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sábado, 29 de septiembre de 2012

Amado Aguirre y la rebelión de 1929


Amado Aguirre y la rebelión de 1929

Por: Leonardo Reyes Silva

El 1º. de noviembre de 1927 llegó como gobernador del Territorio Sur de la Baja California, el general e ingeniero Amado Aguirre. Venía precedido de una amplia carrera militar en la revolución mexicana y fue, en 1917, uno de los diputados constituyentes creadores de nuestra Carta Magna. Figuró en puestos importantes en los gobiernos de Carranza, Obregón y Plutarco Elías Calles.

Dedicado a atender los problemas más urgentes de la entidad, pronto demostró excelentes dotes de administrador poniendo en orden las finanzas y aplicando programas en beneficio de los campesinos y de la población en general. Y así hubiera transcurrido su gobierno, si no es que un movimiento armado en 1929 alteró la tranquilidad de nuestra ciudad.

Desde el mes de diciembre de 1928 gobernaba el país el licenciado Emilio Portes Gil, presidente provisional a raíz del asesinato del presidente electo Álvaro Obregón. Y fue en el mes de marzo de 1929 cuando un grupo de generales encabezado por José Gonzalo Escobar se rebelaron en contra del gobierno establecido, llamando a las armas a toda la república.

Fue un levantamiento muy grave para la paz de nuestro país, sobre todo por que regiones militares como Sonora y Veracruz lo apoyaron así como algunos diputados y senadores. Fue por ello que el presidente Portes Gil ordenó sofocar esa rebelión y en menos de mes y medio dos de los principales sublevados fueron sentenciados a la pena de muerte, con excepción del general Escobar quien se refugió en los Estados Unidos.

En esa sublevación un grupo de militares pertenecientes a la guarnición de la ciudad de La Paz se pusieron de su parte, se apoderaron del cuartel, de la comandancia de policía y querían que el gobernador Aguirre secundara sus intenciones… Lo invitaron para que se sumara a las fuerzas rebeldes de los generales Francisco R. Manzo y Fausto Topete, en el estado de Sonora.

La entrevista de los amotinados y el general Aguirre tuvo lugar en la casa habitación de este último. En vano pretendió hacerlos desistir de la idea de traicionar su deber de soldados leales al gobierno constituido, por que además, estaba seguro, que esa rebelión no tenía pies ni cabeza, ya que no se sabía el propósito que los guiaba.

A pesar de sus argumentos, los militares no desistieron de sus intenciones y fue tal el cinismo de uno de ellos, el mayor Daniel Canto, que le pidió le entregara su pistola ametralladora Thompson, a lo que Aguirre les contestó con tono airado: “Ah, se trata de desarmarme, pues cuando me hayan fusilado o matado en cualquier forma se llevarán las armas que el Supremo Gobierno ha puesto en mis manos para su defensa”.

Ante la digna actitud del gobernante, optaron por retirarse a fin de preparar su salida del puerto aprovechando el barco “Washington” surto en la bahía. Mientras tanto, el general Aguirre se dirigió a la casa de gobierno a fin de proteger el dinero destinado a los sueldos de los empleados. Puso en resguardo a través de la empresa Ruffo Hermanos 45 mil dólares que fueron depositados en un banco de San Francisco, California.

Aunque los militares sublevados ya habían salido de La Paz, Aguirre se preparó para una probable invasión de parte de los escobaristas. Pidió refuerzos, armas y municiones para enfrentar cualquier contingencia. En La Paz reclutó a cien hombres dispuestos a la defensa de la ciudad. Y fue en esos días cuando tuvo lugar un suceso que pudo alterar la paz pública.

Resulta que el general Aguirre fue informado de un intento de rebelión en contra de su gobierno por parte de los coroneles Félix y José Ortega, hijos del general revolucionario Félix Ortega Aguilar. Por si las dudas, cuando estos dos militares en estado de embriaguez gritaron vivas a los generales Manzo y Topete, los mandó detener, y sólo los dejó en libertad cuando su padre intercedió por ellos.

