gracias a la firme determinación del general Cárdenas y con el apoyo del presidente Ávila Camacho, en el mes de enero del siguiente año las tropas invasoras regresaron a su país. En ese entonces se hacía la pregunta sobre quien había autorizado la entrada de los gringos a nuestro suelo. Por que había peligrado la soberanía de México.

Pero eso no fue todo. Seguía latente la intromisión de los Estados Unidos y fue por eso que tanto Cárdenas como Múgica insistieron ante el presidente Ávila Camacho la urgente orden de evitar a toda costa que las tropas norteamericanas penetraran al país. En el mes de marzo de 1942, cuando el IV Ejército al mando del general Hewitt formado por 20 mil elementos llegaron hasta la frontera con México, el pueblo de Tijuana, apoyado por el ejército mexicano se opusieron a la invasión y con voces iracundas gritaban: ¡No pasarán! ¡No pasarán!

Cuenta la crónica que ante la valerosa decisión de los tijuanenses y la enérgica actitud de los militares mexicanos, el ejército extranjero se vio obligado a regresar a sus bases en la ciudad de San Diego. En sus memorias, el general Heriberto Jara se refirió a este suceso diciendo: “Ya los soldados norteamericanos estaban listos para cruzar la frontera. Cárdenas dio orden de hacer fuego si pasaban. Y así lo comunicó al gobierno de los Estados Unidos que ante tan digna actitud optó por cancelar tan descabelladas disposiciones”.

Este fue el mayor peligro por el que atravesó nuestro país en la Segunda Guerra Mundial. Y aunque las pláticas para llegar a acuerdos sobre la defensa del territorio nacional prosiguieron en buenos términos, lo cierto es que si no hubiera sido por la firme determinación de Cárdenas y las protestas enérgicas de Múgica, a lo mejor los gringos se hubieran salido con la suya.

Múgica demostró en estos inesperados acontecimientos su acendrado patriotismo y la actitud viril de un destacado mexicano. Sobre el particular, en una ocasión, ante un grupo de oficiales de la Región Militar del Pacífico, expresó: “Negociando podremos sobrevivir; pero si no logramos salvarnos por este medio solamente nos quedará un recurso: el de hacernos matar defendiendo nuestra dignidad; sólo así salvaremos a México de la ignominia y las generaciones futuras no maldecirán nuestra memoria…”

Resuelto el grave problema de la incursión de los americanos en tierras de la Baja California, el general Múgica continuó atendiendo los asuntos relacionados con el mejoramiento de las condiciones de vida de los habitantes del Distrito Sur abriendo fuentes de trabajo, la apertura de zonas agrícolas, las campañas contra las enfermedades infecciosas, el impulso a la educación y el deporte, la construcción de caminos y la ampliación de los presupuestos asignados al Distrito por el gobierno central.

Quizás, independientemente de sus esfuerzos para lograr un mejor desarrollo para la entidad, uno de sus mayores méritos fue la firme defensa de la soberanía de esta región del país. Su voz fue escuchada por los altos funcionarios del gobierno, quienes compartieron sus inquietudes y el peligro que representaba la penetración de tropas norteamericanas a territorio nacional. Es por eso de los apuros del general Francisco J. Múgica.

sábado, 21 de enero de 2012

Fue gobernador por decir la verdad


Fue gobernador por decir la verdad

Por Leonardo Reyes Silva

En el año de 1927 llegó el general e ingeniero Amado Aguirre como gobernador del Distrito Sur de la Baja California, designado por el entonces presidente  Plutarco ElÍas Calles. Independientemente de su prestigio como integrante del Congreso Constituyente de 1917 en el que tuvo una participación distinguida, su nombramiento se debió—al menos eso creemos—a una carta que el general envió al presidente Álvaro Obregón en el mes de mayo de 1921.

Reciente su nombramiento como primer magistrado de la nación, a Obregón le interesaba ser reconocido por el gobierno de los Estados Unidos y por eso todo acto a favor de ello merecía su aprobación. Fue por eso que el 18 de marzo de 1921 dio el visto bueno al norteamericano Delbert J. Haff como propietario  de 2 millones 158 mil 427 hectáreas desde la altura de terrenos de la península de la Baja California, dentro de los cuales se hallaba la bahía Magdalena.

