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sábado, 23 de junio de 2012

Baja California y la intervención francesa


Baja California y la intervención francesa

Por: Leonardo Reyes Silva

En nuestro país existe un periodo histórico conocido como la Intervención Francesa. Fue en los años de 1862 a 1867, cuando apenas la nación acababa de sortear una guerra civil interna que tuvo por origen el reconocimiento de la Constitución de 1857. El Lic. Benito Juárez, presidente en ese entonces de México, tuvo que enfrentarse a la fuerza avasalladora del ejército francés; y aunque los mexicanos los vencieron en la batalla del 5 de mayo en Puebla, no pudieron evitar que se apoderaran de la ciudad de México en el mes de junio de 1863.

Al año siguiente, llegó a nuestro país Maximiliano de Habsburgo para hacerse cargo del gobierno, quien se hizo llamar emperador de México. Y mientras tanto, el gobierno juarista se refugiaba en las poblaciones del norte de la república llevando con él la bandera de la legalidad.

Ese mismo año de 1864, los franceses se apoderaron de varias ciudades del noroeste del país, entre ellas Mazatlán y Guaymas. En la primera impusieron autoridades adictas al imperio y de ahí establecieron contacto con el gobierno de la Baja California a fin de que aceptaran someterse al nuevo régimen imperial. Pero no contaban con la actitud nacionalista de los habitantes de la península.

La primera invitación para adherirse al nuevo gobierno, provino del Comisario imperial radicado en la ciudad de Mazatlán en un comunicado del mes de septiembre de 1865, dirigido al señor Félix Gibert, jefe político del Departamento de Californias. Un mes después recibió otra, ahora del general Rafael Espinoza designado por Maximiliano Visitador Imperial de la Baja California.

Las dos invitaciones insistían en la conveniencia de aceptar la dominación extranjera evitando así males mayores como la invasión de la península. En el último comunicado el general Espinoza le decía: “el Emperador recibirá con suma complacencia la noticia de la adhesión libre y espontánea de ese Departamento al Imperio y de que ella será indudablemente para bien de la península…”

Pero no contaban con la astucia de Gibert. Antes de dar respuesta a la petición, pidió la opinión de la Asamblea Legislativa, del Tribunal Superior de Justicia y de los Ayuntamientos. Unos diputados estuvieron a favor y otros en contra; el Tribunal opinó que la entidad no tenía medios para defenderse en caso de una invasión y que ésta sólo traería la ruina en todos los órdenes. Los Ayuntamientos de Todos Santos, San Antonio y San José del Cabo no estuvieron de acuerdo en el sometimiento e incluso se estaban preparando para enfrentarse a los franceses.

Así las cosas, la Asamblea Legislativa acordó someterse al gobierno del imperio, pero con la aclaración de que los sentimientos de los californios eran republicanos y solamente por las circunstancias reconocerían la autoridad extranjera. Y cuando parecía inminente la ocupación francesa, el peligro se alejó.

A mediados de noviembre de ese año de 1865, el general Espinoza visitó la ciudad de La Paz para establecer las negociaciones de la ocupación. El señor Gibert que era su amigo —Espinoza había sido jefe político de la Baja California en los años de 1849 a 1853— lo hospedó en su casa y eso fue la causa de que muchos paceños desconfiaran de él. Y lo peor fue que se recibieron noticias que Clodomiro Cota con un contingente armado se dirigía a la ciudad para tomar prisioneros a Gibert y Espinoza, considerándolos traidores a México.

A los dos jefes no les quedó más remedio que embarcarse rumbo a Mazatlán, mientras que Clodomiro se hacía cargo de la jefatura política. Como ese acto de rebeldía no estaba contemplado por la Asamblea Legislativa, dejaron que el pueblo comenzara a prepararse para el caso de una invasión por parte de las fuerzas francesas. Afortunadamente, como la situación del ejército extranjero se ponía cada vez más difícil por los constantes triunfos de las fuerzas mexicanas y la falta de apoyo del emperador Napoleón III, desistieron de apoderarse de la península bajacaliforniana.

En el mes de octubre de 1866 la mayor parte del ejército francés regresó a Francia. En México el emperador Maximiliano quedó solamente protegido por las fuerzas de los generales Miramón, Mejía y Márquez. Pero no fueron suficientes y en el mes de mayo de 1867 se rindieron al ejército juarista en la ciudad de Querétaro. Por cierto, uno de los generales mexicanos que estuvo en el sitio de Querétaro fue Manuel Márquez de León, un hombre ilustre de Baja California Sur, cuyos restos descansan en la Rotonda de la ciudad de La Paz.