En cuanto a la negativa del general Aguirre de sumarse a la sublevación escobarista, sus palabras resultaron proféticas. Derrotado el movimiento, los generales José María Aguirre y Jesús Palomera López fueron pasados por las armas, mientras que otros tuvieron que huir al extranjero, entre ellos José Gonzalo Escobar y Francisco R. Manzo.

Dicen las crónicas que con los millones saqueados a los bancos de Monterrey y Torreón, el general Escobar compró una hacienda en un lugar de Canadá donde vivió muchos años. En 1943 volvió a nuestro país y en 1969 murió en la ciudad de México.

Por su parte, el general Amado Aguirre entregó el gobierno del Territorio al también general Agustín Olachea Avilés, en el mes de agosto de 1929. De Aguirre dice el historiador Miguel León Portilla: “La fecunda vida del ingeniero minero, general revolucionario, estudioso de la historia, hombre de proverbial honradez, gobernante por cerca de dos años en Baja California Sur, concluyó a los 86 años de edad en la ciudad de México, el 22 de agosto de 1949”.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Fernando Consag, el misionero


Fernando Consag, el misionero

Para Carlos Lazcano

Por: Leonardo Reyes Silva

Llegó a la mitad de la cruzada jesuítica en la Baja California. Llegó en 1732 y a pesar de ello, su vida y su obra ha sido muy difundida tanto como las de Juan María de Salvatierra y Juan de Ugarte. Y los responsables de ese reconocimiento ha sido el pueblo del Estado de Baja California, en especial de los habitantes de la ciudad de Ensenada.

Para ellos, Consag fue el iniciador del poblamiento de esa región, el que trazó los primeros caminos y dio a conocer las características de esa amplia zona de la parte sur del hoy Estado de Baja California. Y, desde luego, por que fue el fundador de la misión de Santa Gertrudis la Magna en 1737. Por sus exploraciones realizadas en esos años, demostró que la California era península y no isla, además de elaborar los primeros planos de esa desértica región.

En el año de 1746 organizó una expedición por mar con el propósito de llegar a la desembocadura del río Colorado, pero aprovecho ese recorrido para ponerle nombres a los lugares que iba descubriendo, nombres que actualmente están en uso, como bahía de los Ángeles, bahía de San Luis Gonzaga, San Felipe y la isla de San Ignacio (Montague) en el entronque con el río.

En 1732 llegó a la misión de San Ignacio Kadakaamán, que en ese tiempo era la más alejada de Loreto. Llevaba la encomienda de fundar otra misión más al norte, pero en tanto ayudaría al padre Sebastián Sistiaga encargado de San Ignacio, quien le enseñaría las labores propias de un misionero, así como la práctica de la lengua de los indígenas cochimí, habitantes de esa amplia región de la parte central de la península.

En 1737, el padre visitador Andrés García nombró a Consag como titular de la misión de Nuestra Señora de los Dolores del Norte alejada unos 140 kilómetros al norte de San Ignacio. Pero dadas las carencias económicas esa misión tuvo que ser atendida desde la misión donde estaba asignado. Aún así logró catequizar y bautizar a un número considerable de indígenas.

Fueron muchos años que Consag dedicó a la misión de Los Dolores, aunque con una interrupción de tres años cuando fue nombrado Visitador de las misiones establecidas en la península desde San José del Cabo hasta la de San Ignacio. Cumplido ese encargo, de nueva cuenta volvió a atender su misión de Nuestra Señora de los Dolores del Norte. En 1751, por su propia iniciativa, se cambió la sede de la misión hasta un paraje conocido como La Piedad, lugar donde Consag instaló la misión de Santa Gertrudis la Magna, en sustitución de la anterior de Los Dolores.

