Para descargar la página es necesario seleccionar la imagen, después con el botón auxiliar del ratón despliegue la persiana y seleccione Guardar enlace como… ahí seleccione el lugar donde quiera guardar el archivo.

sábado, 1 de octubre de 2011

El primer millonario de Sudcalifornia


El primer millonario de Sudcalifornia

Por: Leonardo Reyes Silva

Eran los tiempos de la colonización jesuita y las fundaciones de las misiones religiosas a todo lo largo de la península conocida como California. En Loreto, lugar donde se estableció la primera misión y el presidio, el padre Juan María de Salvatierra y después los padres Jaime Bravo, Juan de Ugarte y Clemente Guillén, fueron los organizadores de los centros religiosos algunos tan importantes como San Francisco Javier, Santa Rosalía de Mulegé y San José de Comondú.

Fue también la época, unos ciento cincuenta años atrás, en que navegantes y buscadores de fortuna recorrieron las costas californianas en busca de perlas y yacimientos minerales. Desde Hernán Cortés en 1535 hasta Isidro de Atondo y Antillón en 1683, las ostras perleras constituyeron el principal objetivo de sus expediciones.

Con el paso del tiempo la explotación de este molusco se fue reduciendo y más aún porque los misioneros prohibían la pesca y comercialización de las perlas. Pero a pesar de esto, la ambición de riquezas superó dificultades y anatemas. Y ese fue el caso de Manuel de Ocio, a quien el historiador norteamericano  Harrý Crosby lo llamó “el primer millonario de California”.

Manuel de Ocio, en los años de 1730 a 1740, fue un soldado del presidio de Loreto y estaba bajo las órdenes del comandante Esteban Rodríguez Lorenzo quien, por cierto, se convirtió en su suegro ya que se casó con su hija Rosalía. En esos años estuvo comisionado en varias misiones, entre ellas la de Todos Santos. Aquí tuvo lugar un grave percance debido a la insurrección de los indígenas en el sur de la península, en 1734.

Cuando llegó le llegó la noticia al padre Sigismundo Taraval de la muerte de los padres Lorenzo Carranco y  Nicolás Tamaral de las misiones de Santiago y San  José del Cabo, se negó de pronto a abandonar Todos Santos, a pesar del grave peligro que corría. Y fue entonces cuando Manuel de Ocio y otros dos soldados lo obligaron a huir para salvar su vida.

En 1740, Ocio se encontraba destacamentado en la misión de San Ignacio, apoyando las actividades religiosas del padre Fernando Consag quien fue el que inició la construcción de la iglesia utilizando piedra cantera de la región. Y así hubiera transcurrido su vida, si no es que un suceso fortuito le cambió su suerte.

Resulta que a resultas de un mal tiempo, el mar arrojó en las costas cercanas a la misión una gran cantidad de ostras perleras, mismas que fueron encontradas por los indígenas que merodeaban esas playas. Y como sabían que las perlas eran muy apreciadas por los españoles, llevaron una buena cantidad a los soldados quienes las adquirieron a cambio de baratijas y prendas de vestir. Ocio, con gran visión dedujo que en esos litorales  deberían existir ricos bancos perleros y sin pérdida de tiempo regresó a Loreto donde solicitó su baja de la milicia, para dirigirse a la contracosta—Matanchel—con el fin de proveerse de canoas y mercancías.

Ya de vuelta a la zona de pesca, Ocio comenzó la explotación y el producto le permitió en los años siguientes recaudar hasta once arrobas de hermosas perlas, lo que le permitió excelentes ganancias. Sin embargo, la competencia en la explotación de los placeres y e hecho de que solamente en los meses de verano y otoño se podía bucear en los yacimientos, obligó a Manuel de Ocio a buscar otras alternativas de trabajo.
En 1748, acompañado de vaqueros, soldados jubilados y de indígenas de sonora, Ocio fundó el Real de Santa Ana en el sur de la península. Ahí se dedicó a la extracción y beneficio de la plata. Años después se fundaron también los pueblos mineros de El Triunfo y San Antonio. Dice un descendiente de la rama de los Mendoza que el Real llegó a tener 22 familias trabajando para Ocio y que los operarios de las minas eran cerca de 200 obreros.

De esta forma, Ocio combinó la pesca de las conchas perleras con la explotación de la plata y en menos proporción el oro. Según un reporte a la Caja Real de Guadalajara, Ocio declaró que hasta el año de 1768 se habían logrado obtener 24 mil 642 marcos de plata. Después de ese año, justo cuando los jesuitas fueron expulsados de la península, tres de las minas de Ocio y la hacienda de beneficio del Real de Santa Ana fueron adquiridas por el gobierno virreinal Así terminaron las actividades mineras de este exsoldado del presidio de Loreto.