Con el triunfo de Juárez y el fusilamiento de Maximiliano, Miramón y Mejía, la Baja California quedó libre de la acechanza de una invasión por parte de los franceses. En cuanto a Félix Gibert acusado de congeniar con el enemigo, tuvo que refugiarse en los Estados Unidos y fue hasta 1868 cuando el presidente Juárez lo liberó de esas acusaciones y le permitió regresar a La Paz.

domingo, 10 de junio de 2012

Una bandera extranjera en La Paz


Una bandera extranjera en La Paz

Por Leonardo Reyes Silva

En el año de 1847, los ejércitos norteamericanos invadieron nuestro país, y después de una desesperada defensa llegaron a la ciudad de México y -el 14 de septiembre- izaron su bandera en el Palacio Nacional, para ignominia de los traidores y gobernantes que no supieron estar a la altura de su deber en esos momentos en que peligraba nuestra patria.

Sin embargo, el pueblo de la capital nunca estuvo de acuerdo con esa humillación y lo demostró de muchas maneras. A su paso los invasores recibían insultos, les negaban alimentos, los acosaban con palos y piedras. Desde las azoteas les lanzaban macetas y todo objeto que los pudiera dañar. Cuando intentaron comprar víveres en el tianguis al día siguiente de la ocupación, la gente “armada de guijarros tomó un actitud resuelta y los lanzó sobre carretones, mulas y carreteros y aún sobre los lanceros que corrieron a detenerlos…”

Tanto fue el daño causado a los soldados norteamericanos que el general Winfield Scott ordenó que las casas desde donde los hostigaban fueran demolidas a cañonazos. E impuso una multa de 150 mil pesos a las autoridades capitalinas “por que el pueblo de la capital hizo armas en contra de sus soldados…”

Pero con el paso de los días, ese odio se fue olvidando y los capitalinos empezaron a convivir con los invasores, Los ricos comerciantes y empresarios los agasajaron con banquetes e incluso el arzobispo de México le ofreció su residencia al general Scott para su comodidad. Después de diez meses de ocupación, muchos capitalinos hubieran deseado su permanencia.

Un año antes, en 1846, y por coincidencia el mismo día en que los norteamericanos izaron la bandera en Palacio Nacional—14 de septiembre—llegó a la ciudad de La Paz la fragata U.S. CYANE, con su comandante DuPont, en busca de barcos mexicanos y detenerlos, para impedir el comercio con otros puertos mexicanos. En total requisó nueve embarcaciones entre bergantines, balandras, goletas y un pailebot que eran propiedad de comerciantes del puerto.

Hecho lo anterior, y después que el jefe político Francisco Palacios Miranda aceptó el bloqueo, DuPont se retiró con rumbo a Mazatlán, pues en esa región se libraban combates contra los invasores. Mientras tanto, en la península se organizaban para defenderse de una futura invasión. Con la representación de los pueblos integraron una Junta Territorial la cual de inmediato trató de cesar en sus funciones a Palacios Miranda.

Así las cosas, pasaron varios meses sin que la Baja California fuera invadida. Pero en el mes de enero de 1847, el Secretario de Guerra, William L. Marcy, ordenó formalmente la ocupación de la península. Y fue hasta el 29 de marzo cuando la fragata Portsmouth llegó a San José del Cabo y sometió a las autoridades obligándolas a permanecer neutrales. Allí, por primera vez se izó la bandera norteamericana y se ordenó a la gente someterse al gobierno civil y militar de los Estados Unidos.

El 13 de abril llegó el Portsmouth a La Paz al mando del comandante John Montgomery y de acuerdo con Palacios Miranda se integró una comisión negociadora para establecer las condiciones de la ocupación. En los acuerdos se estipuló que los funcionarios y empleados permanecerían en sus puestos; que si los soldados mexicanos optaban por quedarse sería bajo su palabra de no tomar las armas contra los norteamericanos; que se regresarían los barcos a sus dueños para reanudar el comercio con otras ciudades del país.

Bajo estos acuerdos, el siguiente día, 14 de abril, las fuerzas de ocupación izaron la bandera de las barras y las estrellas en el edificio que servía como sede del gobierno mexicano. Una bandera que siguió ondeando durante los meses que estuvieron apoderados de la ciudad de La Paz. Y al igual que en la capital de la república para humillación e impotencia de sus habitantes. Pero aquí la resistencia fue diferente.
En los pueblos del norte, San Ignacio, Mulegé, Loreto y Comondú se aprestaban fuerzas para la defensa. Lo mismo sucedía en Todos, San Antonio y San José del Cabo. Fue por eso que los norteamericanos pidieron refuerzos y el día 20 de julio llegó a La Paz el coronel Henry Burton quien estaría cargo del gobierno militar y político de la península.

