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sábado, 2 de febrero de 2013

Los diputados constituyentes de ayer


Por: Leonardo Reyes Silva

No, no hacemos referencia a los diputados que integraron el congreso constituyente de 1975 y que dieron forma a la Constitución Política del Estado de Baja California Sur. Hace 153 años aquí en La Paz, seis diputados integrados en una asamblea legislativa dieron origen a un Estatuto Orgánico del Territorio de la Baja California la que, por su contenido, era semejante a una constitución abreviada.

En 1860, debido a las difíciles condiciones políticas en que se encontraba el gobierno de la república a causa del desconocimiento de la Constitución de 1857, y la lucha entre liberales y conservadores en la llamada Guerra de Reforma, la diputación territorial expidió un manifiesto que en entre otras cosas decía:
“El territorio de la Baja California es parte integrante de la Nación Mexicana. Acata y defiende la Constitución General de 1857, como la única ley fundamental de la República. Mientras dure la guerra civil, se gobernará el Territorio con total independencia del resto de la República, hasta que restablecido el orden legal, se sujete de nuevo a lo que disponga el Soberano Congreso de la Unión”.

Los diputados Manuel Márquez (de León), Félix Gibert, José María Gómez, Juan de Dios Angulo, Tranquilino Villasana y Manuel Salvador Villarino elaboraron la Ley Orgánica Fundamental, misma que fue promulgada el 14 de febrero de 1860 por el entonces jefe político Ramón Navarro. La Ley estaba integrada por 50 artículos y un transitorio y en ellos se disponían aspectos como los siguientes:
Art. 2o.- El gobierno del territorio se divide en Legislativo, Ejecutivo y Judicial. Nunca podrán reunirse dos o más poderes en una persona o corporación, ni depositarse en un individuo.
Art. 3º.- El ejercicio del Poder Legislativo de la Baja California se deposita en una asamblea que se denominará Asamblea Legislativa.
Art. 22º.- Se deposita el ejercicio del Poder Ejecutivo en un solo individuo que se denominará “Gobernador del Territorio de la Baja California”
Art. 23º.- La elección de gobernador se hará por la Asamblea cada dos años…
Art. 25º.- El gobernador entrará en funciones el día 1º de enero inmediato a su elección y durará en su encargo dos años.
Art. 36º.- El Poder Judicial del territorio estará a cargo de un Tribunal Superior de Justicia y de los juzgados de Primera Instancia que fueren necesarios.

Con las facultades otorgadas en la Ley Orgánica, la asamblea legislativa nombró a varios gobernadores, entre ellos a Teodoro Riveroll, Pedro Magaña Navarrete y Félix Gibert. Y una de sus últimas decisiones fue designar, en 1868, a José María Castro, aunque de hecho no tomó posesión dado que el gobierno central en ese mismo año había desconocido tanto a la asamblea legislativa como el Estatuto Orgánico.

En los considerandos para que el Congreso General declarara sin vigencia la Ley Orgánica de la Baja California de 1860 se decía que: “… es una verdadera anomalía que en la Baja California haya una Asamblea Legislativa, con la circunstancia agravante de estar regida por un Estatuto Orgánico… Si un territorio ha de tener sus poderes locales Legislativo, Ejecutivo y Judicial, independientes y soberanos, no se comprende en que puede distinguirse ya de los estados de la federación…Todo esto como se ve es inadmisible.

Por esos motivos, se expidió un proyecto de ley en el que se declaraba que no estaba vigente el Estatuto Orgánico de la Baja California, expedido el 12 de febrero de 1860. Y se autorizaba al Ejecutivo para expedir un nuevo Estatuto Orgánico de dicho territorio.

En 1872 el gobierno central presentó un proyecto de Estatuto Orgánico de la Baja California, iniciativa que nunca fue aprobada y así nuestro pueblo, que tanto había luchado por gobernarse a sí mismo, tuvo que resignarse a depender de las decisiones políticas de los presidentes en turno, decisiones las más de las veces arbitrarias e injustas para las aspiraciones de los bajacalifornianos.