Dicen las crónicas que Ocio murió asesinado en el pueblo minero que fundó. De su familia, doña Rosalía y sus hijos Antonio y Mariano, se sabe que se fueron a radicar a la ciudad de Guadalajara. Una parte de sus descendientes emigraron a la región norte de la península, como la señora Marina Ocio que vivía en el rancho “Guadalupe de los Ocios” cerca de San Vicente, y la cual afirmaba que era nieta directa de don Manuel.
  
Manuel de Ocio se hizo millonario con las perlas y la plata. Pero a juicio de muchos historiadores, el mayor mérito que no llevó el signo de pesos, fue el haber establecido el primer núcleo poblacional que no estaba bajo la jurisdicción de los jesuitas. El Real de Santa Ana fue por eso el punto de partida para que , con el tiempo, la mayoría de los pueblos misionales dejaran de depender de las autoridades religiosas y se convirtieran en comunidades donde las tierras eran propiedad de sus habitantes.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El triunfo del padre Juan de Ugarte


El triunfo del padre Juan de Ugarte

Por: Leonardo Reyes Silva

La balandra “El triunfo de la cruz” navegaba con viento de fronda rumbo a la costa sonorense. Había salido de Loreto un día antes por la mañana y los tripulantes, con la alegría en sus rostros, ya divisaban el litoral, aprestándose a los preparativos del desembarco. Con ellos iba el sacerdote jesuita Juan de Ugarte quien haría contacto con algunas misiones de la contracosta, a fin de recibir la ayuda para los establecimientos religiosos de California.

No era la primera vez que la embarcación hacía el viaje enfrentando las tranquilas aguas del Mar de Cortés, aunque muchas veces el mar encrespado o la ausencia de viento retardaba la travesía, con la natural preocupación de los marinos y los pasajeros que iban a  bordo. Además, navegar en una balandra que ya tenía cerca de cien recorridos por los puertos principales de las costas de Sonora y Sinaloa, amén de otros a lo largo de la península californiana, no ofrecía ninguna seguridad primero, por su reducida eslora y segundo, por la falta de un adecuado mantenimiento.

En la contracosta hicieron contacto con las padres que atendían las misiones jesuitas de Sinaloa, Ostimuri y Sonora, quienes en un principio les regalaban productos diversos como trigo, maíz, frijol, hortalizas y telas para vestir. Después, cuando la economía se diversificó, los productos se los vendían, dado que las misiones peninsulares recibían el apoyo del Fondo Piadoso de las Californias. Bien de una forma o de otra, el abastecimiento ayudó en mucho a la permanencia de las misiones californianas.

De regreso a Loreto después de varias semanas de ausencia, “El Triunfo de la Cruz” era recibido con júbilo, y de inmediato se tomaban las medidas para distribuir las provisiones a las misiones más alejadas—y más necesitadas--, como La Purísima Concepción de Cadegomó, San José de Comondú, Santa Rosalía de Mulegé, San Francisco Javier Viggé Viaundó  y de Nuestra Señora de los Dolores Chillá. Sobre este acontecimiento, una crónica dice:
Una mañana de junio de 1732, los habitantes de Loreto, capital de las Californias, se despertaron con el tañer de las campanas de la iglesia. El padre Jaime Bravo, ministro residente de la misión de Nuestra Señora de Loreto, Conchó, mandó que resonaran éstas ante la llegada de la balandra “El Triunfo de la Cruz”. La embarcación venía de San Blas, puerto de la otra banda y traía víveres, haberes para la tropa, bastimentos para las demás misiones, ropa, objetos para las iglesias, correspondencia, libros, algunos animales como caballos y burros, así como otras cosas de utilidad…”

Y es que desde la fundación de la misión de Loreto en 1697, la principal preocupación del padre Juan María de Salvatierra fue proveer de lo necesario a las misiones que se iban estableciendo, aunque eso lo obligó a solicitar la ayuda de las misiones de Sonora y Sinaloa. Para su buena suerte allá se encontraba el padre Eusebio Francisco Kino quien le dio toda el auxilio posible. Aún así, hubo épocas difíciles por la falta de provisiones, tanto, que llegaron a pensar en abandonar su misión evangélica en la península.