Pero a pesar de las fuerzas de ocupación, los bajacalifornianos se rebelaron, primero, en Mulegé, donde derrotaron a los soldados extranjeros el 2 de octubre, para después dirigirse a La Paz y San José del Cabo a fin de liberarlas de los invasores. En todo el mes de noviembre y principios de diciembre, las fuerzas de Manuel Pineda se enfrentaron a los norteamericanos mientras que Vicente Mejía, José Antonio Mijares y José Matías Moreno lo hacían en San José del Cabo.

Y en todo ese tiempo la bandera extraña seguía ofendiendo la soberanía de esta región de México. Aún cuando el 2 de febrero de 1848 se había firmado el Tratado de Guadalupe Hidalgo dando fin a las hostilidades entre México y los Estados Unidos, la bandera gringa no se arrió, pues los patriotas continuaban la lucha contra el enemigo.

Fue hasta el mes de abril de 1848 cuando, por fin, los norteamericanos pudieron acabar con los defensores de nuestro suelo. Hicieron prisioneros a Manuel Pineda, Mauricio Castro y el padre Gabriel González, héroes de la resistencia. Y fue hasta el 31 de agosto cuando el coronel Burton devolvió oficialmente la península de la Baja California a nuestro país.

Por fin, después de tanta humillación, el 1º de septiembre la bandera de los Estados Unidos fue arriada de la casa de gobierno de La Paz, y de nueva cuenta, frente a todos los habitantes de la ciudad, fue izada la bandera de México. Días antes en dos buques fueron transportados a la unión americana cerca de 300 personas que de una o en otra forma habían congeniado con el enemigo, entre ellas Francisco Palacios Miranda, el padre Ignacio Ramírez y algunas autoridades que habían servido al gobierno invasor.

Dice una prestigiada historiadora que “desde la batalla de Mulegé el 2 de octubre de 1847 a la batalla final de Todos Santos el 2 de abril de 1848 habían pasado seis meses. Seis meses fueron necesarios para conquistar la Baja California, una tierra paupérrima escasamente poblada, pero cuyos habitantes eran fieros guerreros decididos a permanecer mexicanos”.

sábado, 26 de mayo de 2012

José María Esteva, el veracruzano


José María Esteva, el veracruzano

Por: Leonardo Reyes Silva

En los años de mayor efervescencia política en nuestro país, en 1856 llegó a La Paz José María Esteva, un funcionario del gobierno central con su nombramiento de Visitador General de Rentas, con el propósito de supervisar el funcionamiento de la aduana, principal fuente de ingresos del gobierno territorial.

Dos años antes, el general Antonio López de Santa Ana gobernaba al país, pero ante su pésima administración, don Juan Álvarez se levantó en armas proclamando el Plan de Ayutla en el estado de Guerrero, a resultas del cual Santa Ana tuvo que dejar el poder.

En su lugar quedó como presidente interino el general Ignacio Comonfort, quien en 1855 convocó a un Congreso Constituyente con el fin de redactar una nueva constitución. Pese a la oposición de los grupos conservadores, la Carta Magna fue promulgada el 5 de febrero de 1857.

Sin embargo, como la Constitución afectaba los intereses del clero, el general Félix Zuloaga expidió el Plan de Tacubaya en el que desconocía el nuevo código de leyes. Comonfort tuvo que renunciar y eso motivó un enfrentamiento entre las fuerzas liberales y las conservadoras, dando origen a lo que nuestra historia conoce como Guerra de Reforma.

Desde luego, cuando llegó Esteva a la península, la agitación política estaba en todo su apogeo. Unos a favor y otros en contra de la vigencia de la Constitución. Y aunque nuestro personaje era poco conocido, de todas maneras firmó un manifiesto defendiendo la legalidad, representada en ese entonces por don Juan Álvarez.

Esa acción le valió para ser tomado en cuenta por el jefe político José María Blancarte quien lo incluyó en el Consejo de Gobierno, junto con el teniente coronel Francisco Canto y el señor Santos Ruiz. Este Consejo gobernó la entidad a la salida de Blancarte. Primero lo hizo Esteva del 7 de enero al 16 de febrero de 1857, después Canto y posteriormente don Santos hasta el 20 de mayo de 1858.