Pero queda la añoranza de los diputados de ese entonces, de la asamblea legislativa y los acuerdos que tomaron para lograr el desarrollo de la entidad. Fueron tan solo ocho años en que Baja California pudo disfrutar de un clima de libertad y democracia. Fue una época marcada por dos guerras, la de Reforma y la Intervención Francesa. Y por conflictos internos que no lograron romper los vínculos con el gobierno de la república.

Habrían de pasar muchos años para que de nueva cuenta nuestra entidad pudiera elegir libremente a sus representantes populares, entre ellos al gobernador, a los diputados locales y a los senadores. Fue cuando en 1974, el territorio se convirtió en el Estado libre y soberano de Baja California Sur.

domingo, 20 de enero de 2013

Una lamentable equivocación


Por: Leonardo Reyes Silva

Cuando el licenciado Adolfo de la Huerta, presidente interino de nuestro país en 1920, autorizó la realización de un plebiscito para seleccionar al nuevo gobernador del Distrito Sur de la Baja California, no se pudo imaginar el sesgo político que andando el tiempo cometería la persona electa en ese entonces.

Agustín Arriola Martínez ganó los comicios con amplia ventaja. Le favoreció mucho haber sido con anterioridad integrante del ayuntamiento de La Paz y presidente del mismo. Apoyado por sus antiguos amigos y colaboradores, entre ellos Filemón C. Piñeda, Antonio F. Delgado, Cuauhtémoc Hidalgo, Alejandro de la Toba, quienes formaron parte de su equipo de gobierno.

Mientras allá en la ciudad de México, como resultado de las elecciones para elegir al presidente de nuestro país, tomaba posesión el general Álvaro Obregón el 1º de diciembre de 1920. Uno de sus primeras acciones fue nombrar a Adolfo de la Huerta como Ministro de Hacienda.

El hecho de que hubiera sido De la Huerta el que consigió el acceso a la gubernatura de Arriola, permitió a éste fijar un compromiso con las autoridades centrales, no solamente en los apoyos económicos recibidos sino también en el aspecto político. Después de la toma de posesión de Obregón de seguro las cosas siguieron igual, aunque con las limitaciones propias en cuanto a la ayuda recibida.

Lo cierto es que los cuatro años de gobierno de Arriola se distinguieron por la atención que puso en el desarrollo de la agricultura, en la dotación de tierras a los campesinos, la construcción de caminos y su preocupación por elevar el nivel educativo de los niños y los jóvenes.

Pero en su carácter de territorio la dependencia económica era total. Fue por eso que en 1923 las participaciones federales disminuyeron drásticamente debido a la rebelión armada encabezada por Adolfo de la Huerta, que obligó al gobierno a desviar recursos para someterla. Desde luego esa insurrección no contó con el apoyo de la administración territorial.

En ese año de 1923 las corrientes políticas estaban en todo su apogeo, pues se tenía que elegir candidato para la sucesión presidencial. Desde un principio se perfiló el nombre del general Plutarco Elías Calles, como el preferido del presidente Obregón. Total, cuando se verificaron las elecciones, sólo se presentaron dos candidatos: los generales Plutarco Elías Calles y Ángel Flores, éste último exgobernador del estado de Sinaloa.

En el Distrito los partidos políticos de uno y otro candidato realizaron intensas campañas de proselitismo y algunos de ellos acusaron al gobierno de Arriola de apoyar al general Flores. Cuando se supo el resultado de los sufragios, no causó sorpresa de que los lugares donde había triunfado el opositor de Calles fueran Sinaloa y esta entidad. Aquí, la votación final fue de 2443 votos para Flores y 1035 para Calles.

Como resultado de esa votación, opuesta a los intereses del grupo en el poder, el todavía presidente Obregón decidió destituir de su cargo al gobernador Arriola, en el mes de septiembre de 1924. En su lugar fue nombrado el general Miguel Piña, hijo.

En un libro de mi autoría dije que: “La administración de Arriola duró cuatro años, de septiembre de 1920 a septiembre de 1924. Posiblemente hubiera durado hasta la toma de posesión del general Calles —1º de diciembre de 1924— o a lo mejor éste lo hubiera ratificado en su puesto si el comportamiento de las elecciones hubiera sido de otra manera. Lamentablemente la ciudadanía del Distrito se inclinó por la candidatura del general Flores y eso motivó, creemos, el descrédito de Arriola y la inmediata remoción de su cargo…”.