GRAL. AMADO AGUIRRE
Hasta  eso que el gringo de marras, agradeciendo el favor que no la legalidad de la concesión, cedió la tercera parte de esos terrenos al gobierno mexicano, además de una franja de 5 kilómetros de protección alrededor de la bahía. Aún así, se quedó con un millón 200 mil hectáreas en una franja desde la altura de Todos Santos hasta el paralelo 28.

Esa enorme extensión de terreno fue el mismo que en 1914 el gobierno de Victoriano Huerta escrituró a Delbert J. Haff y que tres años después, en 1917, Venustiano Carranza declaró nula la concesión. Pero Obregón en un alarde de autoritarismo, resolvió devolverle esos terrenos en una acción a todas luces ilegal.

Fue por eso que Amado Aguirre, en un alarde de honestidad y patriotismo, reclamó al presidente Obregón la autorización que la Secretaría de Agricultura y Fomento hizo a favor del multicitado extranjero. En la carta de referencia, Aguirre explica que esta decisión violaba el artículo 27 de la Constitución, pero además porque un ciudadano norteamericano estaba incapacitado para adquirir tal concesión de acuerdo con las leyes mexicanas vigentes.

Al final de su misiva, el general asentó lo siguiente: “Creo ,pues,en definitiva, que lo que más conviene a los intereses de la nación y al prestigio del gobierno, es que se reconsidere la nueva concesión otorgada a favor de Delbert J. Haff y que, en último caso se le otorgue una compensación pecuniaria a fin de que la Baja California sea verdaderamente recuperada por la Patria.”

Como era de esperarse, la protesta de Amado Aguirre no fue tomada en cuenta por el gobierno, ya que a Obregón le importaba más lograr el reconocimiento de los Estados Unidos y de su presidente Warren C. Harding. Así, tuvieron que pasar 12 años, hasta 1933, para que la administración gubernamental de Abelardo Rodríguez declarara nula la concesión y los terrenos pasaran nuevamente al poder de la nación.

Quizá este reclamo fue uno de los motivos para que en 1927 el general Aguirre fuera designado  gobernador del Distrito Sur de la Baja California por el presidente Plutarco Elías Calles. Dice el general en sus memorias que al recibir el nombramiento el mandatario le dijo: “Desyanque aquel territorio y procure crearle rentas propias, para si es posible exonerar al Erario Federal del subsidio que aporta a aquel Gobierno para su sostenimiento.”

Desde luego, Calles estaba enterado de la concesión hecha a Delbert J. Haff y creía que la península estaba invadida de gringos. No le faltaba razón, ya que había una gran publicidad en los Estados Unidos para que personas de ese país vinieran a colonizar la región de bahía Magdalena. Afortunadamente esa promoción fue un fracaso lo que dio motivo, ya lo dijimos, para que nuestro gobierno declara nula esa concesión.

Respecto a la otra recomendación, el general Aguirre hizo todo lo posible a fin de mejorar las finanzas del Distrito, y a lo mejor lo hubiera logrado si es que no lo sustituyen por el general Agustín Olachea Avilés, quien se hizo cargo de la entidad en 1929. Al menos así lo creía, ya que en sus memorias afirma que “ gracias al manejo honesto de las rentas del territorio y en medio de su pobreza, se iban creando riquezas públicas de tal suerte, que ya había avisado al Gobierno Federal, que para el año siguiente el Territorio se bastaba sólo, y estoy seguro que lo hubiera logrado”.

domingo, 8 de enero de 2012

Los dos Migueles


Los dos Migueles

Por: Leonardo Reyes Silva
lrsilva@prodigy.net.mx

Uno nació en la villa de Adamus, diócesis de Córdoba, España, en 1743. El otro, en la hacienda de Corralejo, Guanajuato, en 1753. Los dos se ordenaron sacerdotes y ambos realizaron un extraordinario trabajo en esa época que les tocó vivir. Pero mientras el primero desarrolló su labor evangélica en la península de la Baja California, el segundo lo hizo en comunidades del centro del país. Los dos, unidos en el tiempo y en el espacio, con las proporciones guardadas, dejaron su huella en la historia de México.
    