Durante los días que duró al frente del gobierno, Esteva trató de conciliar los intereses entre los grupos en pugna. Para ello, expidió una proclama la que entre cosas decía: “…que deberían olvidar esos disgustos, verdaderamente de familia, que trastornando el orden de las localidades ofrecen embarazos sin número a la marcha del Supremo Gobierno…”.

En el corto tiempo que José María Esteva vivió en La Paz supo darse cuenta de la difícil situación por la que atravesaba la pesca de la concha madreperla, y fue por eso que aprovechando su estancia en el gobierno escribió una “Memoria sobre la pesca de la perla en Baja California”, documento que normó los criterios de la explotación de esa riqueza marina.
Con fundamento en esa memoria, el 8 de febrero de 1857 expidió un Decreto en su calidad de jefe interino del gobierno de la península a efecto de proteger los placeres de concha perla. En diez artículos el documento señalaba las zonas de pesca, los periodos de explotación y las multas a que se harían acreedores los armadores que infringieran el decreto.

El conocimiento que tuvo Esteva de las condiciones sociales, políticas y económicas de la Baja California fue de gran ayuda para sus habitantes. Y más aún por que esta lejana región del país la dio a conocer por medio de una novela a la que tituló “La campana de la Misión”, cuya temática la sitúa en el mar de Cortés, el pueblo de Loreto y la misión de San Borjas.

Esa obra escrita después que regresó a su natal Veracruz, la complementó con otra novela corta llamada “La concha del diablo” que aquí conocemos como “La leyenda del Mechudo”. Por cierto, fue doña Carmen Boone Canovas, historiadora xalapeña, quien por primera vez me dio a conocer ese documento, cuyo original se encuentra en una biblioteca de los Estados Unidos.

José María Esteva fue un funcionario público de gran relevancia. Como escritor tiene un lugar especial en las letras mexicanas. Sus creaciones literarias como la leyenda “La mujer blanca”, sus múltiples poemas vernáculos incluidos en su obra “Tipos veracruzanos y composiciones varias” además de “La campana de la misión” lo hicieron merecedor del reconocimiento nacional.

Independientemente de cualquier punto de vista, es oportuno que el recuerdo de este personaje y su obra literaria relacionada con nuestra entidad, sean rescatados y difundidos por todo lo que valen para la cultura sudcaliforniana.

sábado, 12 de mayo de 2012

Veleros alemanes en Santa Rosalía


Veleros alemanes en Santa Rosalía

Por Leonardo Reyes Silva

Allá por los años quince del siglo pasado, los habitantes del pueblo minero de Santa Rosalía se acostumbraron a contemplar anclados en la rada del puerto a once veleros alemanes que se mecían suavemente a impulso del viento mañanero. Pero, ¿qué hacían esas embarcaciones en ese remoto lugar de su país de origen?

Cuando las fuerzas revolucionarias se enfrentaban al gobierno usurpador del general Victoriano Huerta, en 1914 estalló la Primera Guerra Mundial entre los países de Alemania, Francia, Gran Bretaña, Rusia y otros países de Europa.

México, envuelto en sus propios problemas, permaneció ajeno al conflicto, a pesar de que en 1917, por conducto del cónsul alemán en nuestro país, Alemania le pedía que se uniera a su causa y a cambio le devolvería la parte del territorio arrebatado por los Estados Unidos en la guerra de 1846-1848.

La propuesta era tentadora, pero al fin de cuentas México se declaró neutral, pues oponerse al país vecino podía dar al traste con el movimiento revolucionario. De todas formas a nuestro país le tocó una parte indirecta de esa conflagración mundial, parte en la que los protagonistas fueron los veleros alemanes y sus tripulaciones.

Resulta que la compañía minera El Boleo requería de carbón coke para su fundición y era menester traerlo de Europa, sobre todo de Alemania. Cuando se inició la guerra, se encontraban fondeados en Santa Rosalía los veleros en cuestión, luego de haber desembarcado el carbón que llevaban procedente de la ciudad de Hamburgo. Impedidos de regresar, tanto las embarcaciones como la marinería se quedaron en el puerto bajacaliforniano desde 1915 hasta el año de 1920, dos años después de haberse terminado la guerra.

En todo ese largo periodo la tripulación dividía su tiempo en el mantenimiento de los veleros y en hacer vida social con los habitantes de esa población. Aunque no con la libertad deseada, pues no desconocían el hecho de que era una comunidad controlada por los franceses, enemigos de los alemanes a causa de la guerra.