En esta lamentable equivocación don Agustín adoleció de sensibilidad política. Por más que halla sido amigo del general Flores, —dicen que éste le regaló un fino caballo en que Arriola se paseaba por el centro de la ciudad— lo cierto es que por su mala decisión dio pie para que durante los 50 años siguientes el pueblo sudcaliforniano no tuviera derecho a elegir a su gobernador.

A pesar de ello, la buena administración de Agustín Arriola compensa su actitud política. A lo mejor, dentro de su fuero interno, estaba convencido de que en la vida democrática de un país no valen las imposiciones, como fue el caso de la sucesión presidencial de 1924. Y fue congruente con ello, dado que su puesto de gobernador se lo debió a la ciudadanía que votó sin coacciones de ninguna naturaleza.

sábado, 5 de enero de 2013

Ortega, un audaz reformador


Por Leonardo Reyes Silva
Después de haber triunfado la revolución constitucionalista y la derrota del usurpador Victoriano Huerta en 1914, la Soberana Convención de Aguascalientes nombró al general Félix Ortega Aguilar como jefe político y militar del Distrito Sur de la Baja California.

Con ese nombramiento llegó a La Paz a fines de enero de 1915, y al tomar posesión del gobierno emitió un manifiesto en el que se sometía a las disposiciones de la Convención y acataba sus instrucciones, en el sentido de “hacer que esta apartada región sienta la influencia bienhechora de un gobierno que se esfuerza por todo lo que significa progreso…”.

Ortega pronto se dio cuenta de los graves problemas que padecía la entidad. El erario estaba en crisis y por eso autorizó un aumento a los impuestos sobre las mercancías que se exportaran tanto al interior del país como al extranjero. Los sueldos de los funcionarios fueron rebajados y prohibió la circulación de bonos y billetes emitidos por el gobierno anterior de Miguel L. Cornejo. En su lugar se autorizaron los billetes de circulación nacional emitidos en Chihuahua, Durango, Sonora y Sinaloa.

En el mes de marzo Ortega hizo un recorrido por el sur de la entidad y pudo darse cuenta de las condiciones de pobreza en que vivían muchas familias y la carencia de productos alimentarios. Para remediar un poco la situación, ordenó al presidente municipal de San José del Cabo comprara directamente a los agricultores sus productos, entre ellos el frijol, calabaza y camote, a fin de venderlos a precios accesibles a las familias y el resto poder enviarlo a ciudades de la contracosta para cambiarlos por café, arroz, maíz o harina de trigo.

Hizo más a favor del pueblo desprotegido. A los ganaderos les exigió que le vendieran al gobierno parte de las reses destinadas al consumo. Compradas a un precio justo, se vendió la carne a 30 centavos el kilogramo y el resto se distribuyó de forma gratuita a las familias de los pueblos de El Triunfo y San Antonio.
Pero lo más trascendente de su gobierno y que causó profundo malestar entre los comerciantes de La Paz, fue la creación de una tienda proveedora que tendría como función proporcionar mercancías a precios justos. Para ello la proveedora adquirió productos directamente de los agricultores y apoyó económicamente a un grupo de pescadores a fin de que le entregaran lo que habían sacado del mar.

En una crónica que escribí hace tiempo, afirmé que Félix Ortega fue un hombre visionario y que se adelantó en muchos años a la creación de la Compañía Nacional de Subsistencias Populares (CONASUPO), en 1962. Esta compañía fue creada con el fin de garantizar la compra y regulación de precios en productos de la canasta básica, en particular el maíz. Cuando desapareció en 1999, fue sustituida por Diconsa que cumple con el mismo objetivo y que opera hasta la fecha en las zonas más marginadas del país.

Como era natural, las medidas tomadas por Ortega en beneficio del pueblo no fueron del agrado de los comerciantes de La Paz ya que afectaban sus intereses económicos. Y aunque al principio estuvieron de acuerdo, pudo más su avaricia y la defensa de sus capitales, por no mencionar la pérdida de su poder político.