Miguel Hidalgo, el principal caudillo de la Revolución de Independencia, era un cura libre y brillante, excéntrico y emprendedor, que realizó una intensa labor en beneficio de sus feligreses. Fue un hombre carismático y con grandes iniciativas. En las parroquias que atendió criaba abejas, tenía talleres de loza y curtiduría de pieles, cultivaba viñedos y, en la de Dolores experimentó el plantío de moreras para la cría de gusanos de seda.

Al mismo tiempo, Hidalgo sostenía ideas muy claras sobre la situación social, económica y política del país. En su círculo de amistades opinaba que el pueblo mexicano anhelaba ser independiente de España para que pudiera gobernarse a sí mismo. Y que era vergonzosa y  humillante su situación que ya duraba más de 300 años.

El otro Hidalgo, fray Miguel, de la orden de los padres dominicos, formó parte del primer grupo de misioneros que llegó a la península en 1772, para hacerse cargo de los establecimientos religiosos en lugar de los padres franciscanos, quienes se trasladaron al norte para fundar misiones en la Alta California.
Por cierto, el arribo de los dominicos a su nuevo destino estuvo marcado por la tragedia. En la travesía del puerto de San Blas a Loreto naufragaron, lo que causó posteriormente la muerte de cuatro de ellos, incluido fray Juan Pedro de Iriarte, que había sido designado presidente y vicario provincial de la Baja California. En su lugar quedó Vicente de Mora quien distribuyó los 26 religiosos que llegaron, en las 13 misiones existentes en ese año de 1772.

Por desgracia, después de nueve años d estar al frente de las misiones, fray Vicente de Mora murió de una hemorragia cerebral, por lo que  Miguel Hidalgo lo sustituyó como vicario general.. En atención a su nuevo cargo, Hidalgo visitó todas las misiones, incluyendo las de Santo Domingo, San Vicente y El Rosario que fueron fundadas durante la presidencia del padre Mora. Además, y esto es demostrativo del celo religioso de Hidalgo y su preocupación por el bienestar de los indios, redactó una serie de 100 reglas para el buen gobierno de los misioneros y las misiones. Algunas de ella fueron:
“Que los niños debían ir al manantial por las mañanas y lavarse manos y cara: no debía haber favoritos al servir la comida y todos deberían recibir una ración igual; la carne de daría a aquellos que tenían un trabajo duro, a los enfermos, a las nodrizas y a las madres que estaban amamantando, a los convalecientes de epidemias y aquellos debilitados por el hambre; los niños no debían trabajar hasta que tuvieran uso de razón , entre los doce y catorce años de edad; al amanecer, los indios debían ir al templo a recitar en su propia lengua la doctrina cristiana, excepto los miércoles, viernes y domingo, cuando debía ser en español”.

Como vicario y como administrador de los negocios del gobierno español, Hidalgo desarrolló una intensa actividad a favor de los hermanos dominicos. Cuidó de su bienestar tanto en lo espiritual como en lo material; atendió sus problemas personales y gestionó las mejoras económicas tanto de ellos mismos como de las misiones.

En un informe que rindió al rey de España en 1786 dio cuenta del estado de las misiones. Y cosa por demás curiosa: nombró las que se estaban atendiendo, entre ellas la de Nuestra Señora del Pilar de La Paz. Quizá fue una equivocación dado que esta misión fue abandonada en 1749 por los jesuitas y nunca más volvió a funcionar.

Es posible que los dos Migueles, cada uno en su campo de acción religiosa, supieron de la existencia de su homónimo. Y aunque al padre Hidalgo y Costilla le costó la vida haber iniciado la independencia de nuestro país, fray Miguel Hidalgo, el dominico, la ofrendó siempre en la salvación de las almas de los grupos aborígenes de la Baja California.