Dice Roberto Gastélum Arce en su libro “Centenario de Santa Rosalía”, que los marineros eran asiduos parroquianos de la cantina del Hotel Central en ese entonces atendido por el señor Gabriel Casillas. Hubo otros que cansados del ostracismo causado por la guerra, prefirieron unirse a las fuerzas revolucionarias de uno y otro bando, mismos que se apoderaban temporalmente de esa región.

También anota Roberto que luego de concluida la Segunda Guerra Mundial en 1918, los veleros fueron llevados a la ciudad de Portland, Oregon, en Estados Unidos. Uno de ellos, el “Wandsbek” quedó en Santa Rosalía. Y todavía en 1927 se le veía encallado en las arenas de la playa.

Esta es la historia de los veleros alemanes. Pero detrás hay otra más singular y tiene que ver con un personaje de la Revolución Mexicana exilado en los Estados Unidos por su filiación maderista. José Vasconcelos conoció en Nueva York a un acaudalado empresario apellidado Hopkins quien lo invitó a participar en un negocio que los haría millonarios en un dos por tres. Se trataba, le dijo, de comprar unos veleros que se encontraban detenidos en la Baja California, y con ellos establecer una ruta marítima transportando miles de toneladas de granos desde Australia al puerto de San Francisco.

Vasconcelos sería el intermediario para entrevistarse con el gobernador de la Baja California y fijar las condiciones para la adquisición de la flota. En efecto, se hizo la reunión pero fue con el coronel Esteban Cantú, gobernador del Territorio Norte y con el cónsul alemán radicado en Mexicali, quien era el representante de los capitanes y armadores de las embarcaciones detenidas en Santa Rosalía.

El asunto iba por buen camino. A Vasconcelos, como socio de la empresa, le instalaron una lujosa oficina en San Diego y para que los tuviera al tanto de las negociaciones. Pero el tiempo pasó y llegó de pronto el cese de las hostilidades y la firma de la paz entre los países en guerra. En uno de los puntos del tratado se estableció que todo el tonelaje alemán refugiado en puertos extranjeros pasaba a Inglaterra. Y de seguro allá fueron a dar los veleros en cuestión, si no es que por influencia del presidente norteamericano Wilson firmante del tratado de paz, esas naves se quedaron en los Estados Unidos.

De José Vasconcelos, el fracasado empresario y a un paso de ser ,millonario gracias a la compra de los veleros, su actitud de revolucionario le valió, al triunfo de la Revolución, ser designado rector de la Universidad Nacional y después, en 1920, secretario de Educación Pública, durante la presidencia del general Álvaro Obregón.

Para el pueblo de Santa Rosalía el recuerdo de este suceso histórico plasmado en los relatos de la época, y fotografías de los veleros alemanes que en mala hora arribaron a ese puerto de Baja California Sur.

sábado, 28 de abril de 2012

Los vanos intentos de José de Urrea


Los vanos intentos de José de Urrea

Por: Leonardo Reyes Silva
lrsilva@prodigy.net.mx

Si la historia sudcaliforniana registra el nombre del general José de Urrea es por que fue el primero que dio a conocer un manifiesto al pueblo, primero en Loreto y después en La Paz, en el año de 1838. Con ello se sumó a otros dos inconformes, Manuel Márquez de León en 1879 y Félix Ortega Aguilar, en 1913. El primero con el Plan Revolucionario de El Triunfo y el segundo con el Manifiesto de las Playitas de la Concepción.

Pero hablemos un poco de la historia de México. En 1824, luego de que México logró su independencia de España, un congreso constituyente dio vida a la constitución federal y dividió nuestro país en 20 Estados y los Territorios de las Californias: Alta y Baja o Nueva y Antigua California. Pero debido a los cambios políticos que obligaron a la designación de varios gobernantes del naciente país, en 1835, bajo la presidencia del general Antonio López de Santa Ana, se creó una nueva constitución llamada “Código de las siete leyes constitucionales” imponiendo el gobierno centralista, la cual convirtió los Estados en Departamentos, incluyendo el de las Californias que antes eran territorios separados.

Además, bajo esa nueva constitución, cesaron las legislaturas de los Estados y en su lugar se establecieron las Juntas Departamentales y los gobernadores sujetos al Presidente de la República. Asimismo para fortalecer al gobierno nacional, se le daba el control de todo el presupuesto del país. Esa fue la Constitución Centralista.