En el mes de abril empezaron a conspirar para quitar del gobierno a Ortega. Pero fue hasta el 29 de mayo cuando la mayor parte de la guarnición de La Paz se sublevó encabezada por el jefe de armas Eduardo Burns. Antes de ser hecho prisionero, logró huir en una embarcación rumbo a Santa Rosalía y Guaymas. Acéfalo el gobierno, se nombró una junta de gobierno integrada por Luis Pozo, Eduardo S. Carrillo, Felipe R. Cota y Eduardo Burns.

Poco tiempo les duró el gusto pues en el mes de julio el gobierno de Carranza nombró al mayor Urbano Angulo como jefe político y militar del Distrito Sur de la Baja California. Éste, de inmediato, se dedicó a desconocer las reformas económicas de Ortega a fin de corresponder al apoyo que le brindaron los comerciantes de La Paz.

Yo siempre he pensado que si el general Félix Ortega Aguilar se hubiera afiliado al gobierno de Carranza y no al de la Convención respaldada por Francisco Villa, otro gallo le hubiera cantado y quizá hubiera sido un extraordinario gobernante. Sus iniciativas a favor de las clases desprotegidas, el conocimiento que tenía del pueblo sudcaliforniano y el apoyo que recibiría del gobierno central seguramente le iban a permitir continuar con sus reformas económicas y sociales.

Pero no fue así. El hombre líder de la revolución en Baja California Sur en 1913 y 1914, el sudcaliforniano que estuvo presente en la Convención Soberana de Aguascalientes en el mes de octubre de 1814, el personaje que aceptó ser comandante militar y cederle la jefatura del gobierno a Miguel L. Cornejo, el que después lo traicionaría, no pudo lograr sus propósitos reformistas por que se le acabó su tiempo.

sábado, 22 de diciembre de 2012

José Portela, un fraile como pocos


Por: Leonardo Reyes Silva

En la conquista espiritual de las Californias, participaron tres órdenes religiosas a partir del siglo XVII. Los primeros en llegar fueron los jesuitas quienes fundaron 17 misiones, entre ellas Loreto, San Francisco Javier, Santa Rosalía de Mulegé, Comondú, Nuestra Señora del Pilar de La Paz y Todos Santos, entre otras.
Fueron 78 padres de la orden de San Ignacio de Loyola los que llegaron a la península, pero los que más se distinguieron fueron Juan María de Salvatierra, Francisco María Píccolo, Juan de Ugarte, Jaime Bravo, Juan Jacobo Baegert y Miguel del Barco.

En 1768, luego de la expulsión de los jesuitas del dominio español, llegaron los franciscanos encabezados por fray Junípero Serra, quienes en el corto tiempo que estuvieron en California fundaron la misión de San Fernando de Velicatá y la visita de la Presentación que estuvo atendida por el padre de la misión de San Francisco Javier.

Cuando los franciscanos abandonaron la península en 1774 para fundar misiones en la Alta California, arribaron los dominicos mismos que fundaron nueve misiones en la parte norte de la península, la mayoría de ellas actualmente en ruinas. Algunas fueron Nuestra Señora del Rosario, San Vicente Ferrer, Santo Tomás de Aquino y San Telmo.

De esa orden se recuerdan a los frailes Vicente Mora, Juan Crespí, Miguel Hidalgo, Félix Caballero, Luis Sales y José Portela. Precisamente de este último vamos a reseñar un pasaje de su estancia en la misión de Santa Rosalía de Mulegé.

En los años de 1825, 1826, 1827 y 1828, Robert W. Hale Hardy, de origen inglés, hizo un viaje por el interior de México, comisionado por la “General Pearl and Coral Fishery Association” para “obtener del gobierno de México el permiso exclusivo para pescar perlas y coral y obtener informaciones sobre minas en la península de la Baja California…”.

Hardy llegó a la península en 1826 y recorrió las costas del golfo de California, desde Loreto hasta la desembocadura del río Colorado. Tal como lo hiciera Fernando Jordán 125 años después, hace una descripción de los lugares que visitó, de sus habitantes y sus costumbres. Y al llegar a Mulegé tuvo un encuentro con el párroco del lugar, que pudo ser fray José Portela, quien desde 1812 se había hecho cargo de la misión.