Los jesuitas contaban con dos embarcaciones pequeñas llamadas San Javier y El Rosario con las que se comunicaban con Sonora a través del puerto de Guaymas. Pero con el tiempo se deterioraron a tal grado que realmente era un peligro navegar en ellas.  Los padres Ugarte y Píccolo que hacían las travesías, seguramente en cada una de ellas, al iniciarla, se confesaban y dejaban escrito su testamento. Fue por eso que atendiendo la sugerencia de contar con un barco más grande y más seguro, y contando con el apoyo del padre Jaime Bravo en ese entonces `procurador de las misiones, el padre Ugarte se dio a la tarea de construir una balandra utilizando la madera de la región.

En efecto, en 1719, con carpinteros de la contracosta y ayudado por los neófitos de la región, derribaron árboles conocidos como “Guérivos” en las cañadas cercanas a la misión de Mulegé, los convirtieron en tablas y vigas y después, por medio de carretas tiradas por bueyes y mulas, los llevaron a la playa donde comenzaron a construir la embarcación. Nos imaginamos las dificultades por las que atravesó el P. Ugarte, sobre todo para alimentar a las personas que lo ayudaron y al mismo tiempo conseguir los otros materiales que necesitaría la balandra.

Pero al fin sus esfuerzos dieron resultado. El día 14 de noviembre de 1719, “El Triunfo de la Cruz” fue botado al agua y según las opiniones de los que estuvieron presentes “era el buque más bello, más fuerte y más bien hecho de cuantos hasta entonces se habían visto en el Golfo de California” Y era verdad, pues esa balandra aportó innumerables servicios a los misioneros en sus 120 viajes que realizó durante  25 años.

¿Y que destino tuvo esa balandra a raíz de que los jesuitas fueron expulsados de la península, en 1768? En el inventario que se levantó de las propiedades de la misión de Loreto, solamente aparecen dos embarcaciones: una canoa “San Solano” en buen estado, y una lancha conocida como “San Miguel” de nueve metros de larga por dos y medio de ancho. Pero de “El Triunfo de la Cruz” ningún indicio.

Es probable que después de prestar sus servicios durante 25 años—hasta 1744—la embarcación, con los naturales deterioros, haya quedado inutilizada para el servicio, por lo que los misioneros en esos años consiguieron otras en mejor estado. En efecto, en 1759, con autorización del Real Erario, se construyó un barco en Loreto bajo la dirección del P. Lucas Ventura, y posteriormente contaron con otro más, lo que solucionó la falta de comunicación con otros lugares.

Pero queda en la historia de la Baja California el primer barco que se construyó en esta tierra y el cual por muchos motivos fue, de hecho, el triunfo del padre Juan de Ugarte.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Un pinole muy original


Un pinole muy original

Por: Leonardo Reyes Silva
Los primeros navegantes que llegaron a la península de California dan cuenta de las costumbres de los grupos indígenas, de su vestimenta y los alimentos que consumían. Los que vivían cercanos a las costas eran diestros en la pesca y aprovechaban toda clase de mariscos como las jaibas, los camarones y las langostas; también moluscos como las almejas, los caracoles y los abulones. Desde luego eran afectos a la carne de caguama y la de una que otra ave marina.

Pero los que vivían en el interior, sin tener acceso a las costas, basaban su alimentación en lo que producían las plantas del campo y de los animales salvajes. En una región desértica como era la de California, los indígenas conocían los arbustos  que podían comerse, y en sus largos recorridos por los llanos y los montes seleccionaban los frutos, los tallos y las raíces que pudieran nutrirlos.

Complementaban su alimentación con la carne de pequeños animales como la liebre, el conejo,  las ardillas, las ratas, las culebras y las lagartijas. Cuando cazaban un venado era día de fiesta. Tampoco le hacían el feo a los gusanos que asados eran una delicia para el paladar de los indios. Y cuando el hambre apretaba incluían en su dieta arañas, chapulines, grillos y larvas de hormigas.

Los indígenas californios dependían totalmente de la naturaleza y es por eso que aprendieron a respetarla. Sin pretenderlo, fueron los primeros ecologistas de la península. Y por eso conocían los ciclos de reproducción de las plantas y los animales para, en su  momento, poder aprovecharlos al máximo. Sabían, por los cientos o miles de años de permanencia en ella, que sólo respetando su medio ambiente podrían sobrevivir.