Los Departamentos —establecía el Código— se dividirían en Distritos y estos en Partidos. De esta manera hubo dos Distritos en las Californias: el de la Baja California y el de la Alta. Y en vez de gobernador en la Baja siguió mandando el Jefe Político, quien en 1838 era el licenciado Luis del Castillo Negrete.

Desde luego, el gobierno centralista no fue del agrado de muchos mexicanos por el hecho de haber desconocido la constitución federal de 1824. Y uno de ellos fue el general José de Urrea, un militar que se había distinguido en la guerra de Texas, cuando los americanos se apoderaron de esta parte de nuestro país.

Urrea se levantó en armas en el estado de Sonora y en dos barcos de guerra llegó a Loreto con el fin de publicar un manifiesto a favor de la restitución del sistema federal. Lo acompañaba el capitán José María Mata, un personaje que figuró mucho en la política y en el gobierno de la Baja California de ese entonces.

El 2 de septiembre de 1838 se da a conocer el documento ante el pueblo loretano y su adhesión al mismo. Después del acto, Urrea nombró nuevas autoridades. Hecho lo anterior, junto con Mata se dirigieron a La Paz y el día 7 del mismo mes llegó por sorpresa a la ciudad. El día 13 restableció el sistema federal y nombró como Jefe Político al teniente coronel Antonio Comadurán.

En la reunión convocada por el general Urrea se acordó reconocer la constitución de 1824 así como el cambio del Juez de Paz por un ayuntamiento, desaparecido cuando entró en vigor el Código de las Siete Leyes. Es interesante mencionar los nombres de algunos personajes que firmaron el acta de adhesión. Ellos fueron Antonio Belloc, Francisco Sepúlveda, Gerónimo Gibert, Ángel Lebrija, Gregorio Durazo y Martín Erqueaga.

El día 16 los dos buques de guerra zarparon rumbo al puerto de Mazatlán con las mismas intenciones, pero al pretender dirigirse al estado de Durango las fuerzas de Urrea fueron derrotadas. Un mes después se encontraba en Tamaulipas prosiguiendo su lucha a favor de la federación.

En Sinaloa, desde el mes de enero de 1838, el pueblo y el gobierno de Culiacán se habían levantado en armas contra el gobierno centralista, secundando la revolución iniciada por Urrea en Sonora. El mismo mandatario estatal, José Francisco Orrantia, firmó el decreto donde se reconocía de nueva cuenta la constitución de 1824. Desde luego, la lucha entre centralistas y federalistas no se hizo esperar. Y a Urrea y José María Mata les tocó perder en ese Estado.

En Tamaulipas no le fue mejor. Con otras derrotas acabó la aventura del general José de Urrea. Hecho prisionero se le confinó en la prisión de Perote, en Veracruz. Pero no duró mucho en cautiverio, ya que fue puesto en libertad a fin de combatir en la llamada Guerra de los Pasteles. Durante la guerra con los Estados Unidos estuvo al mando de una división de caballería, A los pocos días de las batallas de Molino del Rey y Churubusco, Urrea contrajo la enfermedad del cólera y murió en la ciudad de México el 1º de agosto de 1849, a los 52 años de edad.

Por lo que toca a la Baja California, no disfrutaron mucho del sistema federal, pues en el mes de octubre de ese mismo año de 1838, Fernando de la Toba lo desconoció en Loreto y la Paz, Obviamente, el Jefe Político Luis del Castillo Negrete estuvo de acuerdo.

sábado, 14 de abril de 2012

Juan Rodríguez Cabrillo, el ignorado



Juan Rodríguez Cabrillo, el ignorado

Por: Leonardo Reyes Silva
lrsilva@prodigy.net.mx

Al menos aquí en Baja California Sur, porque en Bahía San Quintín, Ensenada y en San Diego en la California norteamericana, se le recuerda en monumentos, calles, escuelas y fundaciones, y cada año en esta última ciudad se realiza el Festival Cabrillo, en recuerdo del navegante que por primera vez llegó a sus playas.

Cierto, la ignorancia se debe a lo poco que se ha divulgado su hazaña, de tal suerte que Carlos Lazcano Sahagún, autor de un libro titulado “La navegación de Juan Rodríguez Cabrillo”, ha dicho que en nuestro país es poco lo que se ha hablado de él. Su libro es el primero que se publica en México dedicado exclusivamente a este singular descubridor.

Después de las exploraciones de los litorales de la península californiana descritos por Francisco de Ulloa en 1539 y1540, y posteriormente en 1541 por Francisco de Bolaños, el virrey Antonio de Mendoza comisionó a Rodríguez Cabrillo para llevar a cabo un recorrido más allá de los descubierto por Ulloa quien, como se sabe, llegó hasta lo que llamó “Punta del Engaño”, millas abajo de la Bahía de San Quintín.