En ese mismo año de 1751, la misión de Santa Gertrudis quedó a cargo del padre Jorge Retz quien de inmediato continuó con la catequización de los indígenas e inició trabajos agrícolas que los proveyeron de trigo, maíz, así como de frutas como los higos, dátiles, cítricos y uvas. Con estas últimas se elaboró el primer vino conocido en esa región. Hasta eso, el padre Consag desde San Ignacio siempre le brindó toda la ayuda posible.
En la ciudad de Ensenada existe la que se llama “Sociedad de la Antigua California”. Ésta, junto con otras instituciones culturales, llevó a cabo en el año 2009 un homenaje a Fernando Consag por su contribución al conocimiento y desarrollo del Estado de Baja California. En el ciclo de conferencias se contó con distinguidos historiadores como Miguel León Portilla, Jorge Martínez Zepeda, Mijo Korade y Simona Binková, estos dos últimos invitados que llegaron de Croacia —de donde era originario Consag— y de Praga.

Mención aparte merece Carlos Lazcano Sahagún quien fue de los principales organizadores del homenaje. Pero, además, porque él y Denis Pericic publicaron en el 2001 un interesante libro al que titularon “Fernando Consag, textos y testimonios” Las palabras de Carlos no tienen desperdicio:
“Algunos años atrás visité la misión de Santa Gertrudis… Fue una experiencia impactante. Muchos kilómetros de una terracería muy mala, recorriendo planicies y mesetas desérticas y de pronto, como en medio de la nada, surgió un templo de cantera, excelentemente conservado… La misión se encuentra en el fondo de una cañada, rodeada por un palmar de dátiles… La huerta aún existe y los viñedos iniciados por los misioneros aún producen uvas. La pila misional funciona y sus acequias siguen conduciendo agua. El manantial sigue produciendo agua…”

El día 10 de septiembre de 1759, entre las ocho y las nueve de la noche, murió el padre Consag en su misión de San Ignacio. Tenía 55 años de edad y 27 de misionero en California. A su memoria, en el mes de junio de 2009 se inauguró el bulevar Fernando Consag a la entrada de la ciudad de Ensenada. Y también un mirador con su nombre. 

sábado, 1 de septiembre de 2012

La huella de un “cuchibiriachi”


La huella de un “cuchibiriachi”

Por: Leonardo Reyes Silva
Llegó a La Paz guiado por la providencia. Llegó como otros del interior de la república en busca de aventuras, de fortuna o en el cumplimiento de una comisión del gobierno central. Y en el caso particular de Ulises Urbano Lassépas, agrimensor de profesión, visitó nuestra ciudad a mediados del siglo XIX y en 1856 el señor José María Esteva, quien fungía como Visitador de Rentas en el Territorio, lo propuso como agente del Ministerio de Fomento, Colonización, Industria y Comercio de la República, en vista de los conocimientos especiales que poseía.

Fue una acertada decisión aunque el gusto le duró poco, ya que a los pocos meses de ejercer el cargo lo dejaron cesante y tuvo que buscar otra fuente de ingresos. Y la encontró cuando algunos poseedores de tierras lo contrataron para que los representara ante el gobierno federal por el peligro de perder sus propiedades. Y es que en 1857, siendo presidente de la república don Ignacio Comonfort expidió un decreto que en su artículo 1º decía:
 “Las ventas o enajenaciones de las islas o terrenos baldíos de la Baja California que se hubieren hecho desde el año de 1821 hasta el presente, por los jefes políticos o gobernadores y cualquier otras autoridad civil o militar del Territorio o Departamento de ambas Californias, son nulas y de ningún valor mientras no obtengan la ratificación del supremo gobierno.”

Y lo peor fue que el mismo decreto fijaba un lapso de seis meses para la revisión de los documentos comprobatorios, pues de lo contrario pasarían al dominio nacional. Para colmo de sus males, el gobierno fijó un pago de 300 pesos por cada registro de las propiedades.

Ante tan grave situación, Urbano Lassépas inició la defensa de sus representados arguyendo que la tierra es un derecho natural que tienen los habitantes de un país y que por lo tanto sus derechos de propiedad estaban por encima y a salvo de las autoridades que pretendían conculcarlos.

En sus gestiones ante el gobierno central presentó copias de un poco más de 200 títulos de propiedad a efecto de legitimarlos, de acuerdo con el decreto del 10 de marzo de 1857. Como resultado, los títulos fueron autorizados en 1859 y el mismo Lassépas se encargó de entregarlos a los dueños. Y lo mejor, no se les cobró los 300 pesos, sino solamente cincuenta por cada sitio de ganado mayor.