En la temporada cuando el campo reverdecía y las plantas comenzaban  a madurar sus frutos, se iniciaba la recolección de éstos con la participación de toda la tribu. Sobre todo buscaban los frutos de la pitahaya, del ciruelo silvestre, del zalate y del mezcal. Y de las raíces preferían la de la yuca y la jícama, además de algunas semillas de los árboles de palo blanco, palo verde, palo chino, el cardón y la biznaga.

Cuentan las crónicas de esa época, que esa temporada era conocida como Meyibó, la mejor del año que era cuando cosechaban las pitahayas dulces. Y la siguiente, conocida como Ammadí-appí, en la que lo hacían con la pitahaya agria. Y como los indios vivían como quien dice al día, no se movían de un lugar hasta que no se acababan los frutos. Comían hasta hartarse como pensando “por ni no te vuelvo a ver”

Cuando llegaron los misioneros jesuitas y conocieron sus formas de vida, sobre todo de las costumbres para alimentarse, procuraron conocer el valor nutritivo y desde luego el sabor—de esas frutos y raíces, intención en la que colaboraron los indios, ya que de continuo eran los regalos que éstos les ofrecían a los religiosos. Algunos ya los conocían como las pitahayas y la yuca, pero otros como las ciruelas silvestres y algunas semillas les eran desconocidas.

Y esa curiosidad por enterarse de la alimentación indígena dio pauta para una anécdota que el propio protagonista la confirmó: En una ocasión, el padre Francisco María Píccolo—llegó a California en 1697, después de una extraordinaria labor en la sierra tarahumara—visitó a unas familias de indígenas cochimíes en el momento en que distribuían su exigua pitanza. Cuando lo vieron llegar de inmediato le ofrecieron un cuenco lleno de atole, mismo que disfrutó a la par que lo hacían sus comensales. Eso sí, le notó un olorcillo que no pudo identificar.

Cuando se lo terminó preguntó de que estaba hecha le bebida, por lo que una de las mujeres le explicó que la hacían de pinole, producto de las semillas trituradas de las pitahayas, a la par que le mostraba una batea rebosante de ese preparado.  Pensamos que debió haberle gustado y que llevó un poco para la misión de Santa Rosalía de Mulegé, lugar donde estaba asignado. En el camino de regreso debió haber pensado: ¡Qué ingeniosos son estos indios!

No se sabe si repartió el pinole a sus neófitos, o  lo guardó para su consumo particular. Ni tampoco si llevado del buen sabor del atole, volvió a visitar a las familias en busca de ese apetitoso alimento. Y así hubieran quedado las cosas, si no es que otro misionero diera a conocer el origen del mentado pinole.

Resulta que los indígenas previendo la época del año en que se les dificultaba encontrar sustento en la naturaleza, procuraban guardar los frutos y las carnes de diferentes formas. Pero aún así, cuando la hambruna hacía presa de ellos, era entonces cuando tenían que recurrir a los últimos extremos de la sobrevivencia. Y era entonces cuando aprovechaban las semillas de las pitahayas.

El procedimiento era sencillo: Pasados algunos meses, regresaban a los lugares donde se habían alimentado con estas frutas y donde también habían hecho sus necesidades fisiológicas. Con unos varejones golpeaban los excrementos para ese entonces ya resecos, hasta separar las semillas. Con cuidado las recogían y las ponían a tatemar para después convertirlas en pinole utilizando sus metates. Y ya sea comiéndolo en seco o en atole les servía para “irla pasando”.

Cuando llegó a oídos del padre Píccolo el origen del atole que tanto le gustó, comprendió a que se debía el olor que  desprendía el pinole. Y resignado, lo único que acertó a decir fue: ¡Siquiera las hubieran lavado!, refiriéndose a las semillas. Aún así, siguió compartiendo las vicisitudes de los indios hasta 1729, fecha en que murió en la misión de Loreto, Conchó, a la edad de 79 años.

sábado, 20 de agosto de 2011

El capitán Rivera y Moncada


El capitán Rivera y Moncada

Por: Leonardo Reyes Silva

Durante la conquista espiritual de California en los siglos XVII y XVIII, los misioneros jesuitas, franciscanos y dominicos siempre se hicieron acompañar de contingentes militares que si bien estaban sujetos a la autoridad de los religiosos, también tenían instrucciones de apoyar  la catequización de los indígenas y, en caso de ser necesario, imponer el orden y la disciplina.

Así, cuando el padre jesuita Juan María de Salvatierra estableció la misión de Nuestra Señora de Loreto, en 1697, lo hizo acompañado de don Luis de Torres Tortolero, alférez y primer capitán del presidio que se iba a erigir, y de don Esteban Rodríguez Lorenzo quien pasados los años se haría cargo también de ese establecimiento militar.