Rodríguez Cabrillo partió de Navidad —hoy Barra de Navidad en la costa sur de Jalisco— en dos embarcaciones conocidas como “La Victoria” y “San Salvador”, el 27 de junio de 1542. En la relación de su viaje escrita por Juan Páez, dice que el 3 de julio llegaron a la “Punta de California”, lo que hoy es La Paz, y ahí permanecieron dos días, para dirigirse después al Puerto de San Lucas, lugar bautizado como tal por Francisco de Bolaños.

En los días siguientes recorrieron las costas de la península pasando por la isla Margarita y la bahía Magdalena. El 10 de agosto llegaron a un lugar al que le dieron el nombre de “Puerto Vincula” conocido actualmente como Bahía Tortugas. Continuando con sus exploraciones arribaron a la Isla de Cedros, llamada así por Francisco de Ulloa en 1540. En la Relación se hace referencia a una ensenada grande conocida después como bahía de Sebastián Vizcaíno. Y el día 20 de agosto llegaron a la “Punta del Engaño” a la altura del paralelo 30. Este fue el último lugar descubierto por Ulloa, ya que de allí regresó al puerto de Acapulco.

A partir de la “Punta del Engaño” hoy conocida como Punta Baja, Juan Rodríguez inicia de hecho sus propias exploraciones y descubrimientos. Al respecto dice Carlos Lazcano: “Se trata de una navegación sorprendente, durante la cual se descubrió una tierra virginal y se ampliaron los territorios de la primera California. Fue con Cabrillo cuando se completa la exploración de la costa noroeste de Baja California y se hace el primer registro de las costas del actual estado de California, Estados Unidos”.

El 21 de agosto salieron de “Punta del Engaño” y desembarcaron en una amplia bahía en busca de agua y leña. Pero al darse cuenta de la actitud amigable de los indios decidieron permanecer varios días en ella. Ahí por primera vez se tomó posesión de la tierra a nombre del rey de España, bautizándola con el nombre de “Puerto de la Posesión”. Hoy se conoce como San Quintín.

Continuaron recorriendo la costa y el día 17 de septiembre llegaron a una ensenada a la que llamaron “Puerto de San Mateo” conocida posteriormente como la Ensenada de Todos Santos. Muchos años después se le designó únicamente como Ensenada, la actual ciudad y puerto del Estado de Baja California. Días después descubrieron un lugar que denominaron “Puerto de San Miguel” al que Sebastián Vizcaíno muchos años después rebautizara con el nombre de Bahía de San Diego. Más al norte de este lugar llegaron a lo que hoy se conoce como Monterey y pasaron frente a la bahía de San Francisco.

Rodríguez Cabrillo pagó con su muerte la hazaña de sus descubrimientos. En un enfrentamiento que tuvieron con los indios de la Isla de la Posesión, a la altura de lo que hoy se conoce como Canal de Santa Bárbara, resultó fracturado de un brazo a resultas de lo cual murió el 3 de enero de 1543. En su honor durante muchos años se le conoció a ese lugar como Isla de Juan Rodríguez.

Antes de morir, Cabrillo ordenó a su tripulación que continuaran más adelante y tomaran nota de lo descubierto. Fue así como pudieron llegar hasta el Cabo Mendocino, casi en los límites de los estados de California y Oregon. Cumplida su misión, dieron marcha atrás y el 14 de abril arribaron al puerto de Navidad.

No se sabe a ciencia cierta donde fue sepultado Juan Rodríguez Cabrillo. Pero afirma un historiador norteamericano que fue en la isla de San Salvador frente al Puerto de San Miguel (San Diego). Pero donde quiera que haya sido, lo cierto es que su recuerdo estará presente, al igual que otros como Cortés, Ulloa y Vizcaíno, navegantes españoles que dieron a conocer al mundo la baja y la alta California.

San Quintín, Ensenada y San Diego reconocen a Rodríguez Cabrillo por haber descubierto los lugares donde ahora tienen su residencia. No así La Paz, fundada por Hernán Cortés, quien no tiene un solo monumento a su memoria. Incongruencias de la historia, no cabe duda. 

sábado, 31 de marzo de 2012

Un matrimonio fallido


Un matrimonio fallido

Por Leonardo Reyes Silva

lrsilva@prodigy.net.mx

Aunque de hecho este relato no corresponde a la historia sudcaliforniana, está relacionado con la conquista del noroeste del continente americano y de los navegantes que la hicieron posible. Y como cosa insólita, dentro de esa serie de exploraciones que llevaban el fin de asegurar para España el dominio de esta vasta región hoy ocupada por los Estados Unidos y Canadá, sobresale el idilio de un aristócrata ruso con la hija de un comandante español del Presidio de San Francisco.