Desde luego y gracias a la intervención de Lassépas el decreto quedó sin efecto en la Baja California o al menos no se aplicó en su totalidad. Con ello quedaron a salvo no solamente los 220 títulos registrados sino muchos más que posteriormente fueron reconocidos legalmente por las autoridades del ramo.

En ello fue un elemento de apoyo importante el libro que publicó Lassépas en 1859 refiriéndose al decreto de 1857. La obra a la que le puso el nombre de “Historia de la colonización de la Baja California y el Decreto del 10 de marzo de 1857”, contiene los argumentos contra el decreto, sus inconsistencias, la injusticia contra los poseedores de tierras y las mejores formas de solucionar ese problema. Pero, además, es un compendio de la historia, la geografía, el aspecto demográfico y la economía de esta región de México.

En 1860 el jefe político le extendió el nombramiento de Juez de Deslindes y con esa responsabilidad recorrió toda la península mensurando los terrenos baldíos y fijando sus límites, a la vez que entregaba los títulos debidamente registrados a sus propietarios. Con la decidida intervención de Lassépas se resolvió en parte la inseguridad en la tenencia de la tierra en la Baja California.

Esa fue la huella que dejó un cuchibiriachi que llegó a la ciudad de La Paz en busca de fortuna, No la encontró, pero a cambio logró que su nombre fuera recordado a través de los años y aún en el presente, por todo el bien que representó para los habitantes de las comunidades rurales de nuestra entidad.

Pero hombres como Ulises Urbano Lassépas no son de un solo lugar. Requerido por el gobierno participó en diversas dependencias oficiales y fue reconocida su eficiencia por el presidente Benito Juárez. Y todavía se dio tiempo para ser un gestor permanente de los problemas de esta región del país.

El pueblo de Baja California Sur le debe un reconocimiento a Lassépas. El Ayuntamiento de La Paz, a través de la Comisión de Nomenclatura, aprobó en años pasados que una calle del fraccionamiento Santa Fe llevara su nombre. Pero por causas ignoradas el acuerdo de Cabildo no se ha cumplido.

sábado, 18 de agosto de 2012

Una loretana enamorada


Una loretana enamorada

Por: Leonardo Reyes Silva

Otra cualquiera hubiera pasado desapercibida. Pero ella era nieta de José Manuel Ruiz que fue gobernador de la Baja California en los años de 1822 a 1825. Y aunque el idilio sucedió durante la permanencia de los norteamericanos en la península —1847-1848--, el desenlace que originó fue motivo de controversias durante largo tiempo.

En La Paz radicaba la familia del señor Jesús Maytorena casado con doña Isabel Ruiz Trasviña, hija de don José Manuel Ruiz. De ese matrimonio nacieron Manuela y María Amparo, esta última, según las crónicas, dueña de aguda inteligencia y singular belleza.

Cuando tuvo lugar la intervención gringa, María Amparo tenía 15 años de edad, pues había nacido en el pueblo de Loreto el 3 de julio de 1832. No se sabe en que año la familia cambió su residencia a La Paz, aunque fueron de las fundadoras del puerto. De acuerdo a su linaje, de seguro formaban parte de la clase acomodada de la sociedad paceña.

Lo cierto es que las incipientes relaciones con los invasores originaron amistades a las cuales no fue ajena la familia Ruiz Maytorena. Y fue quizá en una de esas reuniones cuando el jefe de las fuerzas de ocupación, teniente coronel Henry S. Burton, le fue presentada la agraciada joven, por la que de inmediato sintió una gran atracción.

La historia no dice si los padres de ella aprobaron el noviazgo, aunque debemos aclarar que muchas familias paceñas vieron con buenos ojos la presencia de los norteamericanos en la península. Y es que la novedad de conocer a personas de otra raza siempre crea atracciones de diversa índole. Como aquélla del padre que llegó entusiasmado cuando los franceses invadieron nuestro país:

Con acento de alfeñique
y con andaluz jaleo,
cuando el triunfo del manteo
anunció el traidor repique,
entró en casa don Fadrique
aumentando la boruca
y le dijo a su hija Cuca
moviendo alegremente los pies:
“Ya vino el guerito,
me alegro infinito,
¡ay, hija, te pido
por yerno un francés!