Cuando desembarcó, uno de los nativos lo llevó ante una persona que describe como cargado de espaldas —con joroba, dice— y con una nariz larga y puntiaguda. Vestía un mandil que le cubría desde el cuello hasta las rodillas dejando al descubierto sus brazos. De pronto lo confundió con el zapatero del lugar, pero grande fue su sorpresa cuando le dijeron que era el sacerdote encargado de la iglesia de la misión.

Afecto a la conversación y al soliloquio, el padre arremetió contra las creencias religiosas contrarias al catolicismo como el protestantismo al que llamó “paganismo judío”. Y mientras despotricaba sobre el tema, se persignaba y murmuraba “Jesús, María y José”. Afortunadamente avisaron que la comida estaba servida y eso motivó que la discusión quedara pendiente. También contribuyó a calmar los ánimos del buen cura los vasos de vino que se tomó, aunque lo puso más locuaz que antes.

Invitado por Hardy a visitar el barco, al día siguiente llegó acompañado por tres jovencitas y después de los saludos de rigor, brindaron con un coñac español que fue del gusto del padre tanto, que no se hizo del rogar cuando su anfitrión le regaló una botella. Pero con las libaciones, a la hora de partir, el cura ya andaba como decimos nosotros “achispado”.

Ya en la playa, lo esperaban dos cabalgaduras en una de las cuales se subieron él y una de las muchachas, y en la otra las dos restantes. “A ver si llega bien” pensó Hardy, al ver como se bamboleaba el sacerdote. En efecto, no llegó bien a su destino, pues a medio camino él y la jovencita se cayeron del caballo. Por fortuna no tuvieron heridas de consideración, salvo la pérdida de la botella de coñac que se hizo añicos en las piedras y que mucho lamentó fray José.

Al día siguiente de este suceso, cuando Hardy fue a despedirse, encontró al padre Portela en su casa consolando a la jovencita que iba con él en el caballo y curándole los raspones de su cuerpo. Al fraile no le pasó nada, ya que su aspecto físico parecido a una pelota, lo hizo rodar sin consecuencias.

Aprovechó Hardy su estancia en Mulegé para enterarse del control que sobre las propiedades y las familias nativas tenía el sacerdote. La misión era dueña de muchos terrenos y los indios prestaban sus servicios sin remuneración alguna. Cuando oficiaba una ceremonia de matrimonio el padre les cobraba mil quinientos pesos que debían pagarlos con trabajo.

En ese entonces el pueblo de Mulegé tenía unas 40 casas y los cultivos de cítricos, dátiles, uvas y aceitunas pertenecían en gran parte a la iglesia. Dice Miguel Mathes que la misión de Santa Rosalía de Mulegé fue abandonada en el año de 1828 y con ello, de seguro, dejó el lugar el buen fraile José Portela.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Hernán Cortés en California


Por Leonardo Reyes Silva

Después de muchos años de espera, Hernán Cortés pudo iniciar las exploraciones hacia la mar del Sur. Pero los primeros intentos habían resultado un fracaso, ya que la primera en 1532 y la segunda en 1533 no tuvieron resultados satisfactorios. Aunque la segunda al mando de Fortún Jiménez llegó a una tierra desconocida. Al regresar los sobrevivientes —los indios mataron a la mayoría de la tripulación, entre ellos al propio Jiménez— a la contracosta, relataron que en esa tierra habían encontrado hermosas perlas, lo que despertó el interés de Cortés por conocerla.

En tres naves, la Santo Tomás, San Lázaro y Santa Agueda partió del puerto de Chiametla rumbo al lugar descubierto por Jiménez. Cruzó sin contratiempos el golfo y llegó a la península el 1º. de mayo. Recorrió parte de sus costas, descubriendo varias islas pequeñas a las que llamó Santiago (hoy Cerralvo), San Miguel (hoy Espíritu Santo) y San Cristóbal (hoy isla Partida). El 3 de mayo desembarcó en la actual bahía de La Paz. Ahí, con el ceremonial requerido tomó posesión de las tierras que había descubierto en el mar del Sur, a nombre del rey de España, Carlos V, y le dio el nombre de Puerto y Bahía de Santa Cruz.