Fue en el año de 1751 cuando a la muerte del capitán Bernardo Rodríguez—había sustituido a su padre don Esteban—y a solicitud de los misioneros, el capitán Fernando Javier de Rivera y Moncada ocupó el puesto de Comandante de California el cual ejerció “por más de dieciséis años con tanto acierto, prudencia, edificación, desinterés y aceptación común, que desempeñó abundantemente la esperanza que de su persona habían concebido los padres…”

En 1767, con motivo de llevar a cabo la expulsión de los jesuitas, llegó a California don Gaspar de Portolá en su carácter de gobernador. Una de sus primeras acciones fue destituir de su cargo a Rivera y Moncada, aunque poco después se le nombró capitán del presidio de Loreto. Como tal le tocó colaborar con los misioneros franciscanos quienes se habían hecho cargo de los establecimientos religiosos en la península.

Cuando el visitador José de Gálvez dispuso la ocupación de la Alta California con el fin de fundar nuevas misiones y fuertes, la orden de los franciscanos fue la autorizada para llevar a cabo tal encomienda. Y así, en el año de 1769, en el mes de marzo, el primer grupo de soldados de “cuera”, indios cristianos y el fraile Juan Crespí, bajo el mando de Rivera y Moncada, hicieron rumbo al puerto de San Diego adonde llegaron a mediados del mes de mayo. Después llegó también otro grupo en el que iba Fray Junípero Serra y el gobernador Gaspar de Portolá.

El establecimiento de las primeras misiones en la Alta California tuvo diversos grados de dificultad, sobre todo por la falta de víveres tanto, que fue necesario que Rivera y Moncada regresara a la península para proveerse de ellos. A su regreso llevó consigo varios cientos de reses que aliviaron de alguna forma los sufrimientos de los colonos. Las crónicas refieren que para mitigar el hambre, los soldados mataban osos que abundaban en esas regiones.

Cuando se establecieron las misiones de San Diego y San Carlos Borromeo y el fuerte de Monterrey, Rivera y Moncada fue designado Comandante de éste último, pero por razones de mando y administración siempre tuvo dificultades con el comandante Pedro Fagés y también con fray Junípero Serra. Fueron tan serios los problemas que obligaron a Moncada a solicitar su baja del ejército.

Se encontraba radicando en la ciudad de Guadalajara cuando de nueva cuenta en 1774 se incorporó al servicio militar, para ser designado como gobernador de la Alta California, en sustitución del capitán Fagés. Atendiendo  las instrucciones recibidas del virrey  continuó con las exploraciones hacia el norte, hasta lo que hoy es la ciudad de San Francisco, lugar donde se estableció un presidio.

En ese mismo año de 1774, el capitán Juan Bautista de Anza, jefe del presidio de Tubac, en los límites de Sonora y Arizona, inició la exploración para encontrar el camino que lo llevara al presidio de Monterrey, atravesando la región desconocida de los ríos Gila y Colorado. Después de una penosa travesía y con la ayuda del cacique yuma Salvador Palma, logró llegar a su destino después de recorrer cerca de 1200 kilómetros.

Por segunda ocasión y contando con el visto bueno del virrey don Antonio de Bucareli y Urzúa, organizó una segunda expedición a fin de confirmar la ruta hacia la Alta California. A finales de 1774 cruzó la Sierra Nevada y llegó a la misión de San Gabriel y después a la de Monterrey.

La referencia es obligada pues es la ruta que siguió Rivera y Moncada en 1781 con el fin de fundar los Ángeles con inmigrantes sonorenses. Y por que en ese recorrido perdió la vida a manos de los indígenas yumas y junto con él los padres Garcés y Díaz que habían acompañado en anteriores ocasiones a Juan Bautista de Anza.

Triste fin el del capitán Fernando Javier Rivera y Moncada, un hombre que acompañó a los padres jesuitas en la noble tarea de fundar misiones y atender a sus feligreses. Y que participó activamente en la colonización de la Alta California no obstante sus dificultades con las autoridades del gobierno virreinal y los misioneros franciscanos.

sábado, 6 de agosto de 2011

Las enaguas salvadoras


Las enaguas salvadoras

Por: Leonardo Reyes Silva

Cuando en 1773, la orden de los Dominicos llegó a California para hacerse cargo de las misiones religiosas que abandonaron los frailes franciscanos, quienes se trasladaron a la Alta California a fin de realizar su tarea evangelizadora, no tuvo otro campo de acción—aparte de atender las misiones ya establecidas-- que la parte norte de la península, región en la que fundaron 9 misiones, entre ellas Santo Tomás de Aquino, Nuestra Señora del Rosario de Viñadaco y la última Nuestra Señora de Guadalupe del Norte, en 1834.