Como haya sido, lo cierto es que cuando las fuerzas invasoras abandonaron la ciudad en 1848, muchas familias paceñas se fueron con ellos a fin de radicarse en los Estados Unidos. En ese numeroso grupo iban los Ruiz Maytorena. Su lugar de refugio fue la ciudad de Monterey, en California.

Por supuesto Burton no dejó ir a su presa. Allá fue más fácil continuar el romance que culminó en matrimonio en 1849, no sin antes resolver el obstáculo de las religiones que profesaban: el uno, protestante y la otra, católica. De su matrimonio nacieron dos hijos, Henry y Nellie Burton.

Cuando murió su esposo, en 1869, después de largos años de feliz matrimonio, María Amparo dedicó gran parte de su tiempo a escribir sus recuerdos, tanto de México como de los Estados Unidos. Así, vio publicadas dos novelas a las que tituló “Who would have tougth it” (Quién lo habría pensado), en 1872. Después, en 1875, “The squatter and the Don” (El invasor de tierras y el señor).

En el 2001, se publicó un libro titulado “Conflicts of interest” con la correspondencia que María Amparo tuvo con familiares y amistades, entre ellos José Matías Moreno y Guadalupe Vallejo. Gran parte de su cartas se refieren a la defensa de unos terrenos en la ciudad de Ensenada, los que según ella había heredado de su abuelo José Manuel Ruiz.

Las cartas están escritas unas en inglés y otras en español y ellas dan cuenta de la calidad escritural de esta mujer loretana. Bien lo dijo una de las editoras del libro: “By all Rights María Amparo Ruiz de Burton was an extraordinarily talented woman”.

A 117 años de su muerte —1895— bien merece un reconocimiento, y que mejor que la reedición en español de su novela más conocida “The Squatter and the Don”, en la que describe todos los problemas sobre la tenencia de la tierra propiedad de mexicanos y el acoso de terratenientes gringos.

sábado, 4 de agosto de 2012

Bouchard en la Alta California


Bouchard en la Alta California

Por: Leonardo Reyes Silva

Por la tarde del 20 de noviembre de 1818 y entre la bruma de esas horas, un centinela dio aviso que se acercaban dos embarcaciones desconocidas en la entrada de la bahía de Monterey. De inmediato, don José Vicente Solá, encargado del presidio, dio las instrucciones necesarias para contrarrestar un inminente ataque de las naves enemigas.

En efecto, se trataba de las fragatas Argentina y Chacabuco, naves corsarias al mando de Hipólito Bouchard, un marino argentino autorizado por el gobierno para perseguir y atacar a los buques españoles donde quiera que los encontrase. Pero también, llevado de su codicia, se apoderaba de poblaciones costeras en busca de objetos de valor y de víveres. Y ese fue el motivo de su arribo a Monterey.

Alertados desde semanas antes de la posible llegada de Bouchard, los soldados habían preparado la defensa colocando cañones en sitios estratégicos de la bahía, y cuando una de las fragatas se acercó con la intención de enviar a tierra a sus hombres, fue recibida con certeros disparos que la hicieron rendirse. Refiere la historia de ese suceso, que la batería que causó la rendición del enemigo estaba a cargo de un hermano de Mariano Vallejo quien años después sería gobernador de la Alta California.

Al día siguiente, se estableció la comunicación con las autoridades del presidio para pedirles le regresaran el barco con la promesa de retirarse del lugar. Nomás que el comandante del presidio les exigía una fuerte recompensa para liberarlo. Y así, en dimes y diretes, pasó todo el día.

Por la noche, Bouchard mandó recoger a los marineros que se encontraban en el Chacabuco alejándolos del peligro. Por la mañana, en nueve botes, cuatro de ellos armados con cañones, iniciaron el ataque contra el fuerte, cuyos defensores no pudieron detener la sorpresiva embestida. Solá ordenó abandonar el puerto que cayó en manos de los corsarios.