En el acta que se levantó dice que como señal de posesión, Cortés se paseó por la playa arrojando puñados de arena, señaló con su espada varios árboles y mandó a su gente que lo tuvieran como Gobernador de su SM de aquellas tierras, sin contradicción de persona alguna que ende anduviese ni paresciere…

Pero sí hubo oposición. Uno de los soldados que lo acompañaban luego de saltar a tierra, oyó decir “que habían venido hasta cincuenta o sesenta indios a defender la entrada, haciéndoles rayas que no pasasen”. Y es que los nativos que habitaban la bahía eran los guaycura, los mismos que un año y meses antes habían asesinado a Fortún Jiménez y 20 tripulantes de la nave La Concepción.

Siempre se ha especulado que los mataron por que pretendieron abusar de las mujeres, aunque esto no ha sido confirmado. Más bien —piensa Carlos Lazcano— que fue porque los españoles se apropiaron de las fuentes de agua, líquido vital para ellos.
El misionero jesuita Jaime Bravo, fundador de la Misión de La Paz en 1720, da fe de ello: “escondidos entre mezquitales y otros árboles que estaban inmediatos al aguaje, desde donde disparaban flechazos los guaycuras a los buzos siempre que venían a hacer aguada, y para poderla hacer había de estar disparando tiros a dicho monte…”.

Entre los años de 1535 y 1536 existió un pueblo español en la bahía de Santa Cruz. Pero, ¿cómo vivieron Cortés y sus hombres en ese tiempo? ¿Se llevaron bien con los indios? Al respecto nadie dejó testimonio escrito de los sucesos. Lo poco que se conoce son las declaraciones verbales de algunos soldados que se dieron de baja y regresaron a la contracosta.

Por ellos se supo las calamidades que pasaron los colonos por falta de comida. Varios murieron de hambre y otros ante la desesperación comieron yerbas dañinas que les causó la muerte. Muchos caballos murieron y otros los sacrificaron para aprovechar su carne. Total, declararon los entrevistados fueron unos quince españoles y no menos de 120 entre indios amigos y negros esclavos los que murieron en ese intento de conquista.
Ante este panorama desolador, Cortés tuvo que regresar a la Nueva España, aunque dejó parte del contingente bajo el mando de Francisco de Ulloa, con la promesa de sostenerlos con provisiones. Al cabo de unos meses, también ese grupo abandonó el puerto.

Lo positivo de este intento colonizador es que Cortés puso a la tierra descubierta en la cartografía del mundo y por primera vez la bahía de La Paz apareció en los mapas con el nombre de Santa Cruz. Así lo comprueban los mapas de Cortés de 1536 y el de Domingo del Castillo de 1541.

La presencia del conquistador español en California es la raíz de lo bajacaliforniano. Y ese es un mérito que debemos reconocerle. En mi libro “La Paz y sus historias” escribí “En México se recuerda poco al fundador de nuestra ciudad. Dos o tres monumentos sin trascendencia y la reconstrucción de la exhacienda de Cortés de San Antonio Atlacomulco. Aquí en La Paz existe un fraccionamiento llamado “El pedregal de Cortés”. Y teníamos el mar de Cortés o mar Bermejo que se cambió después por el de golfo de California”. 

sábado, 24 de noviembre de 2012

¿Qué pasó con la misión de San José de Comondú?


Por Leonardo Reyes Silva

Desde el año de 1708 en que el padre Julián Mayorga fundara la misión de San José de Comondú y que en 1750 el padre Franz Inama construyera la iglesia de piedra, no deja de sentir lástima el triste fin que tuvo la misión y la destrucción de ese centro religioso.

Cuando atendieron la misión los padres jesuitas convirtieron a ese lugar en un centro de productividad a la vez que llevaban a cabo su labor de evangelización. Narran las crónicas que allí se cultivaban trigo, maíz, frijol, caña de azúcar, vides, higueras y datileros, aprovechando canales de riego construidos con grandes esfuerzos.