De todos los padres dominicos que estuvieron en California, los que más sobresalieron fueron Vicente Mora, Miguel Hidalgo, Luis de Sales, Félix Caballero y Gabriel González, este último por su destacada participación en la vida política de la Baja California. Aquí nos vamos a referir en particular al padre Caballero, fundador de la misión de Nuestra Señora de Guadalupe del Norte.

El padre Félix Caballero fue uno de los hombres más activos, no solo en el aspecto religioso sino también en los asuntos que competían a la administración de las misiones y, con especial dedicación, a los que le redituaban ganancias económicas personales. Cuando por seguridad tuvo que trasladarse a la misión de San Ignacio, su representante en su anterior misión le mandó todo el ganado de su propiedad que sumaban varios cientos de cabezas.

Pero, ¿por qué su cambio a otra misión cuando se suponía que la de Nuestra Señora de Guadalupe era la mejor de todas las establecidas por los dominicos? El motivo tuvo que ver con las insurrecciones de los indios, y en especial de un capitancillo llamado Jatñil del grupo de los Kumiai.

Jatñil siempre había sido un colaborador de las autoridades destacamentadas en La Frontera, e incluso los había ayudado a vencer a otras tribus que tenían intenciones de apoderarse de las misiones y destruirlas. Junto con el alférez Macedonio González—una leyenda en esa región—combatió contra los indios pa-ipai, cucapá y kiliwas. Tenía a su disposición mil guerreros que lo obedecían en cualquier situación.

En 1840, en una acción inesperada,  Jatñil y un grupo de sus seguidores llegó a la misión de Guadalupe en busca del padre Caballero para matarlo. Como ya lo conocían no desconfiaron de ellos, lo que aprovecharon para matar al cabo Orantes y a dos indios catecúmenos que estaban de visita, al mismo tiempo que preguntaban por el padre.

A esa hora, la cocinera María Gracia preparaba el almuerzo para el misionero cuando escuchó el alboroto de los indios. Se asomó por la ventana y vio los cuerpos de las tres personas asesinadas y escuchó los gritos de Jatñil buscando al padre Caballero. Éste, que también se dio cuenta de lo que sucedía, junto con María Gracia se dirigieron a la iglesia con el  fin de esconderse detrás del altar, pero  no considerándolo seguro, subieron hasta el coro donde había mayor posibilidad de que no los descubrieran.

Y en efecto, los indios llegaron a la iglesia y comenzaron a buscar entre gritos de amenaza. Y fue entonces cuando el padre, lleno de temor, le suplicó a la cocinera que lo escondiera debajo de sus enaguas, prometiéndole que si se salvaban le iba a dar una generosa recompensa. Como pudo, la mujer se sentó encima del padre y lo cubrió con su ropa, no sin pensar que si Jatñil los descubría no vacilaría en quitarles la vida.

A poco llegó el capitancillo y al ver sentada a María Gracia le preguntó por el padre Caballero. Con el temor reflejado en su rostro, le contestó que no lo había visto, rogándole que no le hiciera daño. Jatñil le creyó y rápido se retiró para seguir buscando en otro lado. Así, con esa estratagema, el sacerdote se libró de una muerte segura.
Tiempo después, cuando le preguntaron a Jatñil por que pretendía quitarle la vida al padre, respondió: “Le tenía mucho coraje porque comenzó a llevarse a los  hombres y mujeres de mi tribu y con el engaño de bautizarlos los hacía trabajar para su  beneficio. Y también porque los castigaba y no los dejaba salir de la misión para visitar a sus familiares”.

Fue tal el susto del padre que de inmediato pidió su traslado a otra misión, y más aún conociendo el carácter vengativo de los indígenas. Pero de nada le valieron sus precauciones, dado que al poco tiempo de estar encargado de la misión de San Ignacio murió de repente, después de haber ingerido una taza de chocolate. En ese entonces corrió la versión de que había sido envenenado. De sus bienes nadie supo con quien quedaron.