Poco fue lo que encontraron en Monterey, pues con anticipación todas las cosas de valor, los comestibles y el ganado fueron llevados a otros lugares. Encontraron el presidio abandonado pues todos sus habitantes habían huido oportunamente. En venganza, Bouchard mandó incendiar el fuerte, las casas, el cuartel y la residencia del gobernador.

El saqueo e incendio de Monterey alarmó a otras poblaciones del sur de la región. Algunas misiones se cerraron con la consiguiente alarma de los frailes e indios conversos. Algunos vivales aprovecharon la confusión para desvalijar esos centros religiosos. Dicen las crónicas que hasta el vino de consagrar se robaron.

El 6 de diciembre las dos naves llegaron al presidio de Santa Bárbara pero no pudieron desembarcar por el bajo calado de la bahía. Semanas más tarde arribaron a San Juan Capistrano en busca de víveres. Con un mensajero, Bouchard exigió provisiones a cambio de no atacar la misión, pero el padre encargado le contestó que no, y que si desembarcaban los iba a recibir con una provisión pero de metralla y pólvora.

Para las pulgas del corsario, la contestación desató su furia y por eso ordenó que destruyeran los edificios; y cuando buscaron dinero o algo de valor no encontraron nada. Lo único fue una cava de vino que tuvo como resultado una borrachera de todos los asaltantes. Como pudieron partieron del lugar, no sin antes haber castigado con azotes a los que se tomaron el vino de la misión.

Al proseguir su viaje costeando la península llegaron a la isla de Cedros donde descansaron. Aprovecharon el tiempo para carenar las naves, ir de cacería y matar lobos de mar de los que se comieron las lenguas y los corazones.

Fue una estancia tranquila, con excepción de la pérdida de un bote con seis hombres que desertaron una noche.
A mediados de enero de 1819 zarparon de la isla de Cedros, pasaron por las islas Tres Marías y continuaron su viaje al sur. Algunas crónicas dicen que llegaron a los puertos de San Blas y Acapulco, pero no hay registro oficial de ello. En su recorrido hacia Argentina tuvo varios encuentros con buques españoles. A su paso por Valparaíso Lord Cochrane, quien era el almirante de la Armada de Chile lo arrestó y le formó un consejo de guerra acusándolo de pirata y de atacar y capturar a buques aliados.

De la acusación se salvó pero no de la muerte, porque falleció asesinado por sus propios hombres en 1837. Dice uno de sus biógrafos que Hipólito Bouchard era “un hombre difícil, controvertido, poco amistoso, díscolo y pendenciero; poseía sin embargo, un gran valor personal y era un jefe de enérgica y decidida acción”. En Argentina se le considera un patriota.

sábado, 21 de julio de 2012

Corsarios en Baja California II


Corsarios en Baja California
Segunda parte

Por Leonardo Reyes Silva

Cuando Lord Cochrane decidió enviar a las corbetas “Independencia” y “Araucano” al golfo de California en busca de naves españolas, no se imaginó los sucesos que dieron lugar cuando arribaron a las costas de la península, a principios del año 1822.

Mientras el “Araucano” se dirigía al pueblo de Loreto en busca de provisiones, sobre todo de carne de res para hacer “charquí”, el “Independencia” atracó en San José del Cabo gobernado por autoridades españolas y donde se encontraba la misión jesuita fundada en 1730.

Wilkinson se apoderó del pueblo y tomó prisioneros a don Antonio Quartara y su ayudante, aunque después, dadas las aclaraciones los dejó en libertad. Hizo bien, porque Quartara se convirtió en un colaborador de los chilenos. Les proporcionó ganado y víveres y logró que varios objetos de valor que habían sido hurtados por los marinos fueran devueltos a sus dueños.

Y todo hubiera permanecido en paz, si no es que Wilkinson recibió noticias de un barco español que se encontraba en Todos Santos y con el fin de apoderarse de él envió a un grupo de marineros en su busca. Lo encontraron, lo inutilizaron para que se hundiera y en vez de regresar optaron por buscar alimentos en el pueblo. Pero los habitantes del lugar, enterados de lo que habían hecho, los enfrentaron y mataron a varios de ellos.