Además la cría de ganado era importante. Tenía borregos, cabras, vacas, caballos y mulas en un aproximado de tres mil cabezas. Eso sin contar el que se encontraba remontado. Y todo esto lo cuidaba el misionero auxiliado por los indios neófitos de la misión.

En 1773 cuando los padres franciscanos entregaron las misiones a los frailes dominicos, informaron que la iglesia había sido construida con tres naves techadas, cada una con su bóveda de cañón y un piso de piedra labrada, Las paredes del edificio se adornaron con nueve oleos con paisajes de la vida de San José.

Todavía a finales del siglo XVIII se daban informes de la iglesia que medía 25 metros de largo por 10 de ancho. Ese recinto religioso fue uno de los más hermosos de toda California. Todavía en 1795 existían las paredes decoradas con 25 óleos y esculturas. En el patio exterior sobre una armazón de madera pendían seis campanas, tres de las cuales se conservan en el interior de lo que queda de la misión.

Las naves tenían cada un prebisterio con su altar separado del área de los fieles. El altar de la nave central destacaba por su bello retablo dorado y una escultura de San José con el Niño. Lo que sí debe hacerse mención es la existencia de una biblioteca con 126 libros enviados desde la ciudad de México por el virrey De Croix.

Pero ya para los primeros años del siglo XX la iglesia había sufrido daños irreparables. León Diguet, en su recorrido que hizo por la península en 1912 visitó San José de Comondú y de ella escribió que: “La misión que originó el establecimiento de la misión está actualmente en ruinas. Por su parte, Aurelio de Vivanco autor del libro titulado Baja California al Día, dice lo siguiente: “En la actualidad la misión está casi en ruinas… por personas que llegaron hasta nosotros al visitar esa región, supimos que en una ocasión un gobernador del Distrito Sur había ordenado la venta de la iglesia para que se pudieran aprovechar los ladrillos… de la misión queda por ahora un solo cuarto en buen uso…” Y eso lo escribió en 1924.

Fue al gobernador Juan Domínguez Cota a quien se le achaca ese sacrilegio. Incluso corre el mito que la casa que construyó en La Purísima fue hecha con las piedras de la misión, lo cual no deja de ser exagerado ya que Domínguez gobernó en los años de 1932 a 1937 y para esas fechas la misión ya estaba en ruinas y los escombros desperdigados por doquier.

Lo que sí es verdad históricamente es que en el periodo del general mandó construir una escuela de material, pero de ladrillo no de piedra. Y después continuó con otra hecha con el mismo material. En el informe que rindió al presidente de la república aparecen las construcciones mencionadas.

Como quiera que haya sido, uno de los monumentos religiosos de los jesuitas ha desaparecido. De su recuerdo quedan dos habitaciones que se han acondicionado como capilla. Y no hay a quien echarle la culpa. ¿Al cambio de los dominicos por los franciscanos? ¿Al abandono de la misión en 1827 por falta de población? ¿A la desidia de los frailes dominicos que no se preocuparon por conservar el templo y la misión? ¿O fue, en último caso la impotencia de los frailes al no contar con la mano de obra suficiente para restaurarlos?

A lo mejor esto último se justifica ya que en 1800 los habitantes de ese bello lugar no pasaban de ochenta cuando en 1772 sumaban 322 indígenas. Y con ese reducido número de personas nada se podía hacer. También es posible que los frailes que nunca tuvieron los medios económicos suficientes no pudieran hacer las reparaciones, ni mucho menos atender las necesidades alimenticias de sus feligreses. Así es que cuando el último padre dominico abandonó el lugar de seguro se fue con un dejo de tristeza y frustración por no haber podido conservar lo que con tantos empeños edificaron los misioneros jesuitas.

sábado, 10 de noviembre de 2012

El visitador José de Gálvez en California


Por Leonardo Reyes Silva

Corría el año de 1768 —un año después de la expulsión de los jesuitas de California— cuando llegó a la península el visitador José de Gálvez, que traía la encomienda de conocer de cerca las condiciones económicas, materiales y sociales en que quedaron las 14 misiones que atendían desde 1697 los religiosos de la orden de San Ignacio de Loyola.