Como no se supo que fin tuvo la india María Gracia, la mujer que con sus enaguas le salvó la vida al padre Félix Caballero.

sábado, 23 de julio de 2011

Bárbara, de la misión de Santo Tomás


Bárbara, de la misión de Santo Tomás

Por: Leonardo Reyes Silva

La misión de Santo Tomás de Aquino fue fundada en el año de 1791 por el fraile dominico José Loriente y el último que la atendió fue fray Tomás Mancilla, un sacerdote de trato fino y gentil. Esta misión fue abandonada en 1849 ante la falta de población indígena, diezmada por las enfermedades y epidemias.

La permanencia de la orden de los Dominicos en la península bajacaliforniana ha sido objeto de muchas críticas, sobre todo por el maltrato que le dieron a los naturales y la vida no muy decorosa de algunos misioneros. El hecho de bautizarlos a la fuerza y de tenerlos cautivos en las misiones sujetos a trabajos obligatorios, además de los castigos corporales cuando cometían alguna falta, generó muchos resentimientos entre las tribus y dio pauta para acciones delictivas como fue el caso de la joven Bárbara Gandiaga y sus cómplices Lázaro y Alejandro.

Bárbara, de unos 17 años, era una muchacha muy bien parecida, muy puntual en la iglesia a la hora de la misa. Vivía en la misión junto con otras mujeres, en un galerón que por las noches el padre Eudaldo Surroca cerraba con llave. Como el local estaba contiguo a la celda del misionero, en muchas ocasiones la invitaba para que lo acompañara con el pretexto de enseñarla a cantar.

Y como suele suceder, en una de tantas fray Eudaldo abusó de ella y como premio la convirtió en su cocinera particular. Dice Manuel Clemente Rojo en sus apuntes históricos de la frontera de la Baja California, “que el sacerdote ya era un hombre viejo, incapaz de repetir los amores de la juventud, por lo que Bárbara temblaba en su presencia, además que lo tenía aborrecido por mantenerla encerrada en la cocina, sin permitirle comunicarse ni con sus familiares”.

En la mañana del 17 de mayo de 1803, un soldado encontró muerto al padre quien estaba “con las manos cruzadas, boca abajo y golpeado contra la pared…” La autoridad representada por el teniente José Manuel Ruiz, en ese entonces Comandante de la Frontera, descubrió que lo habían asesinado y debido a ello se iniciaron las averiguaciones.
No pasó mucho tiempo para descubrir a los culpables que fueron apresados de inmediato y conducidos a la misión de San Vicente donde se inició el proceso, cuyos testimonios fueron enviados al gobernador José Joaquín de Arrillaga quien residía en Loreto. Éste envió el expediente de las declaraciones a la ciudad de México para que de allá viniera la sentencia. Después de dos años de trámites, el Virrey Iturrigaray condenó a los tres culpables a la máxima pena. porque según él “ sólo la pena de muerte…es la que puede refrenar y servir de escarmiento al furor de sus compañeros…la que pondrá a cubierto a los demás ministros del altar, sucesores del padre Surroca…”

En el transcurso de la investigación se descubrió que Bárbara Gandiaga no era una blanca palomita. Como maestra de castellano en la misión, tenía gran influencia entre los neófitos y la trataban con mucho temor. Cuando comprometió a Alejandro de la Cruz y Lázaro Rosales a cometer el homicidio, los convenció diciéndoles: “Vosotros no sois hombres, no sabéis nada. Yo si sé mucho, este padre no sirve. Es menester matarlo para que venga otro padre que me lleve a vivir como antes” También las autoridades sospecharon que ella había estado implicada en la muerte del padre Miguel López, quien había estado antes en la misión de Santo Tomás, aunque no lo pudieron comprobar.

Relata Rojo en sus Apuntes que este escarmiento sirvió para hacer más sumisas y obedientes a las mujeres que vivían en las misiones, y que se prestaban a todo lo que los frailes les exigieran, aunque tuvieran que contrariar sus más antiguas y veneradas costumbres y hasta las leyes del sentimiento y de la naturaleza.

sábado, 9 de julio de 2011

La venganza que mató un sueño


La venganza que mató un sueño

Por: Leonardo Reyes Silva

Su principal objetivo al desarrollar la industria del cultivo de las ostras perleras era beneficiar al pueblo de la Baja California. Y lo hubiera logrado, por que su empresa dedicada a la ostricultura en la isla de Espíritu Santo era todo un éxito ya que producía 10 millones de conchas y entre 200 y 500 perlas de buen oriente.