La expansión española en el siglo XVIII había llegado hasta Nutka una isla pequeña a la altura de lo que hoy es la ciudad de Vancouver, Canadá. Ese lugar fue visitado por Juan Pérez en 1774 y en 1778 el capitán inglés James Cook arribó a la bahía de Nutka a la que llamó Friendy Cove por la actitud amistosa de los indios. Pasados los años, otros exploradores llegaron después, entre ellos Esteban Martínez y Juan Francisco de la Bodega y Cuadra.

Aún cuando se tomó posesión de esa región a nombre de la corona española, no fue posible hacer respetar esa decisión y poco a poco los aventureros angloamericanos, ingleses y hasta franceses incursionaron en la bahía en busca de pieles de nutria y también con intenciones de dominio Y así, la expansión española solamente llegó hasta los límites de la bahía de San Francisco.

Los navegantes rusos, en cambio, únicamente llegaron hasta un lugar al que llamaron Sitka localizado en las costas de Alaska. Se dedicaron a la recolección de pieles de todas clases, mientras establecían un pequeño campamento. Sin embargo, por las difíciles condiciones del clima, así como la falta de alimentos, llegó el momento en que sus vidas peligraban. Y así las cosas…

Un día de tantos del mes de abril de 1806, el vigía del castillo de San Joaquín de San Francisco dormitaba y por eso no se enteró de la entrada de un bergantín a la bahía. Al darse cuenta dio la voz de alarma y a los pocos minutos los soldados de cuera del Real Presidio con el alférez Luis Argüello se preparaban para la defensa. No fue necesario pues el barco era el “Juno” con bandera rusa que había entrado a San Francisco en busca de provisiones necesitadas con urgencia en el campamento de Sitka.

La embarcación venía al mando del conde Nicolai Petrovich Rezanof quien explicó que era el nuevo jefe, nombrado por el zar, de todas las avanzadas rusas en Alaska, y que tenía la encomienda de entrevistarse con el gobernador español del territorio. Al día siguiente, un soldado fue enviado al presidio de Monterrey con la solicitud del conde. Mientras tanto, en los días siguientes, Rezanof intercambió con los padres de la misión pieles por frutas secas, harina y charquí y otras provisiones que tanta falta hacían en Sitka.

A los pocos días llegó el gobernador Arrillaga intercambiando saludos con la tripulación del barco. Pero ante la solicitud del conde de adquirir mediante compra los comestibles que les hacían falta, aquél se negó aduciendo que tenía órdenes de no aceptar ningún negocio comercial. Así, entre ruegos y negativas, pasaron las semanas, mismas que el conde aprovechó para hacer amistades, sobre todo con la familia del comandante Argüello.

José Darío Argüello tenía una hija de quince años de edad quien se enamoró de Rezanof y éste, quizá por amor o por conveniencia, le correspondió y fue así como se comprometieron en matrimonio. María de la Concepción Marcela, llamada cariñosamente Conchita, aceptó la propuesta del conde de regresar primero a Sitka y después a San Petesburgo para informar al zar de su viaje. A su regreso llevarían a cabo su enlace.

Pero Conchita lo esperó por años y Rezanof nunca regresó. Años después se supo que en su travesía por Siberia al cruzar un río el hielo se quebró y el murió ahogado. Otra versión dice que en el transcurso de su viaje contrajo una fiebre intensa que lo obligó a refugiarse en una choza. Repuesto un tanto, cabalgó durante días, pero no pudo resistir y en el camino murió.

El historiador sudcaliforniano Pablo L. Martínez en su libro “Historia de la Alta California” dice de este romance lo siguiente:
María Concepción nada supo durante muchos años sobre la suerte de su amado. Creyendo que la había engañado vivió en medio de la mayor amargura, sin querer oír a muchos hombres que la pretendían. Se dedicó a servir a los pobres y atender a los enfermos desvalidos. Vino a saber el fin de su pretendiente hasta el año de 1842; y al tener conocimiento de ello entró en el convento de Santa Catarina en la propia California, y en esa casa de reclusión murió en 1857, a la edad de 67 años. Este es el romance más conocido y más popular que ha existido en la Alta California en toda su historia.”