En 1764, el rey Carlos III lo nombró visitador general de todos los Tribunales y Cajas Reales e intendente de todos los ejércitos de la Nueva España. Al año siguiente reorganizó el ejército y llevó a juicio al virrey Joaquín de Monserrat que fue reemplazado por Carlos Francisco de Croix. Dos años después, en 1767, Gálvez intervino para sofocar los motines y disturbios que ocasionó la salida de los jesuitas, y ordenó juicios sumarios, ejecuciones y encarcelamientos de por vida.

Llegó a Loreto y de inmediato comenzó a dar instrucciones relacionadas con el reparto de las tierras, el repoblamiento de las misiones y la reorganización de la administración en Loreto, a fin de hacerla más eficiente. Y es que su primera impresión de las condiciones en que vivían los indios conversos fue muy desfavorable.

En un informe que dirigió al virrey De Croix el 8 de diciembre de 1768, le decía que “los indios vivían en la misma forma de vida irracional y bárbara que tuvieron antes de ser convertidos… las misiones son simplemente grandes haciendas en las que los misioneros, algunos sirvientes y soldados tenían su alojamiento… los indios vagan en los alrededores, generalmente desnudos buscando su comida, como siempre lo habían hecho”.

Aprovechando la sustitución de los padres jesuitas por los franciscanos, puso como gobernador a Matías de Armona, nomás que éste poco pudo hacer para cumplir con las disposiciones de Gálvez, más aún porque en 1772 los misioneros franciscanos abandonaron la península para ir a fundar nuevos centros religiosos en la Alta California. Y en su lugar llegaron los frailes dominicos.

Enterados los nuevos misioneros de las instrucciones De Gálvez, pronto se dieron cuenta de la imposibilidad de cumplirlas. Y ello dio motivo a una agria disputa entre el gobernador Felipe de Neve y el presidente de las misiones, fray Vicente de Mora. Y es que el visitador dispuso que los indios tuvieran derecho a la propiedad privada otorgándoles tres parcelas, dos de temporal y una de riego por familia; que se pudieran dedicar a actividades económicas además de las agrícolas También ordenó el traslado de grupos de indios de unos lugares a otros con mejores perspectivas de vida.

Dice el historiador Salvador Bernabeu que las instrucciones De Gálvez se calificaron de utópicas e irrealizables, ya que los intentos de cumplirlas chocaron con la realidad bajacaliforniana. Aunque a la larga tales disposiciones permitieron la colonización civil y la secularización de las misiones. Colonización que ya no contó con la población indígena que fue desapareciendo poco a poco.

En dos cartas que fray Vicente Mora envió al virrey Bucareli en 1775 y 1777, expone las razones por las cuales no fue posible cumplir con las instrucciones de Gálvez, sobre todo en lo referente a formar pueblos de indios, así como el cambio de residencia de muchos de ellos.

Sobre esto último explicó que los indios se negaron a abandonar su misión —como fue caso de Santa Gertrudis y San Borja— y amenazaron con volverse gentiles, es decir, irse a los montes para vivir como antes. Y a la fuerza hacer los traslados —decía el padre— es contrario a nuestras convicciones cristianas.

Y en el caso de Loreto a donde se dispuso que fueran a vivir otras familias, se preguntaba: “¿De qué sirve el aumento de familias en Loreto?, si su terreno es tan estéril que apenas alcanza el pasto para las bestias y para no poder trabajar las tierras por la escasez de las aguas y notoria sequedad”.

Total que casi nada se hizo de los propósitos del visitador De Gálvez. Lo que sí quedó claro al leer las cartas es el deterioro del sistema misional y del difícil inicio de la colonización civil con el reparto de las tierras. Además, las cartas revelan el eterno conflicto entre el poder civil y el poder eclesiástico.

Lo único positivo que dejó José de Gálvez con su presencia en California fue respaldar la orden del rey para poblar la Alta California, contando con ello con la buena disposición de los misioneros franciscanos los que en 1769 fundaron la misión de San Diego de Alcalá, la primera de ellas en la región.

Gálvez jamás volvió a California. De regreso a la ciudad de México recibió la orden de trasladarse a España donde murió en el año de 1787, luego de que el rey le diera el título de marqués de Sonora.