Eran los años previos de la Revolución Mexicana. Aquí, en el Distrito Sur de la Baja California gobernaba el general Agustín Sanginés y el presidente municipal era el señor Gastón J. Vives, éste último dueño de la “Compañía Criadora de Concha y Perla de Baja California”. Quizá los movimientos revolucionarios no habrían afectado los negocios de don Gastón, pero un  incidente personal dio al traste con sus buenas intenciones.

En su carácter de autoridad oficial, el señor Vives sorteó diversos conflictos pero ninguno como el que tuvo con el señor Miguel L. Cornejo, quien en esos años también se dedicaba al negocio de las perlas. Pero mientras el primero era de filiación porfirista, el segundo era un opositor declarado que tenía relaciones con los grupos inconformes del gobierno dictatorial del presidente Porfirio Díaz.

Así las cosas, un día de marzo del año de 1895, al encontrarse estos dos personajes paseando en el jardín Velasco, hubo un cambio de palabras altisonantes y la acción, un tanto sorpresiva de Cornejo, de propinarle una bofetada a Vives, con tal fuerza que lo derribó y ya caído continuó con los golpes. Gracias al auxilio de varias personas lograron separarlos, no sin antes el presidente municipal hiciera un disparo para alertar a la policía.

Cuando fue detenido, Cornejo declaró que le pegó cuando vio que Vives trataba de sacar la pistola y que actuó en defensa propia. Sin embargo, las investigaciones demostraron que Cornejo había obrado con alevosía y ventaja, y por ello fue sentenciado a seis meses de prisión por el delito de lesiones. Meses después consiguió su libertad bajo caución, con una fianza de dos mil pesos.

Con esa rivalidad pasaron los años. Vives atendiendo su empresa perlera y Cornejo dedicado al comercio y la pesca y participando en actividades políticas. En 1911 formó parte del Club Democrático Sudcaliforniano, junto con Félix Ortega, Luis Gibert y otros destacados ciudadanos paceños. También fue suplente de Antonio Canalizo que fue electo diputado federal.

En el mes de noviembre de 1911, con el triunfo de las fuerzas revolucionarias de Francisco I: Madero, el general Sanginés entregó el gobierno al señor Santiago Diez y dos años después, con la traición del general Victoriano Huerta, quien ordenó la muerte del señor Madero y del vicepresidente Pino Suárez,  de nueva cuenta designaron otro gobernante en la persona del doctor Federico Cota.

Y mientras tanto Miguel L. Cornejo estaba a la expectativa de los acontecimientos políticos. Cuando las fuerzas constitucionalistas derrocaron a Huerta en 1913, él formaba parte del grupo opositor y fue así como en 1914, al frente de un numeroso contingente y con el grado de coronel llegó a La Paz, no sin antes detenerse en la isla Espíritu Santo con  el fin de destruir las instalaciones de la compañía perlera de Vives y saquear los fondos marinos donde estaban las ostras cultivadas. Ya en La Paz, se apoderaron de los edificios de la empresa, de los productos almacenados en las bodegas—conchas y perlas listas para la exportación—y destruyeron la documentación de la compañía.

La justificación fue que Vives era partidario del gobierno usurpador y fue por ello la incautación de sus bienes. Pero lo cierto es que todo se debió a una venganza personal, y que Cornejo sin medir las consecuencias de sus actos, dio al traste con una empresa que estaba logrando el bienestar económico de los habitantes de la ciudad de La Paz y sus alrededores.

Fue una destrucción total de los activos de la compañía. Entre las instalaciones en la isla, los paninos perleros, las propiedades y las perlas listas para su comercialización, la pérdida se estimó en un millón y medio de pesos de ese entonces.

Desde luego, esta historia no tuvo un final feliz. Don Gastón J. Vives, después de varios años en que se refugió en los Estados Unidos por temor a perder su vida, regresó a la ciudad de La Paz y  luchó incansablemente por rehacer su compañía, pero ni el gobierno, ni los empresarios ni los mismos paceños mostraron interés alguno.
Hoy se recuerda a don Gastón a través de la familia que aún vive. Y por la publicación de un libro de la historiadora Micheline Cariño Olvera que lleva por título “El porvenir de la Baja California está en sus mares. Vida y legado de don Gastón J. Vives, el primer maricultor de América”.

Tiene razón Micheline cuando dice que las autoridades estatales deben honrar la memoria de este extraordinario sudcaliforniano. ¿Hasta cuándo—pregunta--, le rendirá homenaje como probo funcionario y como primer maricultor de América?

Don Gastón J. Vives murió en 1939. Con él murieron todas las ostras perleras de Baja California Sur.