Mientras tanto había llegado a San José el padre superior de las misiones de California, Miguel Gallego, quien de inmediato se dio cuenta de la situación. Y para evitar represalias por lo sucedido en Todos Santos, decidió cortar por lo sano y declarar la independencia de California del gobierno español. Al menos es lo que dice el historiador Carlos López Urrutia en su libro “Los insurgentes del sur”.

Aunque otros investigadores afirman que fue el comandante de armas de la jurisdicción del sur, el alférez Fernando de la Toba quien, a principios de marzo, realizó el juramento de la independencia alarmado por la presencia de las corbetas de Lord Cochrane.

Siguiendo el relato de López Urrutia, cuando terminó la ceremonia del acto de independencia, el pueblo josefino invitó al comandante Wikilson y sus oficiales a un banquete donde se les agasajó “con tal variedad de platos como jamás se había visto en fiesta alguna. La cocina indígena nunca se alzó a un grado superior y los guisos, especialmente los de tortuga, jamón y venado, resultaron excelentes”.

Cuando terminó el agasajo —relata López Urrutia— el comandante ordenó a uno de los oficiales cuidara de llevar los barriles de agua al barco, ayudado por varios marineros. Pero el movimiento causó el sobresalto del padre superior, quien al no entender las órdenes dadas en inglés, creyó era una emboscada; como pudo subió a su mula y emprendió veloz carrera rumbo a su misión.

Vowel, un oficial de la corbeta, refiere que algunos marineros lo siguieron también a galope tendido y esto “sirvió para aumentar hasta lo último el terror del pobre fraile con sus hábitos que volaban al viento, perseguido por los herejes ingleses…”. Poco después, aclarada la confusión, por intermedio de Quartara, el padre se convenció de su equivocación. Y así volvió la armonía entre ellos.

Por su lado, “El Araucano” había llegado a Loreto donde encontró poca resistencia, pues el gobernador José Darío Argüello advertido del peligro había huido al pueblo de Comondú, llevándose los objetos de valor de la iglesia. Al frente de la defensa quedó el alférez José María Mata.

A la tripulación de la corbeta le fue mal. Mientras parte de ellos se ocupaban en preparar la carne de res y convertirla en “charquí”, los que se habían quedado a bordo se amotinaron y convertidos en piratas se dirigieron al sur en busca de presas. La corbeta “Independencia” llegó días después a Loreto y después de tener conocimiento de lo sucedido, subió a bordo a los marineros para enfilar rumbo al puerto de Guaymas donde compró cereales y varias clases de comestibles.

Bien aprovisionado, Wilkinson enfiló también al sur buscando en su recorrido a los barcos españoles que se habían hecho “ojo de hormiga”. Por más que los buscó no pudo dar con ellos. En esas condiciones, después de pasar por Guayaquil, la corbeta llegó a Valparaíso en el mes de junio de 1822.

Así terminó, dice López Urrutia, la primera y única expedición chilena a las costas de la península californiana. Las relaciones con los habitantes no fueron cordiales, pero esto se debió a que los consideraron piratas, cuando en realidad formaban parte de la Escuadra Chilena al mando de Thomas Cochrane, que luchó en forma sobresaliente por la independencia de los países de América.

sábado, 7 de julio de 2012

Corsarios en Baja California


Corsarios en Baja California

Por Leonardo Reyes Silva

Primera parte

En los siglos XVI hasta principios del siglo XIX el dominio de los mares fue una obsesión para los países europeos, sobre todo de Inglaterra y España. Con el descubrimiento del continente americano y sus riquezas, estas dos naciones buscaron beneficiarse y lograr, por cualquier medio, la hegemonía en el control marítimo de esa amplia zona del mundo.

En esa época España, con sus colonias en América, disfrutaba de un nivel económico extraordinario gracias a los productos mineros, agrícolas y de diversa índole que les eran enviados de los virreinatos de la Nueva España, del Perú y del Caribe. Además del intercambio comercial con el oriente, en especial con Filipinas.

Tratando de disminuir el poder de España, la reina Isabel de Inglaterra autorizó a personajes importantes para actuar como corsarios tanto en el océano Atlántico como en el Pacífico. Fue así como John Hawkins, Henry Morgan, Francis Drake, Thomas Cavendish y Jack Rakhman, en fragatas, bergantines y corbetas armadas con cañones de diversos calibres, se apoderaron y destruyeron un gran número de barcos mercantes, apoderándose en muchos casos de cuantioso botines que fueron a dar a la corona inglesa.

Uno de estos corsarios, Drake, recorrió los litorales de la península en 1579 y llegó a la altura de lo que hoy es la ciudad de San Francisco en los Estados Unidos. En ese lugar desembarcó y le puso por nombre Nueva Albión en honor a su soberana, la reina Isabel. Drake está considerado como uno de los corsarios más terribles que asolaron los mares y las ciudades de Nueva España.

Otro más fue Thomas Cavendish quien en 1587 capturó el galeón “Santa Ana” que hacía la ruta Manila-Acapulco. Lo esperó cerca de Cabo San Lucas y después de saquearlo lo incendió, no sin antes dejar a los tripulantes y pasajeros en tierra. Por cierto en él venía Sebastián Vizcaíno, quien años después le daría el nombre a nuestra ciudad.

Otro corsario que no cantaba mal las rancheras fue Hipólito Bouchard, un marino argentino que en el año de 1818 se apoderó de los presidios de Monterey y Santa Bárbara, en la Alta California. Pero de este aventurero hablaremos más en otra ocasión.

El siglo XIX se distinguió por que en ese periodo se llevaron a cabo los movimientos de independencia en todas las colonias españolas, comenzando con México, en 1810. Todavía en los años veinte del siglo, Perú, Chile, Colombia, Argentina, liderados por patriotas como Bolívar, San Martín, Sucre y O¨Higgins, defendían su derecho a ser independientes, libres de la tutela de España.

Y en esos movimientos revolucionarios la Armada de Chile fue una fuerza que contrarrestó los intentos dominadores de la marina española. Pero también los corsarios prestaron un gran servicio a la causa de la independencia. Corsarios fueron los buques La Fortuna, El Chileno, Santiago Bueras y El Catalina.

La primera escuadra naval que se formó en Chile tuvo como almirante a un marino inglés de gran reputación que fue en su tiempo miembro del Parlamento, de nombre Thomas Cochrane y con el título de Lord. Se dice que cuando lo contrataron para hacerse cargo de la escuadra chilena se hallaba sin empleo y acusado de fraude en la Bolsa de Valores de Londres.

En el año de 1819 inició su campaña contra los barcos realistas, bloqueando los puertos donde se encontraban. La historia de Chile refiere que la toma del puerto de Valdivia, “fue sin duda alguna la acción más extraordinaria de todas las guerras de la independencia”. Un año después, la escuadra se apoderó de la ciudad de Lima, en el Perú.

En la contienda apresó varias embarcaciones españolas, pero dos de ellas, las fragatas “Prueba” y “Venganza” lograron escapar del acoso de los bergantines chilenos. Cochrane fue informado que se dirigían al norte, por el rumbo de las costas mexicanas. Fue en su persecución y llegó hasta el puerto de Acapulco sin lograr dar con ellas. A principios de 1822 dispuso que las naves “Independencia” y “Araucano” se dirigieran al puerto de San Blas y el golfo de California en busca de los buques españoles, mientras él lo haría al sur hasta llegar a las costas de Chile.

Acatando las instrucciones recibidas, el comodoro Wilkinson —a cargo del “Independencia”—  ordenó al comandante Simpson del “Araucano” se dirigiera a Loreto en busca de provisiones, mientras que él llegaba al puerto de San José del Cabo. Fue así como estas dos naves que formaban parte de la escuadra chilena llegaron a la península de la Baja California.

Su estancia en San José y en Loreto será motivo de un relato próximo. Lo que sí no da lugar a dudas es que esas dos fragatas no eran corsarias ni mucho menos piratas, y que Lord Cochrane es considerado como un personaje en la república de Chile, en donde incluso existen monumentos en